En un contexto dominado por la prisa y la desconexión cotidiana, el Centro Sociocultural Peromato, en el barrio de San Lázaro de Zamora, ha recuperado una tradición con profundas raíces rurales: El Filandón. Lejos de quedarse en una actividad nostálgica, este encuentro semanal se ha transformado en un espacio de construcción comunitaria donde las personas se reúnen para algo más que tejer o bordar: tejen vínculos.
Ubicado en la calle Puentica, el Centro Peromato ha consolidado un modelo de actividad sociocultural abierto, inclusivo y accesible, en el que conviven propuestas como talleres de memoria, idiomas o nuevas tecnologías. Sin embargo, es El Filandón el que ha logrado convertirse en uno de los ejes más significativos de la vida del centro, por su capacidad de generar comunidad desde lo cotidiano.
Cada lunes, de 17:00 a 19:00 horas, el espacio se llena de manos ocupadas en labores como el ganchillo, el punto o el bordado. Pero el valor de la actividad no está en el resultado material, sino en lo que ocurre entre puntada y puntada: conversaciones espontáneas, relatos compartidos y una red de relaciones que se va construyendo de forma natural.
Al frente de la iniciativa está Eva, coordinadora del proyecto, cuya formación como arqueóloga aporta una mirada contextual que enlaza el presente con las prácticas sociales del pasado. Su enfoque permite recuperar el sentido original del filandón tradicional y adaptarlo a una realidad contemporánea donde la comunidad vuelve a ocupar un lugar central.
Entre las participantes habituales se encuentra Nerea, de 28 años, que llegó al grupo a través de su entorno familiar y encontró en el espacio algo más que una actividad puntual. Su incorporación refleja el carácter intergeneracional del proyecto, donde la edad no es una barrera sino un punto de encuentro.
A su lado participa Pepi, de 72 años, que descubrió el filandón casi por casualidad y terminó integrándolo en su rutina semanal. Su testimonio resume el espíritu del grupo, donde las labores manuales conviven con un ambiente de cercanía y afecto. En su caso, el ganchillo se ha convertido también en un gesto de cuidado hacia su familia, como la elaboración de pequeños objetos destinados a sus nietos.
También forma parte del grupo Bea, de 52 años, que llegó sin experiencia previa en las labores artesanas pero con la necesidad de aprovechar el tiempo en un entorno significativo. Su aprendizaje progresivo en el ganchillo ha ido acompañado de un descubrimiento más profundo: el valor del acompañamiento mutuo y el intercambio cotidiano de experiencias entre personas distintas.
Las tres coinciden en una misma mesa, compartiendo no solo técnicas y materiales, sino también conversaciones y momentos de convivencia que trascienden la actividad manual. En El Filandón conviven edades, trayectorias y capacidades diversas en un espacio donde la participación se produce en igualdad y sin barreras.
El Centro Sociocultural Peromato ha consolidado un modelo de convivencia en el que la inclusión no se plantea como un objetivo abstracto, sino como una práctica diaria. A través de actividades como El Filandón, el barrio de San Lázaro refuerza su tejido social y recupera dinámicas de relación vecinal que parecían diluidas en la vida urbana actual.
La actividad, abierta a cualquier persona interesada, se desarrolla cada semana como un punto de encuentro estable en el calendario del centro, reforzando una idea esencial: la comunidad también se construye en los gestos más simples y en las conversaciones compartidas entre manos que trabajan juntas