Con el acompañamiento del llamado —aunque a muchos no les guste el término— “Mozo de San Frontis”, la figura venerada del Nazareno convierte las calles en un escenario de devoción y tradición. Es la primera gran sacudida emocional de la ciudad, el momento en el que Zamora comienza a palpitar con esa intensidad única que solo se entiende aquí.
El despertar de una ciudad
El Jueves de Traslado es, en esencia, la procesión de los zamoranos. La de los que están. La de los que aún no han tenido que hacer sitio a quienes llegarán en masa durante el fin de semana para vivir —dicen, y no sin razón— la mejor Semana Santa del mundo.
Desde primeras horas del día, el ambiente cambia. Se percibe en el ritmo de las calles, en el murmullo, en ese ajetreo contenido que anticipa algo importante. Zamora se prepara, toma conciencia. No hace falta que nadie lo anuncie: se siente.
El Mozo de San Frontis: tradición que se renueva
El llamado Mozo de San Frontis es mucho más que una figura simbólica. Representa la continuidad, el vínculo entre generaciones, el relevo silencioso de una tradición que no se escribe, se hereda.
Los de San Frontis portan con orgullo al Nazareno, conscientes de que sostienen algo más que una imagen: sostienen siglos de historia, de fe y de identidad. Un “mozo” mal llamado quizá, pero profundamente sentido, cargado de cariño y significado.
Este año, además, la emoción se tiñe de ausencia. No estará José Ángel Rivera de las Eras, uno de sus más fieles devotos. No se asomará al balcón para ver la salida. Pero su presencia, de alguna manera, seguirá ahí, cerca del Nazareno, en ese lugar donde la fe y el recuerdo se encuentran. Los hermanos llevaban un crespón negro en señal de duelo por ese hombre que veía pasar al Nazareno de San Frontis desde su casa, un merecido homenaje de sus hermanos de paso, de acera, de bandera a un gran sacerdote y persona.
El Nazareno: guía de la ciudad
En el centro de todo, el Nazareno. Su salida, acompañada por la Banda de Música Nacor Blanco y la Banda de CCTT Ciudad de Zamora, marca un inicio solemne, casi sobrecogedor.
Su imagen, tallada con maestría, transmite ese equilibrio imposible entre dolor y esperanza. Y cuando avanza, cuando cruza el renovado Puente de Piedra sobre el Duero en dirección a la Catedral, no es solo una procesión: es un viaje. Un tránsito simbólico que arrastra consigo a toda la ciudad.
Una ciudad que respira tradición
Con cada paso, Zamora se transforma. Las calles adoquinadas, los sonidos de tambores, el eco de las campanas… todo anuncia que algo ha comenzado. La ciudad se cubre con el manto de su tradición más profunda, esa que no entiende de modas ni de tiempos.
Emoción compartida
El Jueves de Traslado es cercanía. Es la procesión donde los zamoranos acompañan al Nazareno sin filtros, sin multitudes externas. Es íntima, auténtica.
Aquí se espera a la gente no por Navidad, sino por Semana Santa. Y mientras llegan, la ciudad se reconoce a sí misma en cada mirada, en cada gesto, en cada silencio.
El Jueves de Traslado no es solo el inicio de la Semana Santa en Zamora. Es su latido más sincero. El momento en el que todo comienza… y en el que la ciudad recuerda quién es.