No hablamos de frentes ni de posiciones militares. Hablamos de centrales térmicas, subestaciones de 750 kV, redes de interconexión nacional y sistemas de calefacción urbana. Infraestructura crítica civil, atacada de forma sistemática en pleno invierno, con temperaturas que en muchas regiones descienden muy por debajo de cero.
En Kiev, los impactos sobre las centrales térmicas 4 y 5, la zona de Tripoli y la mayor subestación eléctrica del país no son daños colaterales: son golpes quirúrgicos al corazón energético de la capital. En Járkov, la consecuencia es directa y brutal: 820 edificios residenciales sin calefacción, con el sistema drenado y sin previsión de recuperación antes de que termine el invierno. En Dnipro, Krivói Rog, Vinnytsia u Odesa, el patrón se repite: saturación de misiles sobre nodos clave para romper la interconexión del sistema eléctrico nacional e incluso bloquear la importación de energía desde países vecinos.
El mensaje es claro y profundamente inquietante: no se busca solo ganar terreno, se busca quebrar a la sociedad. Dejar a familias enteras sin luz, sin calefacción y sin agua caliente no es una maniobra militar; es una forma de castigo colectivo que vulnera de manera frontal el derecho internacional humanitario.
Mientras tanto, el mundo observa. Condena, sí. Comunica, también. Pero actúa poco y tarde. Las negociaciones avanzan a trompicones, la diplomacia se atasca y la población civil paga el precio de esa parálisis. Cada misil que impacta en una central eléctrica es también un fracaso de la comunidad internacional, incapaz de frenar una estrategia que convierte la energía en arma de guerra.
Desde una perspectiva europea, el ataque debería resonar con fuerza. La energía no es solo un recurso: es un derecho básico en sociedades modernas. Hoy es Ucrania; mañana, cualquier país cuya infraestructura crítica sea considerada “objetivo legítimo” en un conflicto sin reglas.
Ucrania resiste, como lo ha hecho durante años. Pero resistir a oscuras, sin calefacción y en pleno invierno no puede convertirse en la nueva normalidad aceptable. No es solo una guerra contra un país, es un ataque directo a la población civil y a los principios más elementales de humanidad. Y cada día que pasa sin una respuesta firme, el frío no es lo único que se extiende: también lo hace la vergüenza colectiva.