La Semana Santa de Zamora proyecta una imagen potente y reconocible dentro y fuera de España, pero lejos de los grandes focos mediáticos perviven celebraciones de una riqueza patrimonial y emocional extraordinaria. En la comarca de Sayago y su entorno, localidades como Almeida de Sayago o Peñausende conservan rituales que combinan fe, tradición y cohesión social.
Al frente de muchas de estas parroquias se encuentra Héctor Galán, sacerdote que atiende una veintena de pueblos, además de ejercer como párroco en la iglesia de Lourdes de Zamora y capellán hospitalario. Su mirada permite trazar un mapa de una Semana Santa menos visible, pero profundamente arraigada en el territorio, donde cada localidad aporta matices propios.
En ese recorrido aparece Almeida de Sayago, donde uno de los actos más llamativos es el Santo Entierro, protagonizado por la Cofradía de las 40 Horas, una denominación que remite al tiempo que, según la tradición, Cristo permaneció en el sepulcro. Lejos de interpretaciones erróneas, no alude ni a años ni al número de cofrades —que actualmente rondan los 140 hermanos—, sino a ese intervalo simbólico.
La cofradía, con origen en el siglo XVII, recuperó hace unos quince años uno de sus momentos más impactantes: el Descendimiento. Durante los oficios del Viernes Santo, el Cristo permanece crucificado hasta que, en el transcurso de un sermón, los acólitos lo desclavan en un gesto cargado de dramatismo litúrgico. Posteriormente, la imagen es introducida en una urna que sale en procesión por las calles del municipio.
La escena se completa con una estética muy definida: caperuces morados, soldados romanos, la Virgen acompañada por mujeres del pueblo y un niño que encarna al Ángel Custodio, portando la corona de espinas. Este último papel, lejos de ser anecdótico, genera incluso lista de espera entre los más jóvenes. Más allá del componente visual, la cofradía mantiene un marcado carácter social, destinando sus ingresos a obras de caridad, lo que refuerza su vínculo con el entorno.
También en Almeida de Sayago, la procesión de la Dolorosa se erige como otro de los momentos más intensos de la Semana Santa local. La talla, según la tradición oral, fue rescatada de un incendio en Portugal por un pastor que la trasladó hasta el municipio, un relato a medio camino entre historia y leyenda que refuerza su valor simbólico.
Durante la procesión, las mujeres visten de luto riguroso y portan faroles encendidos, configurando una atmósfera sobria y recogida. Cada año, nuevos mayordomos asumen la organización, perpetuando un modelo comunitario y rotatorio que garantiza la continuidad de la celebración. Así, la Semana Santa trasciende lo religioso para convertirse en un elemento vertebrador de la vida local.
La ruta concluye en Peñausende, donde el Jueves Santo se celebra la procesión de la Carrera, otra de las manifestaciones menos conocidas de la provincia. El nombre remite a la antigua costumbre de recorrer todos los rincones del pueblo en procesión, una práctica hoy más reducida, aunque aún reconocible, como explica Héctor Galán.
El Cristo que protagoniza el Vía Crucis se atribuye al salmantino Juan de Montejo, en pleno Renacimiento español, lo que añade valor artístico al conjunto. Durante la procesión, los vecinos se turnan para portar la imagen, reforzando el carácter participativo y colectivo del rito.
Estas celebraciones, alejadas del circuito turístico habitual, configuran una Semana Santa paralela, donde la implicación vecinal y la transmisión generacional resultan claves. Héctor Galán, también director del coro diocesano y vinculado a la agrupación folclórica Don Sancho, compagina esta intensa actividad pastoral con una agenda que le obliga a recorrer kilómetros a diario.
En esa itinerancia constante se sostiene un patrimonio inmaterial frágil pero persistente, que, sin grandes titulares, mantiene viva la esencia de la religiosidad popular en la provincia de Zamora.