El olivo plantado como símbolo de la recuperación tras el incendio de 2017 ha sido devorado por un fuego cuya causa continúa oficialmente bajo investigación, pero que ha vuelto a desnudar las heridas, los errores y el abandono de Sayago
Esta mañana regresé a la zona cero.
Bajé hasta la Cicutina, uno de esos lugares que no aparecen en las guías turísticas, pero que forman parte de la vida de quienes nacimos o crecimos cerca de Fermoselle. Allí me bañé hasta la saciedad cuando era pequeño. Allí aprendí casi a nadar. Allí quedaron veranos, amigos, risas y viajes por una ZA-316 que serpentea entre bancales, curvas imposibles y un pequeño puente camino de Salamanca.
Hoy no quedaba nada de aquello.
Solo ceniza, silencio y una rabia difícil de contener.
Hasta Renacimiento ha muerto.
El olivo plantado por los moteros de Fermoselle para simbolizar la recuperación después del devastador incendio de 2017 ha sido alcanzado por las llamas. Se llamaba así porque representaba precisamente eso: volver a levantarse, echar raíces y demostrar que la vida podía abrirse paso de nuevo sobre una tierra carbonizada.
Nueve años después, el fuego ha regresado al mismo territorio y se ha llevado también aquel símbolo.
Se podrá plantar otro olivo. O cien. O mil. Pero ninguno será aquel.
Un fuego nacido en la Cicutina y lanzado por el viento
El incendio comenzó oficialmente a las 13:05 horas del miércoles 29 de julio en el término municipal de Fermoselle. Su rápida evolución llevó a declarar el IGR 1 apenas media hora después y, posteriormente, el nivel 2 ante el grave riesgo para la población y los bienes no forestales. La causa continúa figurando oficialmente en investigación.
Eso es lo que sabemos con certeza administrativa.
Después están los testimonios, los indicios que deberán investigar los especialistas y la experiencia de quienes conocen cada camino, cada finca y cada corriente de aire. Los más veteranos de los pueblos llevan décadas leyendo el monte. Saben cuándo una llama avanza de forma natural y cuándo algo no encaja.
Su convencimiento no puede convertirse por sí solo en una sentencia, pero tampoco debe despreciarse desde un despacho.
Será la investigación la que determine cómo nació el fuego y si hubo intervención humana. Hasta entonces, nadie puede afirmar judicialmente que existió uno o varios incendiarios. Pero tampoco puede exigirse silencio a quienes estuvieron allí, vieron desde dónde avanzaban las llamas y conocen la Cicutina mejor que cualquier mapa.
El incendio salió de aquel entorno y encontró dos aliados devastadores: temperaturas cercanas a los 39 grados y rachas de viento de entre 40 y 50 kilómetros por hora.
Lo demás fue una carrera descontrolada.
De la Cicutina a Mámoles en menos de un día
Las llamas subieron desde la Cicutina hacia Fermoselle, alcanzaron el entorno de la torre del agua y avanzaron junto a la residencia. Después saltaron la carretera en las proximidades de la gasolinera y comenzaron a correr hacia el interior de Sayago.
Desde la zona de inicio hasta Mámoles o Muga de Sayago hay más de veinte kilómetros. El fuego recorrió esa distancia en menos de veinticuatro horas, empujado por el viento, el calor, la vegetación seca y una orografía que convirtió cada barranco en una chimenea.
El perímetro llegó a rondar los 75 kilómetros y la estimación inicial situaba la superficie afectada entre 10.000 y 11.000 hectáreas, aunque la valoración definitiva deberá esperar a que puedan medirse con precisión todas las zonas quemadas.
No ardió únicamente monte.
Ardieron olivares, bancales, caminos, recuerdos, explotaciones y una parte fundamental del Parque Natural de Arribes del Duero. Ardió la economía de familias que viven de una tierra difícil. Ardió biodiversidad que tardará décadas en recuperarse. Ardió de nuevo la confianza de una comarca que ya había pasado por esto.
Más de 800 personas fuera de sus casas
El avance obligó a desalojar catorce localidades: Pinilla, Cibanal, Fornillos, Formariz, Zafara, Mámoles, Palazuelo, Cozcurrita, Badilla, Tudera, Argañín, Muga de Sayago, Pasariegos y Villar del Buey.
Fermoselle y Fariza permanecieron confinadas.
Más de 800 personas tuvieron que abandonar sus viviendas y ser trasladadas a Bermillo de Sayago, Fermoselle y distintos centros de Zamora. También fueron evacuadas residencias y personas especialmente vulnerables, mientras varias carreteras permanecían cortadas.
Miles de personas han estado pendientes de un incendio cuyo origen pudo ocupar apenas unos segundos, pero cuyas consecuencias comprometerán años.
Cientos de problemas de transporte, alojamiento, alimentación, medicación y asistencia. Personas mayores sacadas de sus residencias. Familias separadas de sus animales. Vecinos contemplando desde lejos una columna de humo sin saber si encontrarían su casa al regresar.
Todo por un fuego que continúa activo y cuya causa debe investigarse hasta el final.
Si se demuestra que fue provocado, no estaremos ante una travesura, una imprudencia menor ni un simple delito contra la vegetación. Estaremos ante una forma de terrorismo medioambiental, capaz de poner en peligro pueblos enteros y someter a miles de personas al miedo.
