Después del fuego queda la vida: Sayago necesita ayudas, respuestas y motivos para volver a empezar

Hay una imagen que se repite estos días por Sayago y duele más que las llamas: la de quienes lo han perdido casi todo mirando alrededor en silencio.

Viñas quemadas. Olivos muertos. Ganado salvado de milagro. Casas defendidas con mangueras, tractores y puro coraje. Fincas ennegrecidas por los cuatro costados. Negocios que empiezan agosto con reservas anuladas. Restaurantes con mesas vacías. Casas rurales que deberían estar llenas y hoy reciben llamadas de cancelación.

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Y después de todo eso llega la pregunta.

¿Y ahora qué?

La respuesta oficial siempre suele parecerse demasiado: ayudas, planes, líneas extraordinarias, reuniones, anuncios, compromisos.

Quienes llevan años en Aliste o en Sanabria escuchando promesas después de otros incendios conocen bien ese lenguaje. Se prometió mucho. Pasaron los meses. Pasaron los veranos. Y demasiadas personas siguen teniendo la sensación de que aquello que debía llegar llegó tarde, llegó a medias o directamente nunca apareció.

Por eso, cuando hoy se habla con los afectados de Sayago y se les dice que habrá ayudas, muchos responden con una mirada que lo explica todo.

«¿Te lo crees tú?»

Pues cuesta.

Porque el fuego no entiende de burocracia.

El recibo llega. El préstamo vence. Los animales tienen que comer mañana. La viña necesita años para volver a producir. Un olivo centenario no se sustituye con una resolución publicada dentro de seis meses. Y un pequeño negocio turístico no recupera agosto cuando septiembre ya ha llegado.

Las historias que dejan las llamas

Aquí no hablamos de hectáreas.

Hablamos de personas.

De las viñas del danés, de Carlota, de Bruno. De las explotaciones que han visto cómo una campaña prácticamente entera desaparecía en unas horas.

Hablamos de Douroliva, del trabajo de Alberto y de tantos otros que han apostado por el territorio cuando hacerlo desde Zamora nunca ha sido precisamente el camino fácil.

Hablamos de los olivos de La Cicutina.

Olivos que formaban parte del proyecto Renacimiento y que hoy aparecen quemados, convertidos casi en símbolo de lo ocurrido.

Pero hasta en ese nombre parece esconderse una obligación.

Renacimiento.

Porque habrá que volver.

Replantaremos Renacimiento.

No porque sea sencillo. No porque una fotografía con una planta recién puesta solucione nada. Sino porque abandonar definitivamente esas tierras sería concederle al fuego una victoria que no merece.

Ganaderos que se plantean dejarlo

Más arriba, entrando en el Sayago profundo, las historias se vuelven todavía más duras.

Ganaderos que tenían sus explotaciones cuidadas, limpias y preparadas y que vieron llegar un incendio empujado por un viento imposible de detener.

Como el ganadero de Zafara que lo tenía todo en condiciones y acabó viendo cómo ardía prácticamente todo.

Ahora no sabe si quiere continuar.

Y quizá esa sea una de las consecuencias más graves que no aparecerán en ningún parte de incendios.

Porque podemos calcular superficie quemada, cabezas de ganado, naves destruidas o kilómetros afectados.

Lo que no sabemos medir son las ganas que pierde una persona de seguir luchando.

Cuando alguien ha dedicado media vida a levantar una explotación y en unas horas contempla cómo desaparece, decirle simplemente «ya llegarán las ayudas» puede sonar casi a burla.

Terina y una casa salvada de milagro

Está también la historia de mi amiga Terina.

La suya podría haber terminado muchísimo peor.

Allí se luchó contra las llamas hasta el límite. Hubo momentos en los que estuvieron demasiado cerca de que ocurriera una desgracia irreparable.

Consiguieron salvar la casa.

Consiguieron salvar el ganado.

De chiripa.

Eso debería hacernos pensar.

Porque detrás de muchas viviendas y explotaciones que hoy continúan en pie no existe únicamente un extraordinario operativo de emergencias. Hay también vecinos, agricultores y ganaderos que se jugaron literalmente el pellejo.

Y no podemos convertir eso en normalidad.

