Si el hecho ya es de por sí extraordinario —por su carga política, militar y simbólica— lo verdaderamente explosivo es el precedente: la detención de un jefe de Estado en su propio territorio por fuerzas extranjeras, sin una cobertura clara de legalidad internacional conocida a estas horas y con el anuncio de que será juzgado en Nueva York por cargos de “narcoterrorismo”.
Y, sin embargo, sería una trampa moral presentar esto como un duelo entre “buenos” y “malos”. Porque Maduro no era un demócrata con el que discrepar: su etapa en el poder ha estado marcada por represión, degradación institucional y un país desangrado por el éxodo, con una oposición acosada y un aparato del Estado utilizado como trinchera.
La historia reciente de Venezuela no necesitaba un panegírico: necesitaba una salida política. Y hoy parece que se ha impuesto una salida militar.
El Derecho Internacional no se “suspende” porque el objetivo sea detestable
La pregunta incómoda —la que muchos gobiernos evitarán responder con claridad— es esta: ¿puede una potencia militar ejecutar una operación así y presentarla como justicia? Si la respuesta empieza a ser “depende”, entonces el mundo entra en una fase de licencia para intervenir donde el poder sustituye a las normas.
La reacción europea, por ahora, va por la línea de invocar el Derecho Internacional y pedir “moderación”. Es diplomacia de emergencia: condenar sin romper, advertir sin desafiar.
Pero el matiz importa: si Bruselas se queda en “moderación”, el mensaje que viaja es que hay intervenciones que se toleran si el intervenido es un paria. Y eso, en geopolítica, se paga caro.
¿Rienda suelta a Trump en América? El precedente es el mensaje
Trump comparecerá a las 17:00 (hora de España). Y no será una comparecencia cualquiera: será la narrativa oficial que intentará convertir un acto militar en una pieza de justicia global.
Pero el mundo no se juzga con eslóganes.
Porque el precedente, aquí, es mayor que Venezuela: si hoy “saco” a un presidente para juzgarlo en Nueva York, mañana la tentación de repetirlo crece. El debate que planteas —Cuba, Panamá, Canadá, Groenlandia…— puede sonar hiperbólico, pero funciona como termómetro: cuando una potencia cruza una línea, el resto empieza a preguntarse dónde está la siguiente.
Y sí, hay una sombra histórica inevitable: Panamá 1989 (Operación Causa Justa). Desde entonces, EE. UU. no había protagonizado una acción de este calibre con un objetivo tan “quirúrgico” y tan político: capturar al líder. Hoy, Trump ya lo está comparando con aquel antecedente.
¿Vuelta a los dos bloques? Más que Guerra Fría, fragmentación
¿Regresan los dos bloques, “americano” y “soviético”? La palabra “soviético” ya no encaja en 2026, pero el impulso sí: reparto de esferas, alianzas por interés y propaganda como munición.
La diferencia es que no estamos volviendo a una Guerra Fría clásica; estamos entrando en algo más inestable: un mundo fragmentado, donde Rusia (Ucrania), China (poder económico-tecnológico), Irán (ejes regionales) y EE. UU. (intervención y presión) operan con lógicas distintas y, a menudo, incompatibles. Y en ese caldo, cada shock —como el de hoy— acelera la polarización.
¿El petróleo? Probablemente, pero no solo
Decir que todo es petróleo sería simplificar, pero sería ingenuo ignorarlo en un país con las mayores reservas probadas del planeta y una geografía estratégica. Dicho esto, hoy se mezclan demasiadas capas: migración regional, redes criminales, sanciones, legitimidad electoral, presión interna, y una Casa Blanca que parece apostar por el impacto inmediato y el relato de fuerza.
La paradoja: criticar a Maduro no obliga a aplaudir a Trump
Aquí está el punto editorial: se puede —y se debe— condenar la deriva autoritaria del chavismo y, al mismo tiempo, rechazar una intervención que dinamita el marco legal internacional.
Porque si el Derecho Internacional se convierte en una herramienta opcional, lo que queda no es justicia: es jerarquía.
Y eso es lo que hoy inquieta: no solo lo que pasa en Caracas, sino lo que se habilita en el mundo.
La UE, si quiere ser algo más que un coro preocupado, tendrá que decidir si se limita a “pedir explicaciones” o si marca una línea roja real sobre soberanía, legalidad y uso de la fuerza. Por ahora, lo que hay es una crítica en voz baja.
En diplomacia, las voces bajas suelen ser el preludio de las normalizaciones peligrosas.
Operación militar especial con éxito, para Trump, Putin no pudo hacerlo con Ucrania, no fue tan hábil. Este mundo sigue loco perdido. Ley del más fuerte.