La resaca festiva del sábado dio paso este domingo a una estampa muy diferente en la Plaza Mayor de Zamora. El corazón de la ciudad cambió la música y el bullicio nocturno por el ronroneo de motores clásicos gracias a una nueva concentración de vehículos históricos que volvió a reunir a decenas de aficionados y cientos de curiosos.
Durante varias horas, la plaza se convirtió en un auténtico museo al aire libre donde no faltaron algunos de los modelos que marcaron la vida de varias generaciones de españoles. Citroën 2CV ("Dos Caballos"), Dyane 6, Simca 1000 y 1200, Seat 124, 1430, 1500 y otros muchos utilitarios que durante décadas recorrieron las carreteras de Zamora volvieron a lucir como el primer día.
También hubo espacio para modelos menos habituales, esos coches que muchos recuerdan con cariño y que siempre despertaban una sonrisa cuando aparecían por el barrio. Algún que otro "haiga", perfectamente conservado, puso el toque de distinción a una concentración en la que cada vehículo escondía una historia familiar.
Eran tiempos en los que la electrónica brillaba por su ausencia. No había pantallas táctiles, sensores de aparcamiento ni asistentes de conducción. Bastaban una llave, un volante, mucha mecánica y, en muchas ocasiones, unas manos expertas capaces de solucionar cualquier avería con un destornillador y una llave fija.
Los visitantes aprovecharon la mañana para fotografiarse junto a estos vehículos que forman parte de la memoria colectiva. Muchos padres explicaban a sus hijos que ese fue el coche en el que aprendieron a viajar, mientras los abuelos recordaban aquellos veranos interminables camino del pueblo, con las ventanillas bajadas y la radio sonando de fondo.
Tras la exposición en la Plaza Mayor, los participantes iniciaron un recorrido por las calles de Zamora, despertando la curiosidad de vecinos y turistas a su paso antes de poner punto final a una edición que volvió a demostrar la enorme afición que existe por los vehículos clásicos.
Porque hay motores que no solo arrancan... también ponen en marcha los recuerdos. Y este domingo, Zamora volvió a oler a gasolina, a cromados relucientes y a una época en la que conducir era mucho más que desplazarse de un lugar a otro: era toda una aventura.