San Trump del desorden mundial: el iluminado que juega con fuego y vende humo

Dicen que algunos se ganan el cielo por méritos, otros por fe… y después está Donald Trump, que se canoniza a sí mismo. Se alaba, se corona y se predica. San Trump, patrón del desorden global, sigue su cruzada —más bien cruzada de cables— como si el planeta fuera su tablero personal de Monopoly.
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Él pone y él quita. Él impone aranceles, amenaza territorios, desautoriza a sus propios socios, falta el respeto a instituciones internacionales que el mundo entero reconoce, y se ríe de acuerdos, pactos y tratados como quien cambia de corbata antes de una ronda de golf. Y aún hay quien le aplaude.

Groenlandia es ahora su primer objetivo imperial, porque claro, si no puede comprar la dignidad, al menos que le vendan islas. Después tocará Colombia, Cuba, o la próxima que le apetezca marcar en rojo desde su club privado de Mar-a-Lago. Su política exterior cabalga entre la paranoia y el delirio, mientras en Europa nos debatimos entre el pasmo y la carcajada. Porque cuando los 27 se alinean —que ya es milagro— no sube el pan: se tambalea el dólar y se le ponen de corbata hasta los botones de su americana XXL. Esperemos que no se le antoje acercarse también a Islandia o quiera ampliar Rota, Torrejón o cualquiera de sus bases ya sea en España o en Europa.

A Trump no lo dirige nadie. Ni su partido, ni su congreso, ni la realidad. Va por libre, como esos coches sin frenos que hacen mucho ruido hasta que chocan con el muro. Niega evidencias científicas, desprecia a los médicos, confunde ciencia con superstición, y a la sanidad la trata como si fuera una app con publicidad.

Ni el paracetamol le suena, y si opina sobre él, es para sembrar la duda en embarazadas y en médicos por igual. Eso sí, las armas siempre en su sitio y los migrantes bien lejos, no vaya a ser que el nieto de su abuelo inmigrante alemán descubra que su historia familiar no es tan americana como presume. Le molesta el diferente, lo que no entiende, lo que no puede controlar. Y claro, como no hay nadie que le pare los pies —ni dentro ni fuera—, el mundo entero se asoma al abismo con él al volante.

Europa mira, pero no actúa. Acojonada, sí. Reaccionando, no. Y mientras tanto, este psicópata institucional sigue jugando con la economía global como si fuera una partida de mus con cartas marcadas. La guerra comercial con China ya le hizo recular. Con Canadá recular. Y con sus propias palabras, también reculará, porque Trump cambia de discurso según el aplauso o la encuesta.

No gobierna, trafica con poder. Sus decisiones son inversiones en su propio bolsillo y en su propia imagen. El bienestar de sus compatriotas le da igual, salvo que estén dispuestos a votar por él o a llevar su gorra roja de rigor. Y a los que se le acercan… tiempo al tiempo, que cobrará el derecho de estar cerca, como todo en su mundo: no hay amistad, hay negocio.

Pero ojo, que si el orden mundial depende de sujetos así, la extinción no está lejos. Porque a este ritmo, San Trump no irá al cielo… pero puede mandarnos a todos al infierno con él.

Mientras tanto, Europa que se ponga seria, España que siga fuerte, y si hay que vivir sin McDonald’s y Coca Cola… pues que nos sirvan una caña, un buen lechazo y que nos dejen en paz.

El mundo necesita paz, no un showman con delirios de emperador. Y Trump… necesita terapia. O mejor aún: silencio.

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