Vuelve a la casa que diseñó su abuelo: la nieta del arquitecto se reencuentra con la Casa Guerra en Zamora tras 15 años cerrada
La Casa Guerra reabrió en Zamora para acoger un concierto quince años después de su clausura, en un acto marcado por una intensa carga emocional. Entre los asistentes se encontraba María José Hernández Pérez, nieta de Gregorio Pérez Arribas, uno de los precursores del modernismo en la ciudad, que volvió a reencontrarse con la obra de su abuelo y con un legado familiar del que admite conocer aún poco
La reapertura, el 31 de mayo, de la Casa Guerra en Zamora, quince años después de su último uso, ha trascendido el plano cultural para convertirse en un ejercicio de memoria íntima y reconstrucción emocional.
A María José Hernández Pérez le costó entrar sin que la emoción le cerrara la garganta. No era una visita cualquiera ni un concierto más en la agenda cultural de Zamora. Era cruzar el umbral de un edificio levantado por su propio abuelo, el arquitecto Gregorio Pérez Arribas, en la reapertura de la conocida Casa Guerra, quince años después de su último uso como sede de Caja Duero.
El momento, con largas colas en la calle, convirtió el acto en algo más que una cita cultural. La Casa de Valentín Guerra, uno de los inmuebles más representativos del modernismo en Zamora e integrado en la Ruta Europea del Modernismo, volvía a abrir sus puertas como escenario de música y encuentro, pero para ella fue, sobre todo, un viaje íntimo hacia una memoria familiar incompleta.
“Entrar aquí fue muy impactante”, reconoce. El impacto no venía solo de la arquitectura, sino de lo que representaba: un abuelo del que apenas ha podido reconstruir la historia a través de relatos fragmentados.
Detrás de la fachada modernista y ecléctica del edificio se encuentra la firma de Gregorio Pérez Arribas, nacido en Ávila y afincado en Zamora, considerado uno de los precursores del modernismo en la ciudad. Su obra más reconocible en este inmueble, antigua sede de Caja Duero y hoy en manos de Unicaja, volvió a cobrar vida en una jornada que mezcló cultura y memoria.
La historia familiar que acompaña a María José está marcada por silencios prolongados. Al arquitecto “lo mataron”, dice su nieta, en 1937, en un contexto atravesado por la Guerra Civil y por una tragedia que dejó una huella profunda en la familia: el asesinato de su hijo, militar, de 22 años en San Sebastián. Aquel episodio, según relata su nieta, condicionó durante décadas la forma en la que se transmitió la memoria familiar.
“Mi abuela nunca nos contó nada con detalle”, recuerda, aludiendo a un vacío de relatos que ha hecho que la figura de su abuelo llegue hasta ella más por fragmentos que por una historia completa.
La reapertura de la Casa Guerra, impulsada para acoger un concierto organizado por Vitaliza y Synergias, añadió una dimensión inesperada a ese proceso de reconstrucción personal. El edificio dejó de ser únicamente patrimonio arquitectónico para convertirse en un espacio de reencuentro emocional con una figura que, pese a su relevancia en la ciudad, sigue siendo en parte desconocida dentro de su propia familia. La estructura, los espacios y los detalles constructivos adquirieron un significado distinto al habitual: el de una obra que ahora también es biografía.
En paralelo a esta reapertura, María José ha ido reconstruyendo pequeñas piezas de la historia familiar a través de encuentros fortuitos y testimonios dispersos, que han permitido recomponer parcialmente la figura de un arquitecto descrito por la familia como un hombre “muy cabezota, muy corriente”, alejado del relato solemne y más cercano a una vida cotidiana marcada por el trabajo y la ciudad.
Y como la vida está llena de casualidades, el nombre de Pérez Arribas volvió a reunir a dos familias. Fue en la exposición de Las Edades del Hombre en Zamora, que se convirtió para María José Hernández Pérez en algo que no estaba previsto en ningún itinerario. Sentada en un banco, cansada tras el recorrido, acabó entrando en una conversación aparentemente banal con un matrimonio que le pidió ayuda porque se les había roto el cierre de un bolso. A partir de ahí, la charla derivó sin rumbo fijo, hasta que apareció una pregunta que lo cambió todo: de dónde eran.
“De Ávila”, respondieron. Y esa palabra, aparentemente inocente, activó una memoria que hasta entonces estaba fragmentada. María José mencionó entonces a su abuelo: Gregorio Pérez Arribas. La reacción fue inmediata. El vínculo existía. No era una coincidencia sin más. Frente a ella estaba otro familiar del arquitecto, Luis Paradinas, con el que compartía una genealogía que nunca había terminado de cruzarse del todo.
El hilo familiar se tensó aún más cuando empezaron a encajar las piezas: la abuela de Luis era hermana del arquitecto. Una rama separada por el tiempo, por la distancia y por una historia familiar atravesada por silencios, volvía a encontrarse en mitad de una conversación improvisada, sin búsqueda previa ni intención de reencuentro.