Hoy, muchos ya no madrugan. ¿Para qué?
Dormir se ha convertido en una forma de acortar el día. De gastar menos. De sentir menos hambre. De no enfrentarse tan pronto a una realidad que pesa demasiado.
La basura sigue en las esquinas. A veces la queman. No por limpieza, sino por supervivencia. Porque las ratas y los insectos han tomado el relevo de una ciudad que ya no puede sostenerse como antes. Y ese humo, ese olor, forma parte de una Habana que ya no sale en las postales.
La tristeza se ha instalado en la calle.
No hay certeza de comer.
No hay certeza de moverse.
No hay certeza de nada.
Solo pequeñas noticias que corren de puerta en puerta:
“Le han mandado dólares.”
“Ha conseguido algo en el mercado negro.”
Y entonces se comparte. Un poco. Lo justo. Porque aquí compartir ya no es generosidad, es necesidad.
El mercado oficial no responde. El otro, el que no existe pero sostiene la vida diaria, es el único que funciona. A precios que no todos pueden pagar.
Mientras tanto, arriba, nada cambia.
El poder sigue siendo intocable. La Revolución, aquella que prometía futuro, se quedó atrás hace años. Hoy no hay relato, solo resistencia. Y cada vez más resignación.
Porque la realidad es dura y no admite simplificaciones.
El bloqueo estadounidense sigue siendo un factor que condiciona, que aprieta, que limita. Pero no explica todo. También hay una inoperancia interna que asfixia, que paraliza, que impide cualquier salida real.
Entre unos y otros, los de siempre quedan en medio.
Los cubanos.
Ya ni el turismo sostiene lo que antes maquillaba la situación. No hay gasolina suficiente. Las carreteras están rotas. Moverse es un lujo. Vivir, casi también.
Y así pasan los días.
Con menos ruido.
Con menos vida.
Con más cansancio.
Algunos aún resisten. Otros se marcharon. Y hay quienes, simplemente, se resignan.
Porque cuando la esperanza se apaga, lo que queda no es ideología.
Es supervivencia.
Y en la Habana de hoy, eso ya lo dice todo.