El Nazareno regresa a casa en su Vía Crucis: San Frontis recibe en la Plaza de Belén a sus dos figuras titulares

La estameña blanca y el caperuz morado vuelven a marcar el paso de un Martes Santo que une orillas y sentimientos

Zamora volvió a cruzar el Duero. No como un tránsito más, sino como un regreso. El de casa. El de la raíz.

Via Crucis
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El Martes Santo tiene en la ciudad un significado especial. Es el día en el que el Nazareno de San Frontis vuelve a su templo, a su barrio, a su gente, tras el esplendor vivido en el pasado traslado del Jueves. Y lo hace en forma de Vía Crucis, en ese camino que une San Andrés con San Frontis a través del Puente de Piedra, convertido ya en una auténtica vía de fe.

Estameña blanca, faroles y recogimiento

El desfile arrancó desde San Andrés con la sobriedad que caracteriza a esta cofradía. Barandales, cruz guía y la banda de cornetas y tambores abrieron paso a un cortejo multitudinario de hermanos.

La estampa es inconfundible: hábito de estameña blanca, escapulario, faja y caperuz morado, guantes blancos y zapatos negros. En sus manos, faroles que dibujan una procesión de luz tenue y constante, casi íntima.

A lo largo del recorrido, banderas, crucificados y enseres acompañan el discurrir del cortejo, pero son las catorce cruces —las estaciones del Vía Crucis— las que marcan el verdadero sentido del desfile.

El momento de Belén: cuando Zamora contiene la respiración

Hay instantes que definen una procesión. Y este tiene nombre propio: Plaza de Belén.

A los pies del Puente de Piedra, bajo una luz que parece detener el tiempo, el Mozo volvió a inclinarse. Esa reverencia única que cada año estremece a Zamora. Después, su Madre. La Esperanza.

Y entonces, el silencio se rompió sin romperse: aplausos contenidos, lágrimas sinceras, emoción sin artificios. Un momento que trasciende lo ceremonial para convertirse en liturgia popular.

De las que no se explican. Se viven.

Música para el recogimiento

Durante todo el recorrido, dos bandas acompañaron a las imágenes, poniendo sonido a la emoción. Marchas como Nazareno de San Frontis y Esperanza de Zamora, de Carlos Cerveró Alemany, o Spes, de Antonio Pedrero Rojo, volvieron a reforzar ese carácter único de la Semana Santa zamorana, donde la música no invade, acompaña.

El cierre: el futuro tras el presente

El desfile lo cerró un pequeño grupo de niños con tambores. Una imagen sencilla, pero cargada de significado. Porque ellos son los que garantizan que todo esto continúe.

El Nazareno ya está en casa. San Frontis vuelve a latir. Y Zamora, una vez más, ha cruzado su puente más importante: el que une tradición y emoción.

Hasta el año que viene.

Cuando el Mozo vuelva a subir.

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