“La mente humana necesita explicaciones simples más que verdades complejas”. Así lo señalan estudios relevantes de neurociencia y lo recuerdan canales de divulgación científica como la lagatadeschrodinger. Nuestro cerebro está diseñado para reaccionar con rapidez ante amenazas inmediatas. Si estamos en mitad de la sabana y aparece un leopardo, no analizamos el contexto geopolítico; simplemente corremos y nos subimos a un árbol.
Quizá esta predisposición explique por qué miles de personas celebran aún hoy la supuesta caída de un dictador como Nicolás Maduro tras una intervención militar de Estados Unidos, por haber sido presentada con un relato tan sencillo como eficaz: devolver la democracia en Venezuela, acabar con el narcotráfico y, de paso, dar salida a unos barriles de petróleo que llevan demasiado tiempo almacenados antes de que el crudo se vuelva negro… en todos los sentidos.
Pero la realidad, como siempre, es mucho más compleja. En una antigua entrevista, Pepe Mujica analizaba la situación de Venezuela desde una perspectiva menos emocional y más estructural. Reconocía sin ambages que Venezuela —como otros países del Caribe— padece un régimen autoritario, muy alejado de cualquier estándar democrático. Sin embargo, subrayaba algo incómodo: las condiciones de vida de la población venezolana dependen hoy más de las sanciones comerciales de Estados Unidos que de las decisiones internas del régimen. Sanciones que castigan al pueblo llano, no a sus dirigentes. Maduro no parece pasar hambre y Delcy Rodríguez, con vestidos de quinientos dólares, tampoco transmite una situación de necesidad extrema.
La explicación exige ir más allá. El pasado viernes 2 de enero, el científico Antonio Turiel ofreció una conferencia en el Ayuntamiento de León en la que anticipaba un escenario como el actual: Estados Unidos está agotando rápidamente sus reservas estratégicas de petróleo para contener los precios y la inflación. Necesita crudo. Y lo necesita con urgencia. Más aún desde que Venezuela decidió vender petróleo en yuanes, cuestionando la primacía del dólar como moneda de intercambio energético, un pilar del orden mundial construido desde la época de Kissinger.
No es una novedad histórica. Ese mismo desafío lo plantearon en su día la Libia de Gadafi o el Irak de Sadam Husein. El resultado fue similar. Mientras el dólar siga siendo el sistema de intercambio mundial, Estados Unidos mantendrá su hegemonía económica. Y para ello utilizará todas las herramientas disponibles: primero la diplomacia, seguidamente sanciones internacionales y, llegado el caso, el ejército más poderoso del planeta.
A Estados Unidos no le importa en absoluto la democracia en Venezuela, del mismo modo que le importa muy poco en Arabia Saudí o poco le interesó Franco cuando tuvo que disponer las bases de Rota y Morón. Lo que importa es la estabilidad de su sistema económico capitalista. Marco Rubio lo dijo sin rodeos cuando fue preguntado directamente por la celebración de elecciones democráticas, a lo que como Pujol en su día dijo: “eso hoy no toca”. Tenemos derecho —vino a decir— a quedarnos con los petroleros y con el petróleo; hay sentencias que nos avalan. Delcy cooperará con los intereses de los Estados Unidos. Nada se habla ahora de Edmundo González o la nobel pirómana María Corina Machado, que intenta de forma estéril compartir ahora el ansiado galardón, hoy tan devaluado como la propia democracia.
Las acusaciones de la DEA han ido diluyendo toda referencia al llamado clan de los soles. Y es que los narcotraficantes viven cómodamente en países desarrollados, seguramente juegan al golf con políticos que desestabilizan el orden mundial. No olvidemos el reciente indulto al narcotraficante convicto Juan Orlando Hernández. Para entender este razonamiento basta recordar lo que explicaba Martín Caparrós en El País sobre el pensamiento simplificado estadounidense: “… sus compatriotas drogodependientes no lo son por problemas estructurales propios, sino porque unos extranjeros malvados los drogan”.
Mientras tanto, el mismo procedimiento parece perfilarse ahora en Groenlandia. Barcos chinos y rusos navegan por aguas internacionales a sus anchas y, de repente, reaparecen viejos fantasmas: amenazas estratégicas, riesgos para la seguridad...necesitamos nuestro espacio vital. Aquí no pueden indicar ni falta de democracia ni armas de destrucción masiva. Pero además del acceso a las rutas del Ártico, la razón de fondo es otra: allí se concentran algunos de los últimos recursos naturales aún por explotar a precios competitivos, fundamentalmente, petróleo y tierras raras.
Rechazar a Nicolás Maduro por ser un dictador que robó las elecciones de 2024, reprimió a su pueblo y provocó el mayor éxodo de su historia, y al mismo tiempo rechazar la intervención de Estados Unidos por ser contraria al derecho internacional y tener como único objetivo el expolio de los recursos venezolanos, no es contradictorio. Es coherente.
Como decía Eduardo Galeano: “cada vez que Estados Unidos ‘salva’ a un pueblo, lo deja convertido en un manicomio o en un cementerio”. Lo que ha hecho Estados Unidos no tiene ningún atisbo de libertar un pueblo o de acabar con el narcotráfico. Es colonialismo puro y duro. El derecho internacional existe precisamente para proteger a los pueblos de dos amenazas: la tiranía interna y la agresión externa.
Al final, incluso Jimmy Kimmel acertó al iniciar su monologo al día siguiente de esta invasión: “sí, es un criminal y un dictador que ha llevado a su país a la ruina económica mientras él y su familia llenaban sus bolsillos, pero Maduro tampoco es ningún santo.”
Al final, la explicación más compleja —y también la más honesta— es que Estados Unidos no es un aliado: en las relaciones internacionales no existen amistades, solo relaciones de poder. Y Europa, si quiere preservar su seguridad, su prosperidad y su integridad, debe aprender a garantizarlas por sí misma, sin seguir creyendo en la protección interesada de estos amigos matones.