Por un puñado de votos, de dólares o de monedas de plata se vende cualquiera.
Lo difícil es mantenerse íntegro. Eso cuesta millones de negativas, muchas puertas cerradas y, en ocasiones, dejar de hablar con quienes han convertido la mentira, el interés y la superficialidad en su forma de vida.
Y no hablo de los políticos de mi provincia. Con Javier y con Paco creo que iría a cualquier parte. Su honradez, al menos para quien firma estas líneas, está por encima de siglas, partidos y etiquetas. Sean del PP, del PSOE, de Izquierda Unida o de la formación que toque. Todavía quedan personas antes que políticos. Y conviene decirlo también.
El problema es mucho más profundo
Después de pasar un julio de mierda, corriendo de incendio en incendio, viendo cómo un fuego pasa de IGR1 a IGR2 en cuestión de minutos, contemplando cómo se queman sueños, orígenes, recuerdos y terruños, uno termina llegando a una conclusión dolorosa: Zamora puede extinguirse sin remisión.
Y no será solamente por el fuego.
Será por la despoblación, por el abandono, por la falta de previsión, por la burocracia, por la resignación y también por nuestra propia incapacidad para distinguir lo importante de lo accesorio.
Gastamos dinero en cohetes, orquestas, escenarios y fuegos artificiales, pero en demasiados pueblos no somos capaces de desbrozar una cuneta, pasar una azada, limpiar una parcela o comprobar si las mangueras están conectadas y funcionan.
Las fiestas son necesarias. Los pueblos necesitan alegría, encuentro y vida. Pero antes de bailar hay que proteger aquello que permite seguir bailando.
Perimetrar los pueblos con tractores, bulldózeres, cortafuegos y terrenos limpios debería ser una prioridad absoluta. Más importante que Santa María, que el Cristo de las Injurias o que la Virgen de la Concha. Porque la fe es respetable, pero cuando el fuego entra por la puerta de una casa no pregunta a quién rezamos.
Lo mismo ocurre con la formación en primeros auxilios. Enseñar a un niño, a un adulto o a cualquier vecino a realizar una reanimación cardiopulmonar o utilizar un desfibrilador debería ser tan habitual como aprender a leer, conducir o manejar un teléfono móvil.
Hay cuestiones que son puro sentido común
Llevamos demasiados años viendo arder casas, morir personas, desaparecer montes y perderse pueblos. Y, pese a todo, seguimos votando a los mismos para que hagan lo mismo de siempre: demasiado poco o directamente nada.
Las políticas europeas, nacionales o autonómicas no pueden imponerse al conocimiento de quienes viven en el territorio. El vecino que lleva setenta años mirando el monte sabe por dónde entra el aire, dónde se encajona el fuego, qué camino está cerrado y en qué vaguada se volverán imposibles las llamas.
Sabe más de ese terreno que cualquier presidente autonómico, ministro o alto cargo que llegue con el incendio declarado y se marche después de la fotografía.
Y aquí hay para todos y para todas, como se dice ahora.
Cuando se constituye un CECOPI o cualquier órgano de coordinación de emergencias, hay que escuchar a los profesionales, pero también a los de casa. Si no se cuenta con quienes conocen el territorio, empezamos mal.
¿Qué sabe Fernando Prada de cortar un incendio, abrir una trocha o decidir por dónde llegará el fuego? Probablemente poco, como poco sabría yo de dirigir una operación quirúrgica. Para eso existen técnicos, agentes medioambientales, bomberos, ingenieros, brigadistas y profesionales de emergencias.
Mi abuela María, que en paz descanse, lo decía de otra manera: «Pastelero, a tus pasteles».
Antes, cuando se tocaba a fuego, todo el mundo dejaba lo que estaba haciendo y acudía a ayudar. No había aplicaciones, alertas en el teléfono ni grandes planes de comunicación. Había campanas, vecinos y sentido de comunidad.
Hoy tenemos ES-Alert, sistemas digitales, protocolos y teléfonos inteligentes, pero en ocasiones seguimos sin saber qué hacer, dónde acudir o por qué carretera salir.
