El invento de un joven de Torres del Carrizal que quiere cambiar la huerta de Zamora sin renunciar a su sabor
Hay recuerdos que empiezan por el sabor. El de una lechuga recién cortada, el de un tomate recogido directamente de la mata o el de unas fresas que saben a pueblo y no a supermercado. Para Pablo de Campo, ese sabor tiene además dos nombres propios: Clara Isabel y Celedonio, sus abuelos.
Cada fin de semana, cuando puede, regresa a Torres del Carrizal. Allí están ellos, la familia y también aquella huerta en la que durante años ha visto trabajar a sus abuelos. Y allí, entre comidas familiares y conversaciones, empezó a darle vueltas a una pregunta que terminaría convirtiéndose en proyecto: ¿y si fuera posible conservar ese sabor sin tener que trabajar la tierra como antes?
La respuesta le llevó hasta el cultivo hidropónico, una técnica que permite cultivar sin tierra y suministrar directamente a las plantas el agua y los nutrientes que necesitan. Pero este joven, que también hace sus pinitos como Dj desde los 12 años, no quería limitarse a reproducir un sistema profesional.
Quería algo diferente.
Una huerta para quien vive en un piso, para quien tiene una terraza o un balcón, para quien quiere cultivar sus propias hortalizas pero no puede —o no quiere— pasar horas cavando, regando y agachándose.
Y así comenzó a tomar forma su invento, que ha llamado la atención del equipo de Aquí la Tierra, de TVE, interesado por un sistema de cultivo que llama la atención precisamente por lo sencillo de su planteamiento: cultivar sin tierra, reducir el esfuerzo físico y automatizar buena parte de las tareas que durante generaciones han obligado a agacharse una y otra vez.
Una huerta para no dejarse la espalda
Durante generaciones, cultivar una pequeña parcela significaba aceptar una buena dosis de esfuerzo físico. Preparar la tierra, plantar, quitar hierbas, regar, recoger. Y hacerlo muchas veces agachado, con el sol encima y las manos llenas de tierra.
Pablo ha querido darle la vuelta a esa imagen.
Su sistema utiliza tubos preparados para colocar las plantas, de manera que las raíces reciben el agua y los nutrientes a través del circuito hidropónico. La instalación puede situarse a una altura que permita trabajar cómodamente y, además, incorpora elementos de automatización para reducir al mínimo las tareas manuales.
La demostración tiene algo de extraño y de familiar al mismo tiempo. El huerto sigue siendo un huerto. Hay plantas, agua, verduras y ese olor que inevitablemente devuelve a los veranos en los pueblos. Pero ya no hace falta arrodillarse para cuidar cada planta.
La tierra desaparece y, con ella, buena parte del esfuerzo físico.
Pablo prepara los tubos, coloca las plantas y organiza el sistema para que el agua y los nutrientes lleguen donde tienen que llegar. La tecnología hace el resto.
Todo empezó mirando trabajar a sus abuelos
No hay una gran empresa detrás de esta historia ni un laboratorio. Hay una familia y muchas horas de conversación.
Pablo del Campo trabaja en ADIF como oficial de Telecomunicaciones en Madrid, después de aprobar una oposición, pero siempre que puede vuelve a Zamora. Es en esos regresos donde mantiene el contacto con sus abuelos y donde nació la idea.
“Veía el esfuerzo que suponía trabajar el huerto para conseguir ese sabor que no encuentras en la ciudad”, explica. La reflexión fue sencilla: si la tecnología permite automatizar cada vez más tareas, ¿por qué no utilizarla también para acercar la huerta a las casas?.
No pretende fabricar un sustituto industrial de la huerta tradicional. Su intención es bastante más doméstica: que alguien pueda cultivar unas lechugas, unas fresas, menta o romero en su propia vivienda y recogerlos directamente para comer. “Lo que quiero es que puedas tener unas lechugas, unas fresas, menta o romero para consumir en casa y que sepan como los del pueblo”, explica.
Ahí está, precisamente, una de las claves del proyecto: no quiere que la tecnología elimine la huerta, sino que permita recuperarla allí donde parecía imposible.
El huerto inteligente que cabe en una terraza
El proyecto todavía se encuentra en fase de investigación y desarrollo. Pablo está estudiando qué especies se adaptan mejor, cómo perfeccionar la instalación y, sobre todo, cómo conseguir que los componentes electrónicos no disparen el precio final.
La idea contempla depósitos de agua y nutrientes, sensores y sistemas de control capaces de automatizar el riego y otros parámetros del cultivo.
Incluso trabaja con la posibilidad de que una aplicación permita seleccionar la especie cultivada en cada línea para que el sistema pueda adaptar automáticamente sus necesidades. La filosofía es sencilla: que el usuario tenga que intervenir lo menos posible.
Calcula que el objetivo sería conseguir un equipo que pudiera rondar los 1.500 euros, un precio muy inferior al de muchas instalaciones profesionales y pensado para que el sistema pueda tener una aplicación doméstica.
