La II Concentración de Pendones de la provincia de Zamora convirtió la capital en un auténtico hervidero de visitantes en un fin de semana repleto de actividades y eventos. Pero entre motos, procesiones y fiestas, hubo un momento para la tradición pura, para la esencia rural y para ese patrimonio humano que no necesita pantallas ni artificios para emocionar.
Los pendones de Fariza y sus pedanías fueron los encargados de abrir la comitiva. El blanco de Fariza contrastaba con los tonos rojos y verdes de la enseña bermeja en una explosión de colorido que avanzaba lentamente entre cuerdas, asideros, cordeles, palos y telas gigantescas que parecían querer tocar el cielo zamorano.
Detrás, decenas de pendones llegados de toda la provincia y también de la vecina León fueron llenando de historia y simbolismo las calles de la Bien Cercada. Porque cada pendón no es solo una bandera. Es un pueblo. Una identidad. Una manera de decir “aquí seguimos”.
Y León volvió a demostrar que el mundo del pendón es mucho más que folclore. Trajes regionales perfectamente conservados, gaitas, tamboriles y grupos vestidos con indumentarias tradicionales de boda, baile o domingo llenaron Zamora de una estética que parece llegada de otro tiempo pero que sigue viva gracias a quienes se empeñan en mantenerla.
También hubo espacio para la mezcla generacional. Mucho traje regional… y mucho vaquero con camisa blanca. Porque sostener un pendón requiere fuerza, coordinación y orgullo. Y porque las nuevas generaciones empiezan también a entender que estas tradiciones no son una reliquia, sino parte de la memoria colectiva de los pueblos. Mujeres jóvenes y no tanto tiraron de cuerda de palo y pendón, también los peques que sin duda hacen una cantera que tiene mucho que decir.
Los momentos más espectaculares llegaron en el Puente de Piedra y en la subida por Balborraz. Allí los pendones pelearon contra el viento, contra las pendientes y contra la dificultad técnica de mover semejantes estructuras entre calles históricas abarrotadas de público y teléfonos móviles captando cada instante.
Más tarde, la Plaza de la Catedral acogió el final del encuentro en una imagen de enorme fuerza visual: decenas de pendones ondeando frente al románico zamorano en un alegato silencioso a lo rural, a las raíces y a las tradiciones que todavía sobreviven en una provincia que se resiste a olvidar quién es.
Porque Zamora salió este fin de semana a la calle. Pero también salió a defender su identidad.
Y entre el sonido de gaitas, el golpe de los mástiles contra el suelo y las telas agitándose al viento, quedó claro que los pendones no solo representan pueblos. Representan memoria, orgullo y resistencia.