Cien medios después, el problema sigue siendo el mismo
Desde el inicio fueron movilizados 109 medios. En la última actualización facilitada permanecían asignados 73, entre ellos cinco técnicos y doce agentes medioambientales o celadores.
Se desplegaron brigadas, agentes, autobombas, medios aéreos, bomberos, Guardia Civil, Protección Civil y efectivos de la Unidad Militar de Emergencias. La UME desplazó inicialmente medio centenar de militares y veinte vehículos para colaborar en la extinción y en las evacuaciones.
Hay medios. Hay profesionales preparados. Hay personas dejándose la piel en el monte.
Pero no basta con llegar cuando el incendio ya corre a cincuenta kilómetros por hora.
La pregunta incómoda sigue siendo la misma: ¿qué se ha hecho durante los nueve años transcurridos desde el incendio de 2017 para evitar que el mismo territorio volviera a arder de esta manera?
Porque ya conocíamos el riesgo. Conocíamos el abandono de los bancales, la acumulación de combustible, la despoblación, el envejecimiento de los pueblos, la falta de ganado, la desaparición de actividades tradicionales y la dificultad para acceder a determinados parajes.
No ha habido sorpresa.
Ha habido repetición.
Sanabria, la Sierra de la Culebra, Sayago… ¿cuántas veces más?
Zamora no puede continuar ejerciendo como campo de pruebas de políticas forestales que llegan tarde o que solo existen sobre el papel.
En 2022 ardió la Sierra de la Culebra. Sanabria también conoce el fuego. Aliste ha visto montes enteros convertidos en ceniza. Sayago sufrió el gran incendio de Fermoselle en 2017 y ahora vuelve a vivir la misma pesadilla.
No hemos aprendido lo suficiente.
O quizá sí hemos aprendido, pero quienes tienen capacidad para decidir no han escuchado.
El problema no se resuelve únicamente comprando más camiones o contratando helicópteros durante la campaña de verano. Se combate durante todo el año: limpiando, desbrozando, recuperando cultivos, manteniendo caminos, apoyando la ganadería extensiva, permitiendo que los vecinos gestionen su entorno y dando oportunidades para que alguien permanezca en los pueblos.
Un monte sin personas acaba siendo un almacén de combustible.
Una provincia vaciada arde más fácilmente.
Que hablen los pueblos
Durante demasiado tiempo se ha tratado a los habitantes del medio rural como espectadores de unas políticas diseñadas desde ciudades alejadas de los barrancos, de las cortinas y de los caminos que después deben atravesar los vehículos de extinción.
Hay que dejar hablar a los pueblos.
No para que sustituyan a los investigadores, sino para que aporten su memoria, su conocimiento y su experiencia. Ellos saben por dónde entra el viento, dónde se acumula la maleza, qué pista se encuentra cerrada, qué manantial se ha perdido y qué terreno lleva años sin limpiarse.
Saben más que muchos informes porque llevan toda una vida mirando el mismo monte.
Y cuando hablan, conviene escucharlos antes del incendio, no solamente cuando las cámaras llegan para grabar la ceniza.
También nosotros somos responsables
Resulta fácil señalar únicamente a la Junta de Castilla y León, al Gobierno central, a las diputaciones o a los ayuntamientos.
Todos tienen responsabilidades y deberán explicarlas.
Pero también hay una responsabilidad colectiva. Hemos permitido que el campo se vacíe, que desaparezcan oficios, que trabajar la tierra sea casi un castigo y que los pueblos solo importen durante las campañas electorales o cuando arden.
Yo también entono el mea culpa.
Quizá no hemos gritado lo suficiente. Quizá hemos asumido como inevitable que cada verano desaparezca una parte de Zamora. Quizá hemos aceptado demasiadas explicaciones y exigido demasiado pocas soluciones.
Pero la culpa compartida no puede convertirse en la coartada perfecta para que nadie responda.
Renacimiento ha muerto, pero la memoria no debe arder
El olivo de los moteros de Fermoselle fue plantado para recordar que la vida podía regresar tras el incendio de 2017.
Hoy está quemado.
Su muerte resume el fracaso de casi una década: el fuego ha regresado al lugar donde se prometió comenzar de nuevo.
Plantaremos otro, porque esta tierra sabe resistir. Pero no podemos conformarnos con convertir cada desastre en una ceremonia de reforestación, una fotografía institucional y un nuevo discurso sobre la resiliencia.
La resiliencia no puede ser la excusa para acostumbrarnos a perderlo todo.
La investigación deberá aclarar el origen del incendio. Si hubo responsables, deberán ser identificados y juzgados con todo el peso de la ley. Y las administraciones tendrán que explicar qué prevención se realizó, qué quedó pendiente y por qué un fuego pudo recorrer decenas de kilómetros a una velocidad devastadora.
Hasta entonces, Sayago seguirá mirando el humo.
Con dolor. Con impotencia. Con rabia.
Porque Renacimiento ha muerto, pero quienes vivimos esta tierra no estamos dispuestos a permitir que también muera la verdad.
En dos dias más de 350 kilómetros realizados entre Zamora y la Cicutina, pasando por cada pueblo intentando ayudar en lo que fuera necesario...lo triste es que todo puede reavivarse y todo puede recomenzar....