VÍDEO | Sarracín de Aliste despierta el Año Nuevo al ritmo ancestral de Los Diablos

Cuentan que los Diablos vivían en el monte y solo bajaban al pueblo el primer día del año para pedir
Los Diablos Sarracín de Aliste
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Sarracín de Aliste, el Año Nuevo ha comenzado  de madrugada. Las calles del pueblo dan buena cuenta de ello cada 1 de enero, cuando la localidad alistana logra, aunque sea por unas horas, sacudirse los efectos de la despoblación. Regresan los foráneos, pero sobre todo los vecinos que un día emigraron y que no faltan a esta cita marcada en rojo en el calendario.

Sarracín es, además, tierra de paisajes. Enclavado junto a la Sierra de la Culebra, entre extensos pinares que poco a poco han ido ganando terreno al robledal, el pueblo se abre en vistas hacia todo Aliste. La sierra, hecha de pizarras y canchales de cuarcita donde aún arraigan reductos de madroños, ha sido durante siglos la cantera natural con la que se levantó el caserío. Aunque el ladrillo va desplazando a la piedra, todavía se conservan notables ejemplos de arquitectura tradicional: casas de piedra con puertas carreteras, magníficas aldabas y, en muchas fachadas, la cruz como talismán protector. Nada queda, sin embargo, de la iglesia primitiva, sustituida en el siglo XX por un edificio frío y sin personalidad. Tampoco perduró el progreso que trajo la estación de ferrocarril, un impulso efímero que pronto se esfumó.

Este entorno es el escenario de una de las mascaradas más singulares del calendario alistano. Se abren los arcones para rescatar los trajes tradicionales, se ajustan los cencerros y se empieza a correr. Mucho. Con breves paradas para reponer fuerzas, pero sin perder el ritmo. Es el día de Los Diablos, protagonistas absolutos de una celebración que hunde sus raíces en la memoria colectiva del pueblo.
La historia la conservan los mayores, transmitida de generación en generación. Cuentan que los Diablos vivían en el monte y solo bajaban al pueblo el primer día del año para pedir. En una ocasión, al encontrar ya mendigos en la localidad, tuvieron que expulsarlos. Ese relato se escenifica hoy entre carreras, gritos y trajes de vivos colores, asegurando que la tradición siga viva.

Como en casi todas las obisparras alistanas, la mascarada comienza a la salida de la Misa. En ese momento irrumpen aullando y saltando el Diablo Grande y el Diablo Chiquito, atacando a los vecinos con sus tenazas articuladas y su pica con cuernos, provocando que algunos retrocedan incluso al interior del templo. Tras ellos aparecen la Filandorra, con el Niño —un muñeco— en brazos, y su supuesto hermano Rullón, cargados de ceniza que pronto deja su huella en las ropas de los feligreses.
Superado este primer trance, el tono se vuelve más festivo con la llegada del Galán y la Madama, entre bailes, arrumacos licenciosos y las primeras sonrisas del público. Cierran el grupo los músicos —gaitero o dulzainero y tamborilero— y Los del Saco, encargados de avisar a los vecinos de que preparen el aguinaldo. Resulta llamativa la presencia final del Ciego y su lazarillo, Molacillo, protagonistas de constantes bromas que incluyen empujones hacia charcos, baches o paredes, para diversión general.

En la plaza de la Fuente tiene lugar la primera gran “embestida”. Los Diablos atacan al Ciego, que cae malherido sin que Molacillo pueda defenderlo. Será el propio Ciego quien, esgrimiendo una cruz, logre ahuyentarlos. Exhausto, solo consigue levantarse cuando alguna moza se acerca, momento que aprovecha para arrimarse entre risas.

A partir de ahí comienza la petición del aguinaldo por todo el pueblo, empezando por la casa del alcalde para solicitar licencia para hacer la función. Los grupos mantienen durante todo el día el mismo orden con el que aparecieron en la iglesia. Los Diablos abren las puertas, dan los buenos días y reciben “el tajadico”, generalmente un trozo de chorizo, que constituye su aguinaldo personal. Los del Saco recogen para lo común tocino, chorizo o dinero. Quien mantiene la puerta cerrada sufrirá después la ira redoblada de los Diablos.

Tras el descanso del mediodía, la mascarada regresa a las calles a media tarde, con nuevas embestidas contra el Ciego y el mismo desenlace ritual. La ceniza vuelve a repartirse entre los espectadores, las mozas esquivan al Diablo Chiquito —el más temido, por las zarzas que arrastra— y el público disfruta de los bailes del Galán y la Madama, las peripecias del Ciego y Molacillo y las escenas absurdas de la Filandorra amamantando al Niño en los lugares más insospechados. Todo el grupo interactúa constantemente con los vecinos, que no dudan en recriminar al Diablo Chiquito si no cumple con rigor su papel de vigilante.

En un momento dado, el Ciego y Molacillo se sientan en unas rústicas banquetas y entonan coplas picarescas, de marcado contenido amoroso y sexual, antes de que la acción avance hacia su desenlace. Tras concluir la última casa del aguinaldo, se produce la embestida final: el Niño cae y muere, entre el llanto desconsolado de la Filandorra.

Llega entonces el entierro. Sobre un montón de arena volcado en la calle, el Diablo Grande cava la hoya para su hijo entre lamentos, traza surcos y deja pico y pala formando una cruz. El Diablo Chiquito regresa para destruirla y revolcarse en la arena. El cortejo fúnebre aparece después, con los Diablos. 

Los Diablos Sarracín de Aliste_4
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Los Diablos Sarracín de Aliste_3
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Los Diablos Sarracín de Aliste_2
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