domingo 29/5/22
La imagen de Joaquín Bodego presidió la misa homenaje en Granja de Moreruela

"Las buenas personas son como las velas; se queman para dar luz a los demás". Y esta mañana, la iglesia de Granja de Moreruela se iluminó para dar cabida a una "gran familia" en una misa en homenaje de Joaquín Bodego, el misionero del Verbo Divino que falleció en México el pasado mes de marzo a los 71 años de edad.

Las palabras de su hermano Chencho cerraron un homenaje en el que la familia del sacerdote estuvo arropada por la otra "familia", la de su pueblo, ese pueblo en el que correteó y jugó hasta que se trasladó a estudiar a Coreses y al que regresaba cada cuatro o cinco años para ver las jaras en flor. ¡Qué bonito está el campo!, no se cansaba de repetir cuando ponía los pies en Granja de Moreruela.

También estuvo parte de su "familia" del Verbo Divino y del colegio de Coreses donde estudió, compañeros como Mateo Alejandro y Domingo Ramos que rememoraron el espíritu inquieto de un joven al que no le gustaba jugar al fútbol pero que volvía "locas" a las cocineras como anticipo de lo que después sería su gran pasión por los fogones. "Era un gran cocinero", recalcó su amigo Elías, el último que compartió sus últimos días.

No fue un homenaje triste porque "sonreír, amar y seguir" era la máxima de este sacerdote inquieto, que se empeñó en levantar una capilla "atravesada" en una calle de México y lo hizo y que, con el mismo tesón, fundó "Librerías Verbum" en su compromiso por difundir la palabra de Dios entre los indígenas. "Primero hay que ayudarles a tener una vida digna; luego les hablaré de Dios", decía Bodego, en unas palabras que recordó su hermano Chencho.

Chencho, el hermano de Joaquín Bodego, durante el homenaje en Granja de Moreruela
Chencho, el hermano de Joaquín Bodego, durante el homenaje en Granja de Moreruela

Y su hermano también rememoró como a su madre le costaba recuperarse de aquella tristeza que la inundaba cada vez que aquel hijo entregado a los demás partía a México, aunque sabía que él era feliz en aquel país que le acogió hace ya 42 años. Ni siquiera cuando le diagnosticaron una enfermedad rara que le limitaba a la hora de andar y de hablar quiso volver.

Tras sufrir una caída tuvo que regresar a España en 2021 para recuperarse con la intención de quedarse ya en su tierra, pero cuando se encontraba mejor quiso volver a despedirse de sus seres queridos: primero por un mes, después lo alargó para la Navidad y, al final, fueron cuatro meses y ya no pudo retornar. Y murió como quería: entregado a los demás después de haber cocinado y repartido una paella entre cientos de personas para recaudar fondos para estudiantes mexicanos con poco recursos. A las pocas horas de aquella fiesta solidaria, simplemente se quedó "dormido".

"Dios le hizo el regalo que él quería", afirmaba desde el altar el padre Marcario Villalón, natural de Ferreras de Abajo, amigo del sacerdote granjeño y provincial en España de la Sociedad del Verbo Divino, el encargado de oficiar la misa en la que participó la "gran familia" que Joaquín Bodego dejó en la localidad que consideraba su segunda patria, porque la primera era México, a donde partió un 15 de noviembre de 1980, después de casar a una pareja de Granja de Moreruela, que también estuvo presente en el homenaje.

Y habló su sobrino Miguel para recordar como le pidió a su tío sellos para un amigo de internado y recibió una caja con unas zapatillas Nike rotas llenas de timbres.

Y una vecina del pueblo, Isabel Rodríguez, rememoró los cafés en su casa del pueblo en las que Joaquín contaba historias de su México querido ante la atenta mirada de más vecinas, sus viajes de niña al colegio de Coreses donde también estudiaba su hermano Zenón o la ayuda que recibió siempre de ese sacerdote bonachón cuando enviudó.

Y su sobrino músico, Daniel, le quiso despedir con un beso lanzado al cielo tras cantar con la "gran familia" que se reunió en la iglesia parroquial de Granja de Moreruela la canción más emblemática de Nino Bravo: el Beso y la Flor que resume la vida de un sacerdote entregado y, sobre todo, buena persona. Como en la melodía del gran cantante valenciano, Joaquín Bodego también dejó sus "campos" de Castilla para atravesar el Atlántico y fue la luz que alumbró muchos caminos. Y siempre permanecerá en el recuerdo de los que le conocieron.

 

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