La historia del paso de La Desnudez se escribe a pulso, a hombros y con una fidelidad que atraviesa generaciones. Este 125 aniversario se celebra en doble clave, recordando tanto la creación de la obra por José María Garrós en 1901 como su estreno en procesión al año siguiente. La efeméride mira al pasado —al legado del escultor— y también pone el foco en quienes sostienen hoy la tradición y en quienes se preparan para heredarla.
Pedro Martín es una de esas figuras imprescindibles. A sus espaldas, 43 años cargando el paso desde que empezó con apenas 17 y hoy jefe de "dentro" del grupo escultórico. “He faltado tres veces, siempre por salud”, recuerda. Su relato dibuja una evolución clara: desde aquellos inicios sin acompañamiento musical —“subíamos San Torcuato sin música, intentando acercarnos a otros pasos para escuchar algo”— hasta la consolidación actual de una estructura organizada, con banda propia y una identidad definida.
El paso, obra de Garrós, presenta unas dimensiones más reducidas que otros conjuntos de la Cofradía de Jesús Nazareno, lo que ha "eclipsado" este grupo escultórico. Sin embargo, Martín lo reivindica con contundencia: “la cara y las manos de Cristo tienen una expresividad muy bonita”, subrayando el valor artístico y emocional de una imagen que ha ganado reconocimiento con el tiempo.
Un aniversario entre actos sencillos y mirada a futuro
Lejos de grandes despliegues, la conmemoración de este 125 aniversario se articula con iniciativas modestas pero simbólicas, en línea con la propia idiosincrasia del paso. La efeméride, además, se desarrolla en dos tiempos: la cofradía conmemora este año la entrega de la obra por parte de Garrós y será el próximo cuando se recuerde su primera salida procesional, siguiendo la cronología original del conjunto.
En este primer tramo, se han editado carteles con la imagen de Cristo y la firma original del escultor, concebidos como principal elemento divulgativo, y que ya se pueden recoger en la sede de la Cofradía de Jesús Nazareno, en la calle Viriato. La intención es clara: reforzar la visibilidad de La Desnudez dentro del conjunto de la cofradía y acercarla a un público más amplio.
Ese calendario escalonado explica también algunas decisiones. Los pañuelos con la imagen del paso, inicialmente previstos, se posponen al próximo año, cuando la celebración culmine con la conmemoración de su estreno en procesión. La cofradía gana así margen para trabajar con mayor detalle en el diseño, especialmente en la complejidad de reproducir fielmente el rostro de Cristo, cuya expresividad —uno de los rasgos más valorados de la talla— exige un tratamiento más cuidado en su adaptación a otros soportes.
El peso de la tradición y la figura del cargador honorífico
El engranaje del paso se sostiene sobre 32 cargadores activos, organizados en cuatro líneas, y una figura clave en la estructura interna: el cargador honorífico. Se trata de aquellos que, tras décadas bajo el paso, dejan de cargar por edad o salud —el límite está en los 60 años— pero mantienen voz, voto y presencia activa.
Actualmente, el grupo cuenta con 23 cargadores honoríficos, muchos de ellos plenamente implicados en la vida del paso. “Es una forma de seguir perteneciendo”, explica Martín, que encara ya sus últimos años como cargador activo. El reconocimiento llega en forma de placas conmemorativas y homenajes internos, pero también en gestos más cotidianos: acompañar el paso, participar en decisiones o incluso cubrir ausencias puntuales en traslados.
La dimensión humana se impone también en momentos difíciles. Este año, la cofradía recordará a un compañero fallecido recientemente con un homenaje durante el recorrido, donde el paso se alzará en su memoria mientras suena la música.
De padre a hijo: el relevo que ya espera su turno
En paralelo a esa despedida progresiva, emerge la figura de Daniel, hijo de Pedro. Con 19 años, ya aguarda su oportunidad. “Espero que en cinco o seis años pueda estar dentro”, dice, consciente de que el acceso no es inmediato: su posición en la lista le obliga a esperar varias bajas para poder cargar.
La escena es reveladora: padre e hijo compartiendo espacio, experiencia y expectativa, en un proceso de transmisión que no responde a una imposición, sino a una vocación. “La ha cogido él solo, con más ganas que yo”, admite.
Ese relevo se produce en un contexto distinto al de décadas atrás. Si antes había vacantes constantes y los nuevos entraban con facilidad, hoy el paso goza de buena salud y estabilidad. La permanencia de los cargadores y el arraigo entre los más jóvenes han reforzado la continuidad.
Entre anécdotas, esfuerzo y devoción
La memoria de Pedro Martín está jalonada de episodios que forman parte de la intrahistoria de la Semana Santa zamorana. Desde aquella entrada al Museo de Semana Santa en la que, ante la ausencia de música, "todo el paso comenzó a tararear la marcha", hasta momentos más delicados, como el infarto sufrido por un compañero en plena procesión.
Son historias que hablan del esfuerzo físico, de la coordinación de 32 personas bajo un mismo peso y de la tensión que puede surgir en cada levantada. Pero también de camaradería, de vínculos que se fortalecen con los años y de una forma de entender la tradición que trasciende lo religioso.
En ese equilibrio entre pasado y futuro, entre despedida y relevo, el paso de La Desnudez encara su 125 aniversario como siempre lo ha hecho: a hombros de quienes lo sienten como parte de su vida.