José Ángel, el cura del patrimonio que hacía fácil creer

Hay personas que uno no recuerda exactamente cuándo conoció, pero sí sabe que, desde el primer día, parecían de casa.
José Ángel Rivera de las Eras era una de ellas.
José Ángel Rivera de las Eras
photo_camera José Ángel Rivera de las Eras

Hace ya más de diez años que nos cruzamos, y sin embargo la sensación siempre fue la de haber hablado con él desde siempre. Tenía ese don raro de los hombres buenos: la conversación sin prisa, la mirada limpia, la cultura profunda que no se exhibe sino que se comparte.
José Ángel era sacerdote, sí. Pero sobre todo era un hombre.

Un hombre culto, viajero, curioso, enamorado del patrimonio y de todo lo que la historia deja como huella. Pocas personas han defendido con tanto convencimiento el patrimonio eclesiástico de Zamora. No desde el despacho ni desde la solemnidad, sino desde la pasión. Explicaba una iglesia como quien cuenta una historia familiar. Y conseguía que cualquiera entendiera que el arte sacro no es pasado, sino memoria viva.
Fue comisario de exposiciones, divulgador, estudioso y referente, sus libros estarán siempre en mi biblioteca con un especial sentido. Pero si algo le definía era la cercanía. José Ángel era de los que abrían la puerta de su casa, de los que te invitaban a quedarte, de los que cocinaban con gusto y conversaban mejor.
Era un cura moderno en el trato y clásico en la fe. De convicciones firmes, pero sin ruido. De los que hablaban de Dios desde el ejemplo y no desde el púlpito.
Con él compartí charlas largas, paseos tranquilos y ese cigarrillo cómplice que acompañaba conversaciones que iban de la Iglesia a la vida, del patrimonio a las pequeñas cosas que importan. José Ángel no imponía la fe: la hacía comprensible. No hablaba de religión como doctrina, sino como amor fraterno.
Y en tiempos donde tantas cosas se discuten, él recordaba que la esencia está en creer… pero sobre todo en querer.
Su muerte, frente a su iglesia de San Frontis, tiene algo de símbolo, algo de especial. Un final sereno para quien vivió su ministerio con naturalidad, sin grandilocuencias, sin ruido, con esa forma suya de estar cerca de la gente.
Hoy quiero pensar que San Pedro le habrá abierto la puerta grande, no por sacerdote ni por erudito, sino por buena persona. Se ha ido un amigo.
Y su ausencia deja un hueco difícil de explicar. De esos que se notan en los silencios, en las conversaciones que ya no estarán, en los paseos que quedan pendientes.
Yo hoy brindaré por él.
Me tomaré un café en su memoria y encenderé ese pitillo que tantas veces acompañó nuestras charlas.
Porque hay personas que no se van del todo mientras alguien las recuerde.
Y José Ángel era de los que merecen ser recordados siempre.

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