Tiempo de merienda, de descanso y de reencuentro. Los jardines del Castillo, las Peñas de Santa Marta y hasta la Puerta de la Lealtad han presentado este jueves una imagen de absoluto llenazo, abarrotados de familias, grupos de amigos que no han querido faltar a una de las estampas más tradicionales y entrañables de la Semana Santa zamorana: la Santa Merienda.
La ciudad está a rebosar. Zamora luce llena, viva, con ese pulso de las grandes ocasiones que tantos echaban de menos. Hacía falta una Semana Santa de sol, de calles tomadas por la gente y de ambiente auténtico tras años marcados por la pandemia y por tiempos convulsos que parecían haber enfriado, aunque solo fuera un poco, el latido de la Pasión zamorana. Hoy, sin embargo, la capital vuelve a mostrar esa plenitud de otros tiempos, esa imagen de ciudad orgullosa de sí misma que tanto agradece su Semana Santa.
Sobre mantas, bancos, mesas improvisadas y rincones con vistas privilegiadas, no ha faltado de nada. Empanadas, embutidos, tortillas, viandas de todo tipo, vinos, cervezas y refrescos han servido para dar el impulso necesario a cofrades, cargadores y acompañantes antes de continuar con una de las semanas más intensas y multitudinarias del calendario zamorano. Porque aquí la merienda no es solo un alto en el camino: es también convivencia, tradición y una forma de entender la Semana Santa desde la calle, desde la familia y desde el grupo.
La jornada de hoy ha estado marcada por la merienda de la Vera Cruz, uno de esos momentos que forman parte del ADN de la Pasión zamorana, mientras que mañana será el Santo Entierro el que pase por el mismo ritual, en otra tarde que volverá a mezclar devoción, cansancio compartido y esa liturgia popular que convierte cualquier rincón de la ciudad en una pequeña celebración.
Zamora vuelve a exhibir músculo. Hoteles llenos, calles atestadas y una sensación generalizada de que la ciudad vive uno de esos años que quedan grabados en la memoria. La Semana Santa no solo se ve en las procesiones; también se respira en estos gestos sencillos, en la conversación entre amigos, en la familia que abre el mantel, en el cofrade que toma fuerzas antes de volver a ponerse en marcha.
Porque sí, Zamora es Semana Santa. Y en tardes como esta, con la ciudad entregada, el sol acompañando y la tradición latiendo en cada esquina, cuesta discutir a quienes sostienen, con orgullo y sin complejos, que la de Zamora es la mejor del mundo.