El barrio de San José Obrero volverá a mirarse en su propia historia el próximo 30 de abril. A las 19:30 horas, Margarita Coco dará el pregón de las fiestas tomando el testigo de Pepita Pozo, quien lo hizo hace dos años. No es solo un relevo simbólico: es la continuidad de una memoria compartida que atraviesa generaciones y que se sostiene en la experiencia de dos mujeres que han vivido —y construido— el barrio desde dentro.
Ambas representan una forma de vida cada vez menos visible. Sus trayectorias no se entienden sin el contexto de un barrio que nació para dar respuesta a la necesidad. Margarita llegó hace casi seis décadas, con tres hijas pequeñas, a unas viviendas levantadas tras la riada de Villagodio. Procedente de La Horta, ocupó una de aquellas casas “sobrantes” en un entorno marcado por la precariedad, pero también por la solidaridad. Mientras su marido emigraba a Francia en busca de trabajo, ella se quedaba al frente de la familia —que acabaría siendo de cuatro hijas— y del cuidado de sus padres mayores.
“Aquí nadie preguntaba demasiado, simplemente se ayudaba”, resume. Esa lógica marcó su manera de entender el barrio. Participó en asociaciones vecinales, colaboró en actividades parroquiales y formó parte de esa red invisible de mujeres que sostenían el día a día sin necesidad de reconocimiento público.
En su historia hay también un hilo menos visible, pero determinante: la lectura. Fue su padre quien le inoculó ese hábito desde niña, comprándole libros siempre que podía, incluso en tiempos de escasez. Ese impulso chocó pronto con la realidad. Margarita tuvo que abandonar la escuela con apenas 15 años, una decisión forzada que recuerda como uno de los momentos más duros de su vida. “Lo pasé muy mal”, ha repetido en más de una ocasión. Aquella interrupción no rompió, sin embargo, su vínculo con el aprendizaje.
Siguió leyendo todo lo que caía en sus manos. Aún recuerda su primer libro, Las niñas se casan, de María Teresa Sesé. Con el tiempo, esa relación con la palabra dio un paso más: empezó a escribir. Sus cuadernos, nacidos como refugio personal, se transformaron en relatos y poemas que hoy comparte en talleres, cerrando un círculo que empezó en la infancia y sobrevivió a las limitaciones de su época.
Su casa fue también un espacio de cuidados intensivos, especialmente durante los años en los que atendió a su hijo con parálisis cerebral. Las noches sin descanso, la atención constante y la falta de recursos especializados marcaron una etapa exigente que, lejos de aislarla, reforzó su vínculo con el entorno. En los momentos más difíciles, insiste, siempre había alguien dispuesto a ayudar al otro lado de la puerta.
En el caso de Pepita Pozo, la memoria se articula desde el trabajo. Comenzó muy joven, sin apenas formación, encadenando empleos que exigían disponibilidad total: limpiezas por horas, arreglos de costura en casa, turnos en residencias. Su incorporación a un laboratorio le aportó estabilidad, pero no cambió su eje vital: estar donde hacía falta.
Pepita también desarrolló una faceta vinculada al arte: realizó escultura en la Escuela de Arte, una dimensión menos conocida de su trayectoria que conecta con su sensibilidad y su interés por la expresión creativa. Esa inquietud convive con su implicación social, especialmente a través de la Cocina Solidaria, proyecto del que fue impulsora y que durante años garantizó comida caliente a personas en situación de vulnerabilidad.
Ambas coinciden en que el barrio fue su escuela. No solo en convivencia, sino en valores: responsabilidad compartida, atención constante al otro e implicación real. Durante la crisis de 2008, ese aprendizaje se tradujo en acción colectiva. La cocina solidaria no fue una excepción, sino una consecuencia directa de esa forma de entender la vida.
En ese proceso, la figura de Ángel Bariego actuó como catalizador desde la parroquia, promoviendo iniciativas que reforzaron el tejido comunitario y dieron forma a una organización más estable de la ayuda vecinal.
Con el paso del tiempo, reconocen, el barrio ha cambiado. La llegada de nuevos vecinos y la transformación social han diluido parte de aquella convivencia intensa. Pero persisten las estructuras, las asociaciones y, sobre todo, una mirada que sigue poniendo el foco en lo colectivo.
En ese contexto, el pregón adquiere un sentido que trasciende lo festivo. Para Margarita Coco, poner voz a la historia del barrio es también fijar un legado construido a base de esfuerzos cotidianos, muchos de ellos invisibles. Una memoria que no se apoya en la nostalgia, sino en la experiencia acumulada de quienes hicieron del cuidado y la solidaridad una forma de vida.