Nadie debería tener que decidir entre abandonar su casa o enfrentarse con una manguera a un incendio que supera varios metros de altura.

La finca rodeada por las llamas

Y está Mar Marcos, mi hermana pequeña, la del España.

Vio su finca arder por los cuatro costados.

Hay momentos en los que resulta imposible contar una historia desde la distancia periodística porque conoces a quienes están dentro de ella.

Y entonces entiendes todavía mejor lo que significa perder.

No se quema únicamente una parcela.

Arden árboles que plantaste. Caminos que recorriste. Lugares donde celebraste comidas, cumpleaños y domingos. Esquinas que forman parte de una biografía.

Por eso hablar únicamente de cifras resulta insuficiente.

Fermoselle comenzó agosto sin campana torera

El alcalde de Fermoselle decidió que este 1 de agosto no sonara la tradicional campana torera que anuncia la llegada de un mes especialmente festivo en la villa.

No era momento. El silencio de esa campana explica mejor que cualquier discurso el estado de ánimo de un pueblo.

Fermoselle debería estar preparándose para uno de los meses más importantes del año. Pero hay reservas canceladas. Casas rurales que pierden clientes.

Restaurantes que habían llenado agendas y comienzan a recibir anulaciones. Visitantes que han decidido cambiar sus planes ante las imágenes del incendio.

Y ahí tenemos otro incendio menos visible. El económico.

Porque Sayago vive también del visitante que duerme, come, compra vino, entra en una tienda, reserva una actividad o simplemente se sienta en una terraza.

Por eso ahora conviene decir algo con claridad:

Sayago no está quemado entero.

Hay muchísimo territorio que sigue vivo. Fermoselle sigue en pie. Los Arribes siguen ahí. Sus bodegas, sus restaurantes, sus alojamientos, sus miradores, sus pueblos y su gente siguen esperando visitantes.

Ayudar también puede ser venir.

Comer aquí.

Dormir aquí.

Comprar aquí.

Beber vino de aquí.

Llevarse aceite, queso, embutido o cualquier producto hecho por quienes ahora necesitan que agosto no se convierta en otro desastre.

Las ayudas tienen que llegar antes que el cansancio

Después vendrán Junta, Gobierno, Diputación, ayuntamientos y administraciones.

Y esta vez deberían entender una cosa muy sencilla.

Las ayudas no pueden llegar cuando quien debía recibirlas ya haya abandonado.

No sirven únicamente los grandes anuncios.

Hace falta dinero rápido para explotaciones afectadas.

Ayudas directas para agricultores y ganaderos.

Reposición de cerramientos.

Alimento para ganado.

Recuperación de infraestructuras.

Apoyo a autónomos y negocios turísticos.

Bonificaciones fiscales.

Facilidades administrativas.

Reconstrucción de caminos.

Replantaciones.

Y sobre todo una burocracia diseñada para ayudar, no para derrotar a quien ya viene derrotado.

Porque pedirle veinte papeles a una persona que acaba de ver arder su explotación es no haber entendido absolutamente nada.

Después de contar las penas, toca levantarse

Estos días toca llorar.

No pasa nada por decirlo.

Hay demasiada tristeza acumulada.

Demasiado negro donde hace una semana había verde.

Demasiado silencio.

Demasiada rabia.

Pero también llegará el momento de ponerse en pie.

Lo hemos hecho otras veces.

Lo hicieron en la Sierra de la Culebra.

Lo hicieron en Aliste.

Lo hicieron en Sanabria.

Y lo volveremos a hacer en Sayago.

Plantaremos árboles.

Reharemos viñas.

Levantaremos cercados.

Volverán los animales.

Volverán los turistas.

Volverán las fiestas.

Volverá a sonar la campana torera.

Y replantaremos Renacimiento.

Pero esta vez quienes tienen responsabilidades públicas deben acompañar de verdad.

No dentro de un año.

No cuando vuelvan las elecciones.

Ahora.

Porque detrás de cada hectárea quemada hay alguien preguntándose si merece la pena continuar.

Y nuestra obligación como provincia debería ser conseguir que la respuesta sea una sola:

Sí. Merece la pena. Y no vais a hacerlo solos.

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