Hay oportunidades que llegan cuando menos se esperan. Para Edith Silvares Fernández, una joven zamorana de 19 años, el punto de inflexión en su todavía incipiente carrera artística surgió mientras vendía sus ilustraciones en una convención de cómic y manga. Entre el público se encontraban responsables del Espacio Joven Sur de Valladolid, que quedaron impresionados por su trabajo y le propusieron organizar su primera exposición individual.
El resultado puede verse hasta el 31 de julio en este espacio cultural vallisoletano, donde la ilustradora presenta una selección de obras realizadas durante su formación y da el primer paso hacia el futuro profesional con el que lleva soñando desde niña.
Actualmente estudia Ilustración en Valladolid y, una vez finalice esta etapa, prevé continuar su formación con el grado de Bellas Artes en Salamanca. Elegir Valladolid no fue casual. Considera que ofrece muchas más oportunidades para quienes quieren abrirse camino en el mundo de la ilustración y, además, la cercanía entre el centro de estudios y el Espacio Joven facilitó la preparación de la muestra.
"Gracias a haber participado en ese evento, además de vender mis ilustraciones, surgió la posibilidad de hacer una exposición", explica Edith, que ve esta experiencia como el comienzo de una carrera que espera construir poco a poco.
Pero su historia con el dibujo comenzó mucho antes de pensar en dedicarse profesionalmente al arte. Recuerda con especial cariño a un profesor del colegio que descubrió sus aptitudes cuando los alumnos debían dibujar mapas, ríos o las distintas partes del cuerpo humano. "Me decía que tenía que decirle a mi madre que me llevara a estudiar arte porque tenía talento", recuerda.
Aquellas palabras fueron el impulso definitivo para que su familia la apuntara a un estudio de arte en Zamora. Desde entonces, el dibujo dejó de ser únicamente una afición para convertirse en una parte esencial de su vida. "Nunca lo viví como una obligación. Dibujaba porque era algo que realmente me gustaba", explica.
Con el paso de los años llegó otro momento decisivo. Durante la pandemia encontró el tiempo perfecto para seguir aprendiendo. Pasó horas estudiando personajes de manga y anime, copiando referencias y analizando anatomías, composiciones y técnicas de dibujo. Lejos de avergonzarse de aquellas primeras ilustraciones, las considera imprescindibles para comprender su evolución. "No todo depende del talento. Cuantas más horas practicas, mejores resultados consigues", asegura.
Ese convencimiento se ha convertido en una de las ideas que más le gusta transmitir a otros jóvenes que desean iniciarse en el mundo artístico. Su paso por la Escuela de Arte también transformó su forma de entender la ilustración. Si antes buscaba únicamente crear imágenes bonitas, ahora cree que una obra debe comunicar algo al espectador. "A veces es más importante el mensaje que transmite una ilustración que lo bonita que pueda ser", afirma.
Esa filosofía está presente en buena parte de las piezas que forman la exposición, donde el color, la composición y la narrativa visual adquieren tanta importancia como la técnica. Y aunque Zamora no aparezca representada de manera explícita en sus obras, reconoce que la ciudad ha marcado su formación artística. El patrimonio, la arquitectura y la historia del arte zamorano forman parte del imaginario visual con el que ha crecido y que, de una forma u otra, termina reflejándose en su trabajo.
En ese proceso creativo también han sido importantes algunos referentes. Entre ellos destaca a la ilustradora zamorana Ana Eguaras, de quien admira especialmente el tratamiento de las capas y las texturas en sus ilustraciones para cuentos infantiles. También sigue el trabajo de la vallisoletana Raquel West, cuyas acuarelas descubrió en una convención y le llamaron la atención por su estilo personal. A ellas se suman Daikei y Gluca, nombres artísticos muy presentes en redes sociales y cuyo trabajo continúa inspirando su evolución y la búsqueda de un lenguaje propio.
Entre los trabajos de los que se siente más orgullosa destaca su proyecto final de ilustración, un tarot botánico que le obligó a planificar durante meses todo el proceso creativo, desde la investigación hasta el diseño de cada una de las cartas.
Su objetivo pasa ahora por trabajar como ilustradora en sectores como los cuentos infantiles, la publicidad o el diseño de packaging, sin renunciar a participar en ferias, concursos y eventos especializados que le permitan seguir ganando experiencia y visibilidad.
Pero su creatividad no termina ahí. También cuenta con formación en diseño gráfico y joyería artesanal, además de disponer de la licencia profesional para ejercer como tatuadora, un ámbito en el que espera desarrollar parte de su carrera cuando encuentre la oportunidad de incorporarse a un estudio. A largo plazo sueña con reunir todas esas disciplinas en un proyecto propio donde ilustración, diseño y artesanía convivan bajo una misma marca.
Edith sabe que abrirse camino en el sector de la ilustración no será sencillo. Durante su formación les han recordado en numerosas ocasiones que solo una parte de quienes estudian esta disciplina consigue vivir de ella. Sin embargo, prefiere quedarse con otra enseñanza: el talento ayuda, pero la perseverancia suele marcar la diferencia. "Si es lo que te hace feliz, merece la pena intentarlo", resume.
Con apenas 19 años, esta primera exposición no representa una meta, sino el inicio de una trayectoria que comenzó con un lápiz en un aula de colegio y que hoy empieza a abrirse paso en el mundo profesional gracias a una oportunidad surgida, casi por casualidad, en una convención de cómic.