Quince días borrados de la memoria
Hay recuerdos que desaparecen para siempre.
Javier Carro Fontanilla perdió quince días completos de su vida. Quince días que nunca volverán a su memoria y que, paradójicamente, fueron los más importantes.
Mientras él dormía inducido en una cama de hospital, sus padres vivían el peor invierno de sus vidas.
Todo había comenzado unas semanas antes, con algo aparentemente insignificante.
Una cuesta. No era especialmente larga ni especialmente empinada. Una de esas que cualquiera sube sin pensar. Pero aquel día su cuerpo dejó de obedecerle.
"No fue cansancio. Fue como si alguien hubiera pulsado un interruptor y la orden de respirar se hubiese cortado de golpe. El pecho no respondió."
Hoy sigue buscando una comparación para explicar aquella sensación.
"Era como salir del fondo de una piscina para coger aire y encontrarte un plástico que te impide llegar a la superficie. Intentas subir, no puedes... hasta que consigues romperlo y respirar otra vez."
Aquella imagen resume mejor que cualquier informe médico lo que estaba ocurriendo dentro de su cuerpo.
Todavía no lo sabía.
Pero su vida acababa de cambiar para siempre.
El tiempo se detuvo
Después llegaron el hospital, las pruebas y la incertidumbre. Y el vacío.
Javier no recuerda nada de aquellos quince días.
Ni la UCI. Ni las conversaciones.Ni las lágrimas. Ni el miedo. Todo eso pertenece a la memoria de sus padres.
"Para mí fue bueno no acordarme de nada. Pero mis padres vivieron desde que no podía salir del coma inducido hasta ir viendo poco a poco cómo mejoraban las constantes."
Ellos miraban cada monitor buscando una esperanza. Cada pequeño cambio era una victoria.Cada hora sin noticias era una eternidad. No sabían cuándo despertaría.
Ni siquiera si llegaría a hacerlo.
Despertar en otro mundo
El día que Javier abrió los ojos, sus padres no estaban en la habitación. Habían salido unos minutos.
Cuando llegaron en el horario de visitas, la alegría fue indescriptible.
"Yo todavía estaba en una burbuja. Como si te despertaras de un sueño larguísimo y de repente aparecieras en un sitio completamente distinto. Como si te dejaran en mitad de un desierto y todo fuera nuevo."
No entendía qué había ocurrido.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
No era consciente de que acababa de regresar de un lugar del que muchas personas nunca vuelven.
El dolor que no recuerda... pero que existió
Hay una frase que resume perfectamente aquellos días.
"Mis padres vivieron mi enfermedad."
Porque mientras Javier permanecía ajeno al sufrimiento, ellos escuchaban palabras que ningún padre quiere oír. Que quizá no despertara. Que no podían asegurar nada. Que solo quedaba esperar.
Con los años han hablado muchas veces de aquellos momentos.
Y Javier reconoce que cada vez que revive esa conversación comprende un poco más el miedo que sintieron.
"El mundo se les vino muy abajo."
Las primeras noches
Cuando salió del coma comenzó otra batalla.
Esta vez consciente.
Las noches en la UCI tenían otro tipo de silencio.
Sus padres se marchaban a descansar unas horas.
Él se quedaba solo. Con 28 años. En una cama. Escuchando la radio. Mirando el techo. Esperando que amaneciera.
"No era miedo. Era esa sensación de ver que ellos se iban y yo tenía que quedarme allí."
Una soledad que nunca olvidará.
El verdadero despertar
Quizá Javier no despertó el día que abrió los ojos. Quizá despertó meses después. Cuando volvió a caminar. Cuando consiguió sujetar un vaso. Cuando recuperó la bicicleta.Cuando volvió a montar en moto. Cuando sus padres dejaron de mirarle con miedo cada vez que salía de casa.Porque hay despertares que no duran unos segundos.
Hay despertares que duran años.
Y el suyo todavía continúa.