La regularización extraordinaria de inmigrantes aprobada por el Gobierno de España ha reabierto un debate nacional que, más allá del ruido político, encuentra en Zamora capital un ejemplo claro de cómo la inmigración no es un problema, sino una parte creciente y necesaria de la estructura social y laboral.
Según los datos del padrón municipal, 4.518 personas extranjeras están empadronadas actualmente en la capital, dentro de una población total de 60.902 habitantes, lo que supone el 7,42% del censo. Una cifra aún modesta, pero clave en una provincia marcada por el envejecimiento y la pérdida demográfica.
Lejos de los discursos alarmistas, los números dibujan otro escenario: la mayoría de la población inmigrante en Zamora se encuentra en edad laboral activa, lo que explica el incremento progresivo de afiliaciones a la Seguridad Social y su incorporación al mercado de trabajo.
Una pirámide joven frente al envejecimiento
El reparto por edades resulta especialmente revelador. De los 4.518 inmigrantes empadronados en Zamora capital:
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594 tienen entre 0 y 14 años (13,5%)
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1.357 se sitúan entre los 15 y 29 años (30%)
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2.341 tienen entre 30 y 64 años (51%)
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Solo 226 superan los 65 años (5%)
Una estructura demográfica radicalmente distinta a la del conjunto de la ciudad, donde el envejecimiento marca desde hace décadas el rumbo poblacional. En términos estadísticos, esto también explica que la población inmigrante no haga un mayor uso de los servicios sociales ni sanitarios que la población nacida en Zamora, al tratarse mayoritariamente de personas jóvenes y activas.
América Latina, el principal origen
La inmigración en Zamora capital tiene además un perfil muy concreto. 2.633 personas proceden de América del Sur, Centroamérica y el Caribe, lo que representa el grueso del colectivo extranjero. El resto se reparte entre 1.885 personas de otros países del mundo.
En paralelo, 56.384 vecinos son de nacionalidad española, lo que supone el 92% de la población total. Datos que desmontan el relato del “efecto llamada” y sitúan el fenómeno en su verdadera dimensión: una inmigración moderada, estable y vinculada al empleo.
En este contexto,el alcalde de Zamora, Francisco Guarido, ha compartido en su cuenta de Facebook su visión sobre la inmigración en la ciudad:
“La inmensa mayoría son población potencialmente activa en términos laborales. Los afiliados a la Seguridad Social, que cada vez son más, crecen sin duda en este campo de la inmigración.
Se deduce que nuestros queridos inmigrantes, especialmente de Centro y Sudamérica, no necesitan por su actividad laboral el camino de los servicios sociales y de la medicina (esto último lo digo en términos estadísticos por la edad). No utilizan los servicios sociales y sanitarios en mayor medida que los nacidos en Zamora.
Así pues, ¿dónde está el problema de la regularización de estas personas que quizás algunas no estén todavía empadronadas?
No se trata de un acto humanitario, como plantean algunos sectores, aunque se agradece ese punto de vista, sino un mero acto de derechos civiles y laborales. Así, sin más rollos.
Es un debate nacional, de Castilla y León y de la provincia de Zamora, y es una vergüenza que partidos de derecha y ultraderecha pongan barreras y muros al hecho real de los datos que aporto. Nuestra ciudad está creciendo en población”.
En una provincia acostumbrada a titulares de despoblación, Zamora capital ofrece una excepción: la ciudad crece en habitantes, y lo hace en buena medida gracias a la llegada de población extranjera. Estos datos marcan una dirección clara: la inmigración no resta, suma. Suma población, rejuvenece la pirámide demográfica y sostiene el mercado laboral.