El otro enero: cuando el pueblo vuelve a quedarse solo

Tras la llegada de los Reyes Magos se marchan los hijos, los nietos y los emigrantes que regresan a sus municipios de origen por Navidad
Mujeres en un bar de la Zamora rural
photo_camera Mujeres en un bar de la Zamora rural

El otro enero no empieza el día 1. Empieza cuando el último coche arranca, cuando la persiana del bar baja antes de lo habitual y cuando el silencio vuelve a ocupar su sitio en los pueblos de Zamora. Y esto sucede el 6 de enero, tras abrir los regalos que han dejado Sus Majestades de Oriente.

La escena se repite cada año, casi con la misma puntualidad que la llegada de los Reyes Magos. Durante días —a veces solo durante unas horas— los pueblos se llenan. Vuelven los hijos, los nietos, los que se fueron a Madrid, Valladolid, Bilbao o fuera de España. Se encienden casas cerradas desde el verano, se reservan mesas, se oye ruido en la calle. Y después, de golpe, enero.

En una provincia con 248 municipios y más de 500 núcleos de población, el contraste es inmediato. Solo quince localidades superan los mil habitantes, según los datos de 2023-2024. Zamora capital rebasa los 60.000 vecinos; Benavente ronda los 17.700; Toro poco más de 8.300; Morales del Vino y Corrales del Vino se mantienen también por encima de ese umbral. El resto del mapa lo forman pueblos pequeños, muy pequeños, muchos por debajo de los 250 habitantes, donde cada persona cuenta y cada ausencia se nota.

Por eso, cuando pasan las fiestas, el vacío no es una sensación abstracta: es física. El bar que el domingo estaba lleno de sobremesas largas vuelve a abrir, pero menos horas. La tienda ajusta horarios. El médico regresa a la rutina de siempre. En apenas 24 horas, el bullicio se convierte en calma forzada.

Los hosteleros lo resumen con una frase que se repite de pueblo en pueblo: “esto dura lo que duran las fiestas”. Durante Navidad y Reyes se trabaja lo que no se trabaja en semanas. Hay desayunos, comidas familiares, rondas de vinos. Después, enero vuelve a ser enero: un mes largo, frío y silencioso.

En los pueblos más pequeños, la despedida es casi un ritual. El 6 de enero por la mañana o a media tarde se cargan los maleteros, se reparten sobras, se promete volver “en cuanto se pueda”. Las casas se cierran otra vez. Algunas no se abrirán hasta Semana Santa; otras, hasta el verano. En algunas calles, la luz vuelve a apagarse durante meses.

La provincia lo vive con especial intensidad porque la diferencia entre estar y no estar es enorme. Donde hay 80 vecinos censados, la llegada de diez personas cambia el pulso del lugar. La marcha de esas mismas diez lo devuelve a su realidad cotidiana: pocos habitantes, población envejecida y servicios ajustados al mínimo.

Ese es el otro enero, el que no sale en las postales ni en los balances de ventas. El enero que empieza cuando se van los que mantienen el vínculo con el pueblo aunque ya no vivan en él. El enero del silencio recuperado, de los bares medio vacíos y de los pueblos que esperan, una vez más, la próxima fecha marcada en el calendario para volver a llenarse, aunque sea solo durante unos días.

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