La Hermandad de Jesús en su Tercera Caída regresó a la calle con todo lo que la define: solemnidad, potencia estética y una capacidad única para conectar con la ciudad. Este año sí. Con sol, con algo de viento… y con la esperada recuperación de su subida por la calle del Riego hasta la Plaza Mayor tras las ausencias de ediciones anteriores.
Raso negro y capa blanca: la imagen de Zamora
El contraste volvió a teñir Zamora. El negro del hábito y el caperuz frente al blanco de la larga capa dibujaron una estampa inconfundible en su ascenso por el Riego, Santa Clara y la Plaza Mayor.
Un recorrido que volvió a congregar a miles de zamoranos, visitantes y turistas, todos pendientes de una procesión que se ha convertido en uno de los grandes referentes de la Semana Santa.
El peso de la fe… y de la madera
A su paso, la Cruz de Yugos y la imponente Corona de Espinas de Coomonte —la más pesada de la Semana Santa zamorana, con cerca de una tonelada distribuida entre treinta cargadores— volvió a dejar sin palabras a quienes la contemplaban.
Junto a ella, la Despedida y la imagen titular de Jesús en su Tercera Caída completaron un cortejo de enorme fuerza simbólica.
El relevo generacional ya está aquí
Pero si algo marcó esta edición fue la presencia de las nuevas generaciones.
Cuatro quintadas se han incorporado de golpe a la hermandad tras años de espera. Algunos ya caminan firmes bajo el hábito; otros, todavía con chupete, apenas logran mantenerse despiertos entre capirotes y mini capas.
Ellos fueron, sin duda, uno de los focos de atención. El presente… y el futuro.
El momento que eriza Zamora
En la Plaza Mayor, la emoción alcanzó su punto más alto. Acompañado por la Banda de Música de Zamora, el coro de la hermandad volvió a entonar su himno, una tradición que se mantiene desde finales del siglo XX y que rinde homenaje a los hermanos fallecidos.
Las voces, el silencio contenido y la respuesta de la plaza volvieron a crear uno de esos momentos que definen la Semana Santa zamorana.
Cuando Zamora se reconoce
La Tercera Caída no es solo una procesión. Es una afirmación.
De fe. De identidad. De continuidad.
Y este año, bajo el raso blanco y negro, Zamora volvió a recordarse a sí misma que, en su Semana Santa, la muerte nunca es el final.