Margarita Coco dará el pregón de San José Obrero en Zamora, la historia de un barrio hecho entre todos

San José Obrero transformará su pregón de fiestas en un ejercicio de memoria colectiva dando protagonismo a sus vecinos más mayores, que aportarán su visión sobre la evolución del barrio, su vida cotidiana y su identidad obrera. La cita tendrá lugar el próximo 30 de abril a las 19:30 horas
Margarita Coco y Pepita Pozo charlando
photo_camera Margarita Coco, a la izquierda, la pregonera de San José Obrero, con Pepita Pozo charlando

En San José Obrero, el pregón de las fiestas 2026 no será un acto más dentro del programa festivo. Se plantea como un ejercicio de memoria vecinal en el que los vecinos más mayores recuperan la historia de un barrio marcado por el trabajo, la solidaridad y la vida comunitaria. El próximo 30 de abril a las 19:30 horas, Margarita Coco será una de las encargadas de dar inicio a las celebraciones, recogiendo el testigo de Pepita Pozo, pregonera hace dos años, en una continuidad que refuerza la identidad de San José Obrero como uno de los barrios con mayor arraigo social de Zamora.

El acto pone el foco en una generación que ha vivido y construido el barrio desde sus orígenes, en un entorno que nació para dar respuesta a la necesidad de vivienda en Zamora y que se consolidó a través de redes de apoyo vecinal y esfuerzo colectivo.

Margarita Coco y Pepita Pozo representan esa memoria viva del barrio, con trayectorias personales ligadas. Margarita llegó hace casi seis décadas, con tres hijas pequeñas, a unas viviendas levantadas tras la riada de Villagodio. Procedente de La Horta, ocupó una de aquellas casas “sobrantes” en un entorno marcado por la precariedad, pero también por la solidaridad. Mientras su marido emigraba a Francia en busca de trabajo, ella se quedaba al frente de la familia —que acabaría siendo de cuatro hijas— y del cuidado de sus padres mayores.

“Aquí nadie preguntaba demasiado, simplemente se ayudaba”, resume. Esa lógica marcó su manera de entender el barrio. Participó en asociaciones vecinales, colaboró en actividades parroquiales y formó parte de esa red invisible de mujeres que sostenían el día a día sin necesidad de reconocimiento público.

En su historia hay también un hilo menos visible, pero determinante: la lectura. Fue su padre quien le inoculó ese hábito desde niña, comprándole libros siempre que podía, incluso en tiempos de escasez. Ese impulso chocó pronto con la realidad. Margarita tuvo que abandonar la escuela con apenas 15 años, una decisión forzada que recuerda como uno de los momentos más duros de su vida. “Lo pasé muy mal”, ha repetido en más de una ocasión. Aquella interrupción no rompió, sin embargo, su vínculo con el aprendizaje.

Siguió leyendo todo lo que caía en sus manos. Aún recuerda su primer libro, Las niñas se casan, de María Teresa Sesé. Con el tiempo, esa relación con la palabra dio un paso más: empezó a escribir. Sus cuadernos, nacidos como refugio personal, se transformaron en relatos y poemas que hoy comparte en talleres, cerrando un círculo que empezó en la infancia y sobrevivió a las limitaciones de su época.

Su casa fue también un espacio de cuidados intensivos, especialmente durante los años en los que atendió a su hijo con parálisis cerebral. Las noches sin descanso, la atención constante y la falta de recursos especializados marcaron una etapa exigente que, lejos de aislarla, reforzó su vínculo con el entorno. En los momentos más difíciles, insiste, siempre había alguien dispuesto a ayudar al otro lado de la puerta.

Margarita Coco, una de las pregoneras de las fiestas de San José Obrero
Margarita Coco, una de las pregoneras de las fiestas de San José Obrero

La historia de Pepita Pozo se entiende como un reflejo de la memoria obrera y solidaria de toda una comunidad. Su trayectoria vital está ligada al trabajo, la precariedad laboral y la implicación social, en un entorno donde el barrio funcionó durante décadas como red de apoyo mutuo.

Pepita comenzó a trabajar siendo muy joven, sin apenas formación, encadenando empleos que exigían disponibilidad constante: limpiezas por horas, trabajos de costura en casa y turnos en residencias. Más adelante consiguió estabilidad laboral en un laboratorio, aunque su vida continuó marcada por una constante: la dedicación al trabajo y a los demás.

Junto a su trayectoria profesional, desarrolló también una faceta creativa poco conocida. Formó parte de la Escuela de Arte, donde realizó escultura, una dimensión que conecta con su sensibilidad artística y su interés por la expresión personal fuera del ámbito laboral.

Sin embargo, su mayor huella en San José Obrero llega a través de su implicación social. Pepita fue una de las impulsoras de la Cocina Solidaria de Zamora, un proyecto comunitario que durante años garantizó comida caliente a personas en situación de vulnerabilidad, especialmente en los momentos más duros de la crisis económica de 2008.

En ese contexto, la solidaridad vecinal se convirtió en una herramienta de supervivencia colectiva. Tanto Pepita como otros vecinos coinciden en que el barrio fue su verdadera escuela, no solo en convivencia, sino en valores como la responsabilidad compartida, la ayuda mutua y la atención constante a los demás.

La Cocina Solidaria no surgió como una iniciativa aislada, sino como la consecuencia directa de esa cultura de barrio, reforzada también por el impulso de figuras como Ángel Bariego desde la parroquia, que promovió proyectos de apoyo social y organización comunitaria.

Con el paso del tiempo, los propios vecinos reconocen que San José Obrero ha cambiado. La llegada de nuevos residentes y la transformación social han modificado la convivencia intensa de décadas anteriores. Sin embargo, se mantienen estructuras asociativas y una identidad colectiva basada en la solidaridad vecinal en Zamora, que sigue definiendo la esencia del barrio.

Pepita Pozo muestra algunos de los trabajos realizados en la Escuela de Arte
Pepita Pozo muestra algunos de los trabajos realizados en la Escuela de Arte

En ese contexto, el pregón adquiere un sentido que trasciende lo festivo. Para Margarita Coco, poner voz a la historia del barrio es también fijar un legado construido a base de esfuerzos cotidianos, muchos de ellos invisibles. Una memoria que no se apoya en la nostalgia, sino en la experiencia acumulada de quienes hicieron del cuidado y la solidaridad una forma de vida.

 

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