Gastamos cantidades ingentes de dinero en memeces, pero no protegemos lo esencial.
Fiestas de pueblo, por supuesto. Pero antes, desbroce.
Verbena, claro que sí. Pero antes, formación para salvar vidas.
Orquesta, charanga y baile. Pero antes, caminos transitables, hidrantes revisados, depósitos llenos y perímetros limpios.
No vaya a ser que un día no puedas bailar porque te haya tocado hacerlo con la más fea. Y el fuego casi siempre acaba sacando a bailar a quien menos lo espera.
Llegarán las elecciones y muchos alcaldes, después de haber trabajado como cabrones durante los incendios, volverán a tener que asentir ante los de arriba, agradecer promesas, aceptar fotografías y decir «sí, señor» a quienes apenas conocen la realidad de sus municipios.
Qué desfachatez.
También la hay en negar el cambio climático. En negar que cada vez somos menos. En sostener que quien llega de fuera viene a robar, a invadir o a quitarnos el trabajo.
¿A invadir qué?
¿El jornal que nadie quiere? ¿La mar en la que el pescador se juega la vida? ¿El rebaño del cabrero o del pastor que no cobra nocturnidad, vive durante meses en un chamizo y pasa largas temporadas sin ver a su familia? ¿A cuidar de abuelos y abuelas que siguen solos porque nuestros egos son mayores que nuestra propia dignidad?
No vienen a invadir nuestras comodidades. En muchos casos vienen a ocupar los espacios que nosotros hemos abandonado.
Mientras tanto, Donald Trump nos aprieta con aranceles y guerras que no sabe, no quiere o no puede detener. Los estadounidenses serán buena gente, pero quizá este hombre debería dedicarse al golf, retirarse y dejar de comer zanahorias, porque tiene más caroteno que un kilo de esteroides.
Nos mueven los hilos del cainismo y de los egos.
Pedro Sánchez es un cenizo al que le han caído pandemias, volcanes, guerras, incendios, inundaciones y hasta eclipses. No será el mejor presidente de la historia, pero tampoco es el responsable de todas las plagas bíblicas. Otra cosa son los compañeros de viaje, los oportunistas, los rémoras y los crápulas que un día son amigos y al siguiente reniegan de todo.
Pero volvamos a Zamora.
Aquí necesitamos declarar una verdadera emergencia provincial.
No una frase vacía. No otro plan estratégico que termine olvidado en un cajón. No una comisión, una mesa de trabajo o una fotografía institucional.
Una emergencia real.
Zamora necesita limpiar sus montes, proteger sus pueblos, formar a sus vecinos, recuperar caminos, escuchar a sus mayores, apoyar a sus agricultores y ganaderos y devolver dignidad a quienes viven donde nadie más quiere vivir.
Necesitamos incluso recuperar el trueque, la ayuda mutua y el intercambio. Volver a comprender que una hora de tractor, una comida, una cuba de agua o una jornada de trabajo pueden valer más que cualquier subvención anunciada desde un despacho.
Sería curioso que el dinero caducara cada año. Quizá entonces cambiarían muchas cosas. Quizá dejaríamos de acumular, especular y medir cada decisión por su rentabilidad económica.
Somos tan raros que corremos el riesgo de extinguirnos por idiotas.
Pino del Oro, Losacio, Molezuelas, Cubo de Benavente, Sanabria, la Sierra de la Culebra, Sayago, Aliste… Detrás de cada nombre hay una vida entera. Hay casas, abuelos, montes, fotografías, veranos, inviernos y cementerios donde descansan quienes construyeron lo poco o mucho que todavía conservamos.
Zamora importa más de lo que pensamos.
Importa aunque tenga pocos votos. Importa aunque no decida elecciones. Importa aunque esté lejos de Madrid, de Valladolid y de los grandes centros de poder.
Importa porque es nuestra.
Y si no somos capaces de defenderla antes de que vuelva a arder, no podremos lamentarnos después cuando solo queden cenizas, fotografías y una vida entera por detrás.