La salud mental en España hace años que dejó de ser un asunto secundario. La ansiedad, la depresión, los trastornos graves de conducta, las autolesiones o los intentos de suicidio ya no son algo lejano ni excepcional.
Están en nuestros barrios, en nuestros trabajos, en nuestros colegios y muchas veces dentro de nuestras propias casas. Y aun así, seguimos mirando hacia otro lado demasiadas veces.
España presume —y con razón— de tener una sanidad pública universal que atiende gratuitamente también la salud mental. Un sistema que desde la Ley General de Sanidad de 1986 apostó por cerrar aquellos antiguos psiquiátricos apartados de la sociedad para avanzar hacia un modelo comunitario más humano e integrador. Sobre el papel sonaba perfecto: acercar al paciente a la sociedad, normalizar la enfermedad mental y evitar convertir a las personas en simples internos olvidados tras un muro.
El problema es que la realidad terminó siendo mucho más compleja.
Porque cerrar los antiguos centros psiquiátricos no eliminó la enfermedad mental. Simplemente trasladó el problema a las familias, a los centros de salud y a unos profesionales que hoy trabajan completamente desbordados.
Y ahí es donde aparece la verdadera heroicidad silenciosa de este país: los equipos de psiquiatría, psicología, enfermería de salud mental, trabajadores sociales y auxiliares que sostienen el sistema público prácticamente con las manos desnudas.
Profesionales que atienden consultas imposibles. Que ven pacientes cada pocos minutos. Que cargan emocionalmente con dramas familiares tremendos. Que soportan agresividad, desesperación, sufrimiento y soledad. Que muchas veces hacen más de terapeutas, mediadores familiares y salvavidas que de simples médicos.
Mientras media sociedad sigue banalizando la salud mental con frases hechas o etiquetas absurdas, estos equipos son quienes están evitando que muchas personas terminen directamente en la calle, en prisión o en el suicidio.
Porque esa es otra realidad incómoda: la salud mental sigue siendo el gran tabú social.
Todavía hoy existe quien piensa que “el loco” debe desaparecer de la vista. Que molesta. Que incomoda. Que es mejor que otro se haga cargo. Familias enteras viven auténticos infiernos dentro de casa mientras intentan cuidar a hijos, padres o hermanos con patologías graves sin apenas recursos, sin descanso y muchas veces sin ayuda suficiente de las administraciones.
Y sí, hay preguntas incómodas que siguen en el aire.
¿Fue suficiente sustituir los antiguos psiquiátricos por un modelo comunitario sin reforzar adecuadamente recursos humanos y residenciales? ¿Está preparada una familia trabajadora para convivir las 24 horas con determinados trastornos graves? ¿Quién cuida al cuidador? ¿Es deshumanizar plantear centros especializados residenciales modernos o es simplemente asumir una realidad que muchas familias ya no pueden soportar solas?
Porque la enfermedad mental no entiende de clases sociales, ideologías ni edades. Puede entrar en cualquier casa. En la del rico y en la del pobre. En la del periodista, el político o el médico. Y cuando entra, muchas veces cambia la vida de toda una familia.
Mientras tanto, España sigue teniendo menos de seis psicólogos clínicos públicos por cada 100.000 habitantes, muy lejos de la media europea. Las listas de espera crecen. La atención primaria está colapsada. Muchos médicos de familia se ven obligados a medicalizar sufrimientos cotidianos porque no existe tiempo material para otra cosa. Y las diferencias entre comunidades autónomas convierten la salud mental casi en un código postal sanitario. Aquí también pasa, en Castilla y León y por ende en Zamora los equipos de psiquiatras y psicólogos juegan en la champions con equipación del tercer mundo y con instalaciones que no llegan a lo que deben llegar.
Sin embargo, pese a todo eso, el sistema sigue funcionando. Y sigue funcionando gracias a personas concretas. Gracias a profesionales que continúan creyendo en su trabajo incluso cuando el sistema parece no creer demasiado en ellos.
Es fácil criticar desde fuera. Mucho más difícil es sentarse cada mañana delante de pacientes rotos emocionalmente y seguir intentando ayudar aunque falten medios, tiempo y apoyo institucional.
Por eso quizá ha llegado el momento de dejar de esconder la salud mental detrás de discursos vacíos y empezar a hablar claro. Hace falta más inversión. Más profesionales. Más recursos intermedios. Más centros especializados. Más apoyo a las familias. Más prevención. Y sobre todo, más humanidad.
Porque una sociedad se mide también por cómo trata a quienes sufren. Y hoy, demasiadas veces, seguimos apartando al diferente porque nos incomoda mirarlo a los ojos.
Mientras tanto, en silencio, miles de profesionales de la psiquiatría pública española continúan sosteniendo una realidad que muchas veces el resto preferimos no ver.