Hay días que no se recuerdan por lo que ocurrió en los libros, sino por lo que pasó dentro de casa.
Mi 23F no empieza en el Congreso ni con los disparos en el hemiciclo. Empieza en el Ángel Nieto, con un tatami, un niño pensando en judo y un abuelo que vivía aquella tarde como tantas otras.
Mi abuelo Paco, guardia civil ya en la reserva, me llevó a una competición en el Ángel Nieto. Era un plan normal, de esos que no se graban en la memoria porque parecen repetirse siempre igual. Después fuimos a la comandancia a tomar un café, una rutina que formaba parte de nuestras pequeñas tradiciones.
Pero aquella tarde dejó de ser rutinaria sin que nadie lo anunciara.
No recuerdo el momento exacto en que cambió el ambiente, pero sí la sensación. Las conversaciones se hicieron más cortas, los gestos más tensos y las miradas empezaron a cruzarse con una preocupación que yo, entonces, no sabía descifrar. De pronto, tuve que volver a casa solo. Mi abuelo se quedaba en el cuartel, esperando órdenes.
Aunque estuviera en la reserva, su sentido del deber seguía intacto. Mi abuela Maruja vino a buscarme. Aquel gesto suyo quedó grabado para siempre en mi memoria: llevaba el arma reglamentaria para el abuelo. No había épica en aquella escena, sólo miedo. Un miedo silencioso, denso, que se colaba en cada gesto.
Esa noche dormí en casa de mis abuelos.
O, mejor dicho, intentamos dormir.
La televisión permanecía encendida. La radio tampoco se apagaba. En casa se hablaba poco y se escuchaba mucho. Mi abuela tenía el rostro serio, rezando el rosario una y otra vez como si cada cuenta fuera una forma de sostener el país. Yo no comprendía todo lo que pasaba, pero entendía lo esencial: los mayores estaban asustados.
El momento que rompió la noche fue el sonido del teléfono.
Aquel teléfono góndola rojo, de los de antes, que parecía sonar más fuerte que cualquier noticia.
Era el abuelo.
No recuerdo sus palabras, pero sí lo que sentimos. Un alivio profundo, contenido, casi sin celebración. Sólo el silencio de saber que, al menos por esa noche, todo seguía en pie.
No sé si al día siguiente fui al colegio.
Sí recuerdo a mi padre preocupado, a la familia reunida frente a la radio, y a los mayores hablando del pasado como si hubiera vuelto a llamar a la puerta. Franco, los militares, los dos bandos, los recuerdos de un país que todavía no había cerrado del todo sus heridas.
La calma llegó, pero no fue la misma calma.
Para un niño, aquel día dejó una certeza que sólo se entiende con los años: la democracia no es algo fijo, es algo que puede temblar.
Mi 23F no está en los archivos del Congreso. Está en un cuartel en silencio, en un rosario interminable y en el sonido de un teléfono rojo que, por unas horas, fue el hilo que nos devolvió la tranquilidad.
Desde entonces sé que la historia no siempre se vive en los titulares.
A veces se vive en casa.
Y quizá por eso conviene recordarlo cada 23 de febrero.