¿Limpieza o destrucción? El debate sobre la limpieza de cauces en la cuenca del Duero

La gestión de los ríos en España, y en particular en la cuenca del Duero, enfrenta un debate crucial: ¿es la "limpieza" de los cauces una solución o un problema? Bajo este término aparentemente inocuo se esconden prácticas que, lejos de mejorar los ríos, podrían estar destruyendo su equilibrio ecológico y funcional.
Estado del cauce del arroyo de Valorio
photo_camera Estado del cauce del arroyo de Valorio

El falso mito de la limpieza

Como explica Alfredo Ollero en su análisis El falso mito de la limpieza de cauces, limpiar un río no debería significar eliminar sus elementos naturales como gravas, sedimentos o vegetación. Estas partes forman el sistema fluvial, actuando como su "piel" y cumpliendo funciones esenciales, como regular el flujo de agua, filtrar contaminantes y proteger las riberas. Sin embargo, muchas veces, el término "limpieza" se utiliza como eufemismo para dragar el lecho, arrancar vegetación y alterar el cauce.

La eliminación de estos elementos no solo altera la biodiversidad, sino que también aumenta el riesgo de inundaciones aguas abajo. Según Ollero, la rugosidad natural de los ríos actúa como freno, disminuyendo la velocidad del agua durante las crecidas. Quitar estos elementos no evita las inundaciones, como muchas veces se promete, sino que acelera la corriente, agravando los daños.

¿Qué sucede en la cuenca del Duero?

La Confederación Hidrográfica del Duero (CHD) ha estado bajo escrutinio por sus políticas de gestión de cauces. Aunque algunas intervenciones han buscado mejorar el estado de los ríos, otras han provocado críticas por su impacto ambiental y la falta de resultados duraderos. El dragado, una práctica común, se presenta como solución temporal, pero según los estudios, en cada crecida los sedimentos vuelven a depositarse, haciendo que la intervención sea inútil a largo plazo.

Además, los dragados profundos pueden provocar "incisión" en los ríos, un fenómeno en el que el cauce se encaja, descalzando puentes, erosionando las orillas y disminuyendo el nivel freático. Este daño, como advierte Ollero, puede ser irreversible y perdurar durante décadas. En lugar de resolver problemas, estas intervenciones pueden crear un círculo vicioso de destrucción y costos adicionales.

El caso de la DANA en Valencia: ¿qué aprendemos?

La gestión de ríos ha cobrado especial relevancia tras episodios extremos como la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) que afectó a Valencia y otras regiones en 2023 y 2024. En estos casos, el aumento repentino de los caudales provocó inundaciones devastadoras, especialmente en zonas donde las intervenciones en los cauces habían eliminado vegetación y sedimentos naturales.

Los expertos señalan que la vegetación y los sedimentos desempeñan un papel clave para amortiguar el impacto de crecidas. La eliminación de estos elementos, bajo la premisa de "limpieza", dejó desprotegidas muchas áreas. En cambio, se ha demostrado que los ríos con cauces más amplios y naturales tienden a manejar mejor los aumentos de caudal, mitigando el impacto de las inundaciones.

Alternativas sostenibles

En lugar de insistir en medidas destructivas, la ciencia sugiere soluciones más respetuosas con el ecosistema. Ampliar los cauces en lugar de profundizarlos es una opción eficaz para manejar crecidas, además de devolver a los ríos su espacio natural. Estas medidas no solo reducen el riesgo de inundaciones, sino que también mejoran la salud del ecosistema fluvial.

La reforestación de las riberas y la creación de zonas de amortiguación para permitir el desbordamiento controlado del agua son estrategias clave para reducir riesgos y promover la sostenibilidad. Estas prácticas no solo benefician al medio ambiente, sino que también protegen las comunidades humanas de las consecuencias devastadoras de las inundaciones.

Las confederaciones hidrográficas bajo la lupa

Las Confederaciones Hidrográficas, como la del Duero, han sido objeto de críticas por priorizar soluciones rápidas y visibles, como dragados y limpiezas agresivas, en lugar de adoptar enfoques basados en la restauración ecológica. Aunque estas medidas son políticamente atractivas, sus efectos a largo plazo suelen ser perjudiciales tanto para los ecosistemas como para las comunidades.

La presión política y social para "hacer algo" tras cada inundación ha llevado a decisiones apresuradas que ignoran las recomendaciones científicas. Este patrón se ha repetido en numerosas ocasiones, dejando a los ríos en un estado cada vez más deteriorado y aumentando la vulnerabilidad de las poblaciones cercanas. 

La gestión de los ríos debe ir más allá de intereses políticos o soluciones rápidas. La CHD y otras confederaciones tienen la oportunidad de liderar un cambio hacia un modelo sostenible, en el que se priorice la protección del entorno natural y se eduque a la ciudadanía sobre la importancia de los ríos como ecosistemas vivos. Mientras tanto, debemos cuestionar la validez de las "limpiezas" y exigir políticas basadas en evidencia científica y respeto ambiental. La CHD no puede ser un elemento estático y que solo mueve ficha cuando hay problemas, sino que tiene que estar a servicio de lo que puede ocurrir como solucionarlo y prever el peor de los escenarios para así concienciar a la población de lo que es una zona de peligro e inundable. 

En un contexto de cambio climático, donde los eventos extremos serán cada vez más frecuentes, es esencial replantear la relación con nuestros ríos. Protegerlos no solo es una cuestión ambiental, sino también de seguridad para las generaciones presentes y futuras.

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