La tradición de los quintos/as en Zamora se mantiene como uno de los vínculos culturales más resistentes del medio rural, especialmente en torno al levantamiento del mayo, un ritual que articula identidad, memoria colectiva y cohesión social en municipios marcados por la despoblación. En localidades como Granja de Moreruela, el calendario festivo no solo ordena la vida comunitaria, sino que funciona como un punto de retorno simbólico para quienes viven fuera.
Este año, la celebración ha contado con ocho quintos/as, aunque la realidad ha estado condicionada por la diáspora juvenil y el calendario académico universitario, lo que ha reducido la participación presencial. Finalmente, solo cuatro han podido estar en el acto principal: Valeria, Giovanna, Alex y Claudia, mientras que el resto tiene previsto regresar en agosto para completar una celebración que el pueblo mantiene abierta.
“Ser quinto es importante para mí porque es una tradición que me une a mi pueblo y a mi familia”, explica Alejandro Rodríguez Fernández, con raíces en Granja de Moreruela y Otero de Bodas, y residente en Arroyomolinos. Su testimonio refleja una realidad cada vez más extendida en la provincia: jóvenes que han desarrollado su vida fuera de sus pueblos de origen, pero que mantienen un vínculo activo y emocional a través de las tradiciones. Es el caso de otra quinta, Claudia Nogueras, natural de Valladolid, que se reconoce “emocionada” por participar en una celebración que también vivieron sus padres, ambos originarios de la localidad, cerrando así un hilo familiar que conecta generaciones a través de la misma fiesta.
La dimensión emocional del mayo en Zamora se refuerza además con la continuidad familiar. En su caso, madre, tía y abuelo ya participaron en el mismo ciclo festivo, lo que convierte la tradición en una cadena intergeneracional de memoria y pertenencia. “Es una forma de mantener mis raíces, de recordar de dónde vengo y de compartir un momento único con la gente con la que quiero”, añade.
En el propio municipio, la continuidad de la fiesta no depende únicamente de quienes regresan en estas fechas señaladas. Valeria Ferrero, junto a Giovanna, son las dos únicas quintas que residen de forma habitual en el pueblo, un hecho que añade un matiz de arraigo cotidiano a una tradición marcada por el retorno de los emigrados.
Ambas estudian en Zamora y mantienen una rutina diaria de desplazamientos en autobús hasta Granja de Moreruela, lo que refuerza su vínculo constante con la vida local y con un ritual que no solo observan, sino que viven desde dentro, en el día a día del municipio.
Especialmente significativa es la historia de Giovanna, que se ha convertido en un ejemplo del cambio y la integración cultural. Originaria de Brasil, llegó a Granja de Moreruela en 2019 y desconocía por completo la tradición de los quintos. Sin embargo, su participación activa en la celebración la ha llevado a asumir un papel protagonista, convirtiéndose por un día en parte esencial de una costumbre que, lejos de ser ajena, ha acabado formando parte de su propia identidad dentro del pueblo.
En medio de la preparación, Valeria subraya tanto la emoción como el esfuerzo que implica sostener la celebración: “Estoy muy emocionada, espero que se siga haciendo muchos años; ahora la juventud como que pasa un poco, porque la mayoría no vive en el pueblo, pero yo quiero que se mantenga esta tradición”. Su papel resulta clave en la organización y en la continuidad de una fiesta que exige trabajo constante durante todo el año. La tradición también tiene un fuerte componente familiar. Sus padres, ambos del pueblo, fueron quintos en su día, lo que refuerza el carácter intergeneracional del ritual y su transmisión dentro del propio entorno comunitario.
La joven destaca además el carácter colectivo de la celebración, que trasciende el acto simbólico del levantamiento del mayo y se amplía con otras actividades: “aparte de subir el mayo vamos a poner barra… vamos a dar fiesta”, señala, en referencia a la programación festiva del día.
La organización implica también iniciativas económicas que sostienen la fiesta, como la venta de rifas o actividades populares: “antes repartían escabeche, ahora vendemos rifas y repartimos chocolate para recaudar dinero a lo largo del año”, explica.
El contexto demográfico añade peso a esta tradición. En una provincia como Zamora, donde la pérdida de población condiciona de forma estructural la vida de los pueblos, la figura del quinto adquiere un valor simbólico como relevo generacional y como herramienta de cohesión comunitaria.
La fiesta del mayo, extendida por comarcas como Sanabria, Aliste, Tierra del Pan o Benavente y Los Valles, mantiene un esquema común basado en la colocación del árbol como eje central de la plaza, la implicación vecinal y un trabajo colectivo que comienza días antes del acto principal.
El proceso incluye la preparación del terreno, el traslado del tronco, su decoración y el levantamiento en la plaza, en una dinámica donde el esfuerzo físico convive con un fuerte componente simbólico. A ello se suma la elaboración de figuras que representan a los jóvenes que cumplen la mayoría de edad, así como la organización de actividades paralelas que completan la jornada festiva.
El resultado final trasciende la celebración puntual y se consolida como un dispositivo social en el que participa todo el pueblo, tanto quienes sostienen la tradición durante el año como quienes regresan para mantener vivo el vínculo con el territorio.