Monte la Reina ha dejado de ser un refugio para el lobo ibérico en la provincia de Zamora. El espacio forestal enclavado en el término de Toro, que durante décadas simbolizó la recuperación del cánido en la submeseta norte, atraviesa de nuevo un periodo de incertidumbre ecológica. Así lo expuso el biólogo y divulgador Javier Talegón durante la presentación de su libro, El Monte de la Reina, un bosque para el lobo, celebrada hace unos días en el Palacio de la Alhóndiga.
Talegón recordó que el lobo desapareció prácticamente de la submeseta norte —y del propio Monte de la Reina— durante décadas, incluso cerca de un siglo. No fue hasta la década de 1970 cuando la especie inició un proceso de recolonización natural que devolvió al monte toresano un grupo reproductor estable. Sin embargo, el escenario actual dista de aquel proceso de recuperación. En sus trabajos de campo más recientes, el investigador no ha podido constatar la existencia de una manada asentada. Durante 2025 únicamente logró seguir el rastro de dos ejemplares.
El dato adquiere una dimensión simbólica añadida. El mayor divulgador y defensor del lobo en España, Félix Rodríguez de la Fuente, realizó parte de su servicio militar en el acuartelamiento de Toro, situado en el propio monte. Aquel campamento fue clausurado en 1997 y su reactivación operativa está prevista para 2027. La coincidencia histórica subraya la paradoja actual: el enclave vinculado a la popularización del lobo ibérico afronta ahora la pérdida de su funcionalidad como área de cría.
Este vacío reproductivo cuestiona la estabilidad futura del mamífero en el enclave y no puede entenderse sin atender a la compleja superposición de historia, usos del suelo y decisiones políticas que han moldeado el territorio durante siglos. El propio nombre del monte encierra esa memoria. En 1283, la reina María de Molina, a quien su esposo Sancho IV de Castilla concedió el señorío de Toro, donó los pastos del entonces denominado “Noviellas” al concejo y su alfoz. Con el tiempo, los toresanos comenzaron a referirse a este espacio como el "Monte de la Reina", tal y como documenta el historiador toresano José Navarro Talegón.
No obstante, la lectura contemporánea del territorio exige incorporar variables ecológicas que trascienden el relato histórico. Javier Talegón explicó que la fragmentación del territorio, causada por carreteras, cultivos intensivos y urbanización, limita la movilidad de especies y reduce el flujo genético, debilitando los ecosistemas.
A esta presión se suma la reactivación del campamento militar de Monte la Reina, cerrado en 1997 y cuya reapertura operativa está prevista para 2027. La circulación de vehículos pesados y las posibles explosiones durante las maniobras introducen factores de perturbación que pueden alterar los patrones de conducta de la fauna, incrementar el estrés en especies sensibles y elevar el riesgo de incendios, como ha sucedido en otros acuartelamientos del país.
El diagnóstico actual se inserta en una trayectoria de transformación prolongada. Desde finales de los años 80, distintos estudios de conservación ya alertaban de la influencia de intereses económicos y decisiones políticas en la gestión del monte zamorano. Durante siglos, la minería, la explotación forestal y la expansión agrícola modificaron progresivamente la estructura original de bosques y valles. En el siglo XX, la intensificación de modelos agrarios de corte industrial y las parcelaciones forestales aceleraron la fragmentación de las masas arbóreas y el agotamiento de los suelos.
Las consecuencias son tangibles. En Monte la Reina, la biodiversidad ha experimentado un retroceso significativo. El empobrecimiento no afecta únicamente a la flora y la fauna, sino también a prácticas tradicionales asociadas al monte —recolección de plantas silvestres y aprovechamiento de recursos naturales— que han ido desapareciendo al mismo ritmo que los ecosistemas que las sustentaban.
Entre las especies presentes o históricamente documentadas destacan el lobo ibérico, el milano real, el jabalí, el zorro, el águila imperial ibérica, el corzo, el meloncillo, la garduña, el arrendajo o el conejo, además de diversas aves insectívoras y rapaces menores. En el estrato vegetal predominan encinas, pino piñonero, pino resinero y quejigos, configurando un mosaico mediterráneo que, pese a su resiliencia, acusa la presión acumulada.
A lo largo de su intervención, el biólogo subrayó el impacto acumulativo de la actividad humana: conversión de bosques en parcelas agrícolas, uso sistemático de pesticidas y fertilizantes, alteración de vegas y suelos arenosos y aparición de patologías en fauna debilitada. El resultado es un sistema ecológico más vulnerable, con comportamientos erráticos, desaparición de ejemplares y ciclos biológicos interrumpidos.
Para concluir sostuvo que la recuperación de Monte de la Reina exige combinar políticas de conservación con planificación territorial basada en criterios ecológicos y en un conocimiento histórico profundo del enclave. La restauración de corredores biológicos y la mejora de la conectividad se alinean con los objetivos de la Estrategia Nacional de Infraestructura Verde y Conectividad Ecológica, que promueve una red funcional capaz de sostener la biodiversidad y garantizar la viabilidad de especies emblemáticas como el lobo en el medio plazo.