Zamora, de la A a la Z: bubillos, trillagranos, vilortos y otros gentilicios que cuentan la historia de la provincia

Los pueblos guardan gentilicios tan singulares que ni siquiera muchos vecinos los conocen: descubre este "rosco" alfabético por la identidad local
San Cristóbal de Entreviñas
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La recopilación difundida por Sanabria TV a través de Facebook, con más de 150 gentilicios correspondientes a otros tantos municipios zamoranos, demuestra que en esta provincia la lengua ha seguido caminos propios. Algunos nombres resultan conocidos y previsibles, pero otros sorprenden incluso a los vecinos de la comarca de al lado. Así, a través de unos gentilicios que apenas se escuchan fuera del término municipal pero que encierran siglos de uso oral, es posible recorrer Zamora como si se tratara del rosco final de Pasapalabra, de la A a la Z.

La A abre el juego con los “bubillos” de Asturianos o los “ayoínos” de Ayoó de Vidriales. En la B, los habitantes de Belver de los Montes son “belveriscos” y “belveriscas”, mientras que a los nacidos en Bretó se les conoce como “jareros”, un término que remite a oficios y tradiciones hoy casi olvidados, como la recolección de la planta jara (cistus) o, según otras interpretaciones, a quienes fabricaban o vendían jarros y vasijas.

La C concentra algunos de los gentilicios más llamativos. En Cañizal son “jariegos”; en Cerecinos de Campos viven los “nutreros”; en Cernadilla, los “farándulos”; y en Cobreros aparece uno de los más desconcertantes de toda la lista: los “trillagranos”. A pocos kilómetros, El Cubo de Benavente distingue a sus vecinos como “cubetos”, mientras que El Cubo de Tierra del Vino opta por “cubinos”, una diferencia mínima que evita confusiones… o quizá las crea.

Con la F llegan nuevas sorpresas. Los “ferrerachos” son los naturales de Ferreras de Abajo, pero en Ferreras de Arriba son “ferrachos”; Fonfría da nombre a los “fonfriejos”, y Fuentes de Ropel a los “ropelanos”. La G aporta pocos ejemplos, como los “gemianos” de Gema.

La J suma los “justelinos” de Justel y los “jabrileños” de Jambrina, mientras que la L recuerda que en La Hiniesta no viven hiniestenses, sino “piñoneros”. Por la M, varios municipios comparten denominación: Manganeses de la Lampreana y Manganeses de la Polvorosa son “manganesinos”, igual que Manzanal de los Infantes y Manzanal del Barco son “manzanalinos”.

La confusión se multiplica con Moral de Sayago, cuyos vecinos son “moralejos”; en Moraleja de Sayago y Moraleja del Vino son “moralejanos”; y en Morales del Rey, Morales de Valverde y Morales del Vino comparten el gentilicio “moralinos”. En Muelas del Pan viven los “moleños”, y el rosco alcanza la O con Oteros de Bodas, que curiosamente tiene como gentilicio “tardebodenses”.

La P deja nombres tan sonoros como los “arguselos” de Palacio de Sanabria, los “pinejos” de Pino del Oro o los “portexos” de Porto. La R tampoco se queda atrás con los “arbejeiros” de Robleda-Cervantes. En San Cristóbal de Entreviñas sorprende que los naturales sean “vilortos”, mientras que en San Esteban del Molar son “titoneros”. Santibáñez de Tera y Santibáñez de Vidriales comparten “santibañeses”, y en Santovenia se identifican como “pintorros”. La T desconcierta con Trefacio, cuyos originarios son “burreiros”.

Ya en la recta final aparecen los “guímaros” de Videmala, los “jareños” de Villadepera, los “camposinos” de Villalcampo, los “villamoranos” de Villamor de los Escuderos, los “cervatos” de Villardeciervos o los “galuchos” de Villardiegua de la Ribera. Y el rosco se cierra, cómo no, con la Z, donde no hay sorpresas: Zamora es tierra de “zamoranos” y “zamoranas”.

Más allá de la curiosidad, estos nombres son memoria colectiva: restos de oficios, motes, características del terreno o rasgos atribuidos a sus gentes. Un patrimonio lingüístico que no figura en las guías turísticas, pero que sigue vivo en la conversación cotidiana y que, letra a letra, dibuja otra forma de entender Zamora.

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