Uno de cada cinco adolescentes españoles está enganchado al móvil

El 20,5% de los jóvenes de 14 a 18 años muestra síntomas de adicción tecnológica mientras crecen los problemas de sueño, ansiedad y bajo rendimiento académico, según el Plan Nacional sobre Drogas
Fotografía de archivo móviles
photo_camera Fotografía de archivo móviles

El uso intensivo del teléfono móvil ha dejado de ser una simple característica generacional para convertirse en un problema de salud pública emergente. Según los últimos datos del Plan Nacional sobre Drogas, el 20,5% de los adolescentes españoles de entre 14 y 18 años presenta un uso problemático del móvil y las redes sociales, una cifra que sitúa a uno de cada cinco jóvenes en el umbral de la adicción comportamental.

La hiperconectividad forma parte de la vida cotidiana de los menores: notificaciones constantes, participación compulsiva en chats grupales, consumo ininterrumpido de vídeos y una sensación de ansiedad cuando no hay acceso a Internet. Aunque estos hábitos se han normalizado en el entorno digital, los expertos advierten de que el aumento sostenido de estos patrones está generando consecuencias psicológicas y sociales cada vez más evidentes.

A pesar de que la Organización Mundial de la Salud no reconoce formalmente la adicción a redes sociales como enfermedad específica, los indicadores nacionales apuntan a una tendencia preocupante. El 3,6% de la población española de entre 15 y 64 años presenta un uso problemático de Internet y dispositivos electrónicos. Además, cerca del 9,3% de las admisiones a tratamiento psicológico en 2022 estuvieron relacionadas con trastornos derivados del uso compulsivo del móvil y las redes sociales.

Consecuencias físicas y emocionales

La sobreexposición digital tiene efectos directos sobre la salud. Diversos estudios subrayan que la luz azul emitida por las pantallas interfiere en la producción de melatonina, la hormona que regula el sueño. El resultado es un incremento de las dificultades para conciliar el descanso, fatiga crónica y somnolencia diurna.

Estos trastornos del sueño repercuten en la capacidad de concentración y aprendizaje, favoreciendo cuadros de irritabilidad, ansiedad y cambios de humor. La disminución del rendimiento académico se convierte, así, en uno de los primeros indicadores detectables en el ámbito familiar y escolar.

La dimensión social tampoco queda al margen. De acuerdo con el Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad, en su informe de 2023, el 44,6% de los jóvenes reconoce que las redes sociales les restan tiempo de estudio, casi un 13% reduce su participación en actividades culturales y un 9,4% pasa menos tiempo con amigos para permanecer conectado.

La comparación constante con los estándares idealizados que circulan en plataformas digitales impacta además en la autoestima. La exposición continua a modelos de éxito, imagen corporal o estilos de vida aspiracionales alimenta sentimientos de frustración, aislamiento y percepción de fracaso.

Detección precoz y papel de las familias

Los especialistas insisten en la necesidad de distinguir entre un uso intensivo —frecuente en la adolescencia— y un uso problemático, aquel que interfiere en la salud mental, las relaciones interpersonales y el desempeño académico.

Desde la red de centros de adicciones Esvidas advierten de que el fenómeno se desarrolla de forma progresiva y silenciosa. “El primer paso es que las familias reconozcan que este tipo de adicción existe y no la minimicen. La sobreexposición digital puede afectar al desarrollo emocional y social del adolescente si no se interviene a tiempo”, señala la psicóloga Margarita de la Paz Pascual.

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