El obispo, el anillo y la memoria de José Ángel Rivera. Ofrezco excomunión si es menester

La muerte de José Ángel Rivera de las Eras dejó en Zamora un vacío real. No solo en el ámbito eclesiástico, donde fue referencia en patrimonio, comisario de exposiciones y custodio de la memoria artística de la diócesis, sino en lo humano. Quienes compartimos con él conversación, paseo y confidencias sabemos que su legado no se mide en cargos, sino en cercanía.
Por eso dolió. Y dolió mucho.
José Ángel Rivera de las Eras
photo_camera José Ángel Rivera de las Eras

La homilía pronunciada por el obispo Fernando Valera Sánchez en el funeral no fue un ejercicio de consuelo ni de verdad. Fue, para muchos de los presentes, un relato impostado. Una reconstrucción edulcorada de una relación que quienes conocíamos a José Ángel sabemos que no existía en los términos descritos.
Cuando el obispo afirmó: “La última vez que le visité, nos despedimos con un abrazo y después me cogió la mano y besó el anillo del Obispo. El signo de su madre y mi esposa, la Iglesia de Zamora”, no solo apeló a una imagen simbólica; trazó una escena que resulta difícil de sostener a la luz de los hechos vividos en los últimos años en la diócesis.
Porque es público y notorio que José Ángel fue apartado. Como otros. Que la llegada del nuevo mandato episcopal no fue precisamente un tiempo de integración, sino de decisiones abruptas, silencios incómodos y distancias evidentes. Quien quiera negarlo, que pregunte. En Zamora nos conocemos todos.

Citar a San Cipriano de Cartago —“Nadie puede tener a Dios por Padre, si no tiene a la Iglesia por Madre”— en ese contexto sonó menos a teología y más a advertencia. Y la advertencia, en un funeral, no consuela; incomoda. Y para quien conocía la relación entre el Obispo y José Ángel es más parte de poner encima que ser humilde y asumir.
La cuestión no es de fe. Muchos de los que estábamos allí creemos. En Dios. En Jesucristo. En la dimensión espiritual que José Ángel vivió con convicción serena y sin estridencias. Lo que resulta inaceptable es utilizar el púlpito para reconstruir una narrativa que limpia responsabilidades, maquilla tensiones y convierte la memoria del fallecido en escenario de redención ajena.
El símbolo del anillo episcopal no es menor. Representa autoridad, comunión y fidelidad. Pero también puede convertirse en escenografía cuando la realidad no acompaña. Y la sensación que quedó en no pocos familiares y amigos fue esa: la de una escena preparada para recomponer una imagen pública, no para honrar con autenticidad a quien ya no puede replicar.

Zamora atraviesa un momento delicado en lo eclesial. Hay sacerdotes silenciados, decisiones discutidas y una sensación de distancia entre la jerarquía y la base que no se resuelve con frases solemnes. El respeto a los difuntos exige verdad. Y la verdad no siempre es cómoda. Y la propaganda menos, basta ya de discursos y de loas cuando la realidad es otra, la sinceridad y la verdad ha de contarse aunque cueste la excomunión, algo que realmente y ante la verdad ni importa ni preocupa.
José Ángel no necesitaba defensores. Su trayectoria habla sola. Pero sí merece que su despedida estuviera a la altura de su coherencia. La memoria no puede instrumentalizarse. Menos aún en un altar.
La Iglesia —esa madre a la que se invocó— no es patrimonio exclusivo de un anillo ni de un despacho episcopal. Es comunidad. Es pueblo. Es también crítica cuando corresponde. Y si algo enseñó el de Nazaret fue precisamente a no convertir el templo en escenario de poder.
La fe no tiene miedo. Y la libertad tampoco.

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