8M: sentido común frente a la barbarie

Hoy, 8 de marzo, el mundo vuelve a detenerse para recordar algo que debería ser evidente pero que aún no lo es del todo: la igualdad entre hombres y mujeres sigue siendo una batalla en muchos lugares del planeta.
mujer embarazada conduciendo
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En Zamora, tierra que presume con orgullo de la figura histórica de Doña Urraca, el Día Internacional de la Mujer se vive también con una mirada propia.

Una ciudad tranquila, serena en apariencia, pero que forma parte de un mundo convulso donde las guerras, las desigualdades y las tensiones sociales siguen marcando la actualidad.

El 8M no es una fiesta. Es un recordatorio.

Un homenaje a todas aquellas mujeres que perdieron la vida luchando por derechos que hoy muchos dan por sentados.

Derechos que no siempre existieron.

Basta con mirar apenas unas décadas atrás. Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que muchas mujeres en España necesitaban la autorización de su marido para algo tan básico como abrir una cuenta bancaria. Un tiempo en el que su voz pública era limitada y su papel social reducido por una mentalidad que hoy nos resulta incomprensible.

Pero ocurrió.

Y conviene no olvidarlo.

Las mujeres no son una categoría abstracta en la sociedad. Son nuestras madres, nuestras hermanas, nuestras hijas, nuestras abuelas, nuestras compañeras de vida. Están en nuestras casas, en nuestras calles, en nuestros trabajos y en nuestras decisiones cotidianas.

Por eso la igualdad no debería ser una consigna política ni una bandera ideológica. Debería ser, simplemente, una cuestión de sentido común.

Sin embargo, todavía hay sombras que nos recuerdan que el camino no está terminado.

Cada vez que una mujer muere víctima de la violencia machista, la sociedad entera fracasa un poco. Cada familia destruida por la violencia doméstica es una tragedia que no debería repetirse nunca.

Porque cuando alguien decide destruir a su pareja, a su familia o a su entorno más cercano, no estamos ante un problema ideológico. Estamos ante una brutal ausencia de humanidad.

La libertad de uno termina donde comienza la del otro. Esa norma básica que sostiene cualquier convivencia debería bastar para entenderlo todo.

No hace falta etiquetarse.

No hace falta dividir la sociedad en trincheras ideológicas.

Hace falta algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: respeto.

Respeto real.

Respeto cotidiano.

Respeto en casa, en el trabajo, en la calle y en la política.

En un mundo que hoy vive sacudido por guerras, conflictos internacionales y tensiones sociales, el mensaje del 8 de marzo sigue teniendo vigencia. La igualdad no es una batalla entre hombres y mujeres. Es una construcción conjunta.

Nacemos gracias a ellas. Crecemos con ellas. Vivimos junto a ellas.

Por eso el objetivo no debería ser imponer etiquetas ni levantar muros ideológicos, sino construir una sociedad donde ningún día tenga que recordarnos que hombres y mujeres merecen el mismo respeto.

Mientras eso no ocurra plenamente, el 8M seguirá siendo necesario.

Y mientras haya desigualdades, seguirá siendo un día para reflexionar.

No desde la confrontación.

Desde el sentido común.

Porque a veces las soluciones más profundas empiezan precisamente ahí: en algo tan sencillo como tratar a los demás con dignidad.

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