Un debate legítimo. Pero quizá en Zamora llevamos décadas practicando algo todavía más básico, más humilde y seguramente más lógico: la prioridad provincial.
Y no debería dar vergüenza decirlo.
Porque mientras otros descubren ahora el valor de lo cercano, Zamora lleva media vida sosteniendo buena parte del sistema energético y agroalimentario de este país sin hacer demasiado ruido. Produciendo electricidad para miles y miles de hogares mientras nuestros pueblos siguen vaciándose. Generando riqueza que muchas veces acaba lejos de aquí. Alimentando territorios enteros mientras nosotros seguimos peleando por sobrevivir demográficamente.
Hidráulica.
Eólica.
Solar.
Con eso basta para entender el peso estratégico que tiene Zamora.
El Duero, el Esla o el Tera llevan décadas produciendo energía. Después llegaron los aerogeneradores colonizando montes y páramos. Y ahora los océanos de placas solares avanzan por la provincia convirtiendo el paisaje en un gigantesco mapa energético nacional.
Y aún así, seguimos escuchando promesas de macroproyectos salvadores. Plantas espectaculares de biodiésel, biogás o inventos industriales vendidos como la solución definitiva para una provincia que ya produce muchísimo más de lo que consume.
Quizá antes de seguir explotando Zamora habría que empezar a compensarla de verdad.
Porque la prioridad provincial no consiste en cerrarse al mundo ni en mirar mal a nadie. Al contrario. Consiste simplemente en aplicar algo de sentido común. En entender que defender lo nuestro no significa atacar lo de fuera.
La libertad de uno termina donde empieza la del otro.
Y también al revés.
Pero querer que Zamora tenga oportunidades, infraestructuras dignas, industria sostenible y capacidad para retener riqueza generada aquí no debería molestar absolutamente a nadie.
Y el mejor ejemplo de esa prioridad provincial se veía este fin de semana en la Plaza de Viriato.
Allí estaban los productores zamoranos demostrando que esta tierra no necesita inventarse nada para tener valor. Miel, vinos, vermuts, cervezas artesanas, chocolates, trufas, aceites, legumbres, embutidos, carnes, verduras, hortalizas, quesos, productos de la huerta y hasta las ya famosas ancas de rana convertidas en símbolo gastronómico innovador.
Todo con un denominador común: calidad.
Porque Zamora no tiene que fingir excelencia.
La produce.
Los marchamos de calidad de esta provincia no son una etiqueta vacía. Son el resultado de generaciones enteras trabajando el campo, cuidando la tierra y defendiendo productos que muchas veces son infinitamente mejores que otros mucho más famosos simplemente porque aquí nunca hemos sabido vendernos demasiado bien.
¿O acaso no son extraordinarios nuestros pimientos?
¿Nuestros tomates?
¿Las legumbres?
¿Los vinos?
¿Los quesos?
¿La carne?
El problema quizá nunca fue la calidad. El problema ha sido que demasiadas veces los propios zamoranos no terminamos de creer lo suficiente en lo nuestro.
Por eso la prioridad provincial no debería ser una consigna política.
Debería ser una actitud colectiva.
Consumir Zamora.
Defender Zamora.
Invertir en Zamora.
Hablar bien de Zamora.
Porque pocas provincias aportan tanto recibiendo tan poco a cambio.
Y quizá ya va siendo hora de entender que apostar por lo nuestro no es provincianismo.
Es supervivencia.