El poeta zamorano Julio Marinas reúne en Haikus de la culebra, de la ballena y del gorrión una nueva entrega de su sostenida indagación en la naturaleza como materia poética. El volumen, publicado por Los Papeles de Brighton dentro de la Colección Minúscula (número 17), cuenta con prólogo de Juan Luis Calbarro e ilustración de cubierta de Christian Tubau Arjona.
La obra profundiza en una línea creativa que ha marcado la trayectoria de Marinas desde sus primeros títulos: la contemplación del entorno natural como vía de conocimiento y como espacio de integración entre lo humano y lo cósmico. En este nuevo libro, esa mirada se condensa en la forma breve del haiku, que reduce la expresión a diecisiete sílabas distribuidas en tres versos, despojando al poema de retórica para retener el instante.
El volumen se articula en tres secciones simbólicamente vertebradas por animales: la culebra, la ballena y el gorrión. Cada una remite a un ámbito distinto —lo agreste, lo marino, lo urbano—, pero todas convergen en una misma aspiración de fusión con el ciclo natural. La referencia inicial a la Sierra de la Culebra se amplía aquí hacia una dimensión más universal, donde la fauna —del insecto al gran mamífero— y la flora conforman un catálogo que trasciende lo descriptivo para inscribirse en una cosmovisión de raíz panteísta.
En su prólogo, Calbarro sitúa este libro en continuidad con títulos anteriores del autor, como Aquascente o el volumen publicado en 2021 también por Los Papeles de Brighton, en los que el agua, el tiempo y la conciencia de la mortalidad ya articulaban una poética de integración. En esta ocasión, sin embargo, la reflexión se despoja de cualquier discursividad y adopta la concentración extrema del haiku clásico, donde la subjetividad se retira para dejar paso a la pura imagen.
La tradición del haiku en lengua española, desde José Juan Tablada hasta nombres como Antonio Machado, Juan Ramon Jiménez o Octavio Paz, encuentra en Marinas una asimilación consciente del modelo japonés. Lejos de la mera imitación formal, el poeta zamorano rehúye la narratividad y la efusión subjetiva para mantener la pureza descriptiva y la tensión contenida que caracterizan al género desde Matsuo Basho.
En estos haikus, el paso del tiempo se inscribe en fenómenos estacionales —la berrea, la escarcha, la brotación, la caída de las hojas— y la muerte se integra sin patetismo en el fluir natural. La imagen se impone como núcleo revelador: un golpe de luz sobre las olas, el retumbo de unos cascos en la espesura, el zumbido que convierte el bosque en organismo vivo. El yo poético, apenas insinuado, se diluye en el paisaje hasta compartir condición con insectos, aves o árboles.