De furia épica a cagada internacional

 Trump celebra sus 80 años con un alto el fuego escrito sobre petróleo, poder y demasiadas sombras
trump y netanyaju
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Donald Trump ha elegido el día de su 80 cumpleaños para anunciar al mundo lo que tantas veces prometió y tantas veces no llegó: un alto el fuego en una guerra que ha sacudido Oriente Medio, disparado el precio del petróleo y puesto otra vez a los mercados a bailar al ritmo de un mensaje presidencial.
El preacuerdo, que deberá firmarse este viernes en Ginebra, abre una puerta a la esperanza. Pero también deja demasiadas preguntas encima de la mesa. Porque no hablamos solo de diplomacia. Hablamos de una guerra alimentada por la tensión entre Estados Unidos, Israel e Irán, por los intereses energéticos, por el control del estrecho de Ormuz y por esa peligrosa costumbre de algunos líderes de confundir el mundo con un tablero privado. El problema de Gaza y el Líbano preocupa también ya que Israel sigue achatando el espacio a los palestinos y bombardeando el Sur del Líbano hasta la saciedad.
Trump y Netanyahu vendieron fuerza, épica y libertad. Pero el resultado ha sido otro: bolsas vapuleadas, petróleo disparado, miedo internacional y una región otra vez al borde del abismo.

Todo ello mientras las negociaciones seguían abiertas y mientras un país soberano era golpeado en nombre de una paz que nunca terminaba de llegar.
Ahora llega el alto el fuego. Bienvenido sea. Cualquier silencio de las bombas merece ser celebrado. Pero conviene no olvidar quién encendió la mecha, quién jugó con el precio del miedo y quién convirtió la guerra en un espectáculo político casi romano, con celebración incluida.
Trump vuelve a presentarse como salvador después de haber sido parte esencial del incendio. Una coreografía conocida: primero se agita el avispero, después se anuncia la solución y finalmente se exige aplauso.
El viernes, si nada se tuerce, Ginebra pondrá firma a un preacuerdo del que aún se sabe poco. Hay esperanza, sí. Pero también hay memoria. Y la memoria obliga a recordar que la paz no puede ser el decorado de un cumpleaños ni el petróleo la tinta con la que se escriben los pactos.
Porque cuando la guerra se convierte en negocio, la paz siempre llega tarde.

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