Desde hace varios años, los fenómenos meteorológicos adversos como las borrascas tienen nombre propio. Esta práctica, instaurada por los servicios meteorológicos de varios países europeos, busca mejorar la comunicación y la prevención ante eventos climáticos extremos.
Los nombres asignados a las borrascas tienen un propósito claro: facilitar la difusión de alertas meteorológicas y garantizar que la población reciba la información de manera clara y rápida. La experiencia ha demostrado que las personas prestan más atención a los avisos cuando una tormenta tiene un nombre propio, en lugar de un código técnico o una simple descripción del fenómeno.
En Europa, la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), junto con los servicios meteorológicos de Francia y Portugal, participa en el grupo suroeste de nombramiento de borrascas. Este grupo elabora cada año una lista con nombres previamente definidos, alternando entre nombres masculinos y femeninos, al igual que sucede con los huracanes en el Atlántico.
No todas las borrascas reciben un nombre. Para ser bautizadas, deben cumplir ciertos requisitos, como provocar fuertes rachas de viento que superen ciertos umbrales de peligrosidad y suponer un riesgo importante para la seguridad de la población. El objetivo es garantizar que la información sobre estos fenómenos se transmita de forma efectiva y se tomen las medidas preventivas necesarias.
La identificación rápida de una borrasca permite a los medios de comunicación, autoridades y ciudadanos reaccionar con anticipación, minimizando los riesgos y aumentando la preparación frente a condiciones meteorológicas adversas. Además, al estandarizar los nombres en diferentes países, se evita la confusión en zonas fronterizas o en regiones con influencia de varias agencias meteorológicas.