Todavía queda camino por recorrer. Hay componentes que probar, cultivos que estudiar y muchas horas de trabajo por delante. Pero la idea ya tiene algo que va más allá de un simple prototipo.
Del huerto de Clara y Celedonio a la tecnología
Quizá por eso resulta tan llamativo ver juntos los carros, las herramientas y los recuerdos de la agricultura de antes con los tubos y sensores del nuevo sistema.
Es casi una fotografía de Zamora en dos tiempos.
Por un lado, la generación que aprendió a cultivar con las manos y que convirtió la huerta en una parte esencial de la vida de los pueblos. Por otro, un joven que ha crecido rodeado de tecnología y que trabaja en uno de los grandes sistemas ferroviarios del país.
Entre ambos mundos hay una idea común: seguir cultivando.
Solo cambia la manera.
Pablo no quiere renunciar al tomate, a la lechuga o a las fresas que saben a verano. Lo que quiere evitar es que para conseguirlas sea imprescindible disponer de una finca y tener fuerzas para trabajarla.
Porque la población envejece, muchos jóvenes viven en pisos y cada vez hay más personas que mantienen el recuerdo de la huerta pero ya no pueden asumir el esfuerzo que requiere.
Su propuesta intenta abrir una puerta precisamente ahí.
Cultivar como antes, pero trabajar de otra manera.
De las aulas de Zamora a Madrid, sin perder Torres del Carrizal
La historia de Pablo del Campo tampoco encaja demasiado bien en el relato de quien abandona Zamora y no vuelve.
Estudió el grado medio de Telecomunicaciones y posteriormente el grado superior de Mantenimiento Electrónico en el Instituto Río Duero de Zamora. Después preparó las oposiciones de ADIF para Oficial de Telecomunicaciones.
Aprobó el examen celebrado en noviembre de 2024 y, tras el proceso de formación en Ourense y Valencia, comenzó a trabajar en la empresa pública en septiembre de 2025. Desde marzo de este año desarrolla su actividad en Madrid. Pero Madrid no ha sustituido a Torres del Carrizal.
Cada fin de semana que puede vuelve a casa. “Siempre intento venir porque aquí están mi familia y mis abuelos. Zamora me gusta y la defiendo”, cuenta.
Y quizá esa sea otra de las particularidades de este proyecto. La idea no nace de alguien que mira el medio rural desde fuera, sino de alguien que sigue regresando a él.
DJ, campanas y una inquietud que no cabe en un solo oficio
La tecnología tampoco es la única pasión de este joven inquieto.
Desde los diez años está vinculado al mundo de la música y trabaja como DJ en bodas, fiestas y celebraciones de pueblos de la provincia. Sus padres fueron parte fundamental de esos primeros años, acompañándole para montar y desmontar los equipos cuando todavía ni siquiera tenía edad para conducir.
También forma parte de la Asociación de Campaneros Zamoranos, vinculada a la conservación de una de las tradiciones más reconocibles del patrimonio rural.
Entre sus proyectos figura la coordinación y edición de un vídeo en el que las campanas sonaron simultáneamente en distintos pueblos durante las movilizaciones de la España Vaciada.
El trabajo terminó llegando incluso hasta la televisión nacional. La productora de Antena 3 se interesó por su grabación y le invitó a conocer los programas El Hormiguero y El Desafío. Pablo del Campo terminó participando en la preparación de los toques de campanas utilizados en uno de los retos del concurso y, casi como una extensión natural de su otra faceta, acabó ejerciendo de DJ durante la celebración del final de las semifinales.
Telecomunicaciones, huerta, música, campanas. Actividades aparentemente alejadas que, en su caso, tienen un denominador común: la curiosidad.
"A veces solo hace falta un pequeño empujón"
Pablo también tiene claro que una buena idea necesita algo más que ganas para convertirse en realidad.
Por eso reclama más apoyo para los jóvenes que intentan poner en marcha proyectos tecnológicos o empresariales en Zamora. No habla necesariamente de grandes inversiones. “A veces no hacen falta grandes cantidades. Con ayudas de 2.000 o 3.000 euros podrías hacer una maqueta y demostrar que funciona”, sostiene.
En su opinión, muchas iniciativas podrían avanzar si existiera la posibilidad de financiar ese primer prototipo que permita comprobar si una idea es viable.
“Lo único que muchas veces hace falta es ese primer empujón. Si fallas, no pasa nada; vuelves a intentarlo. Pero si nunca puedes empezar, el proyecto se queda en un cajón”.
Mientras tanto, continúa haciendo malabarismos entre Madrid y Zamora, entre ADIF y las sesiones como DJ, entre los proyectos tecnológicos y las tradiciones de los pueblos. Y sigue volviendo a Torres del Carrizal. La huerta sigue estando ahí. Lo que cambia es la manera de trabajarla.