El esfuerzo detrás de las fiestas: 25.000 euros y una comisión de jóvenes que mantiene vivo un pueblo de 100 vecinos
Las fiestas empiezan mucho antes de que suene la primera orquesta. Empiezan cuando todavía no hay música, ni luces, ni gente en la plaza, cuando unos pocos jóvenes se sientan a hacer números y descubren que sacar adelante cinco días de celebraciones cuesta alrededor de 25.000 euros.
En Fornillos de Aliste, una pequeña localidad perteneciente al municipio de Fonfría, esa tarea tiene además un significado especial. El pueblo ronda los 120 habitantes, pero quienes viven allí durante todo el año son menos de 90. En verano, con el regreso de familiares y vecinos que residen fuera, la población puede superar las 200 personas.
Y en medio de una comarca como Aliste, profundamente afectada por el envejecimiento y la pérdida de población, hay un grupo que ha decidido coger las riendas de las fiestas: jóvenes que apenas superan los treinta años y que asumen la responsabilidad de sacarlas adelante.
Guillermo Garzón tiene 28 años y preside la Comisión de Fiestas de Fornillos. A su alrededor hay otros jóvenes de poco más de treinta. Entre todos afrontan una tarea que va mucho más allá de elegir las actividades del programa. Es una responsabilidad tremenda: este año, los festejos manejan un presupuesto aproximado de 25.000 euros.
El Ayuntamiento aporta 7.000 euros y el resto hay que buscarlo
El Ayuntamiento de Fonfría aporta alrededor de 7.000 euros, pero la mayor parte del presupuesto debe conseguirla la propia comisión.
Y ahí empieza un trabajo que los vecinos apenas ven.
La principal fuente de ingresos está en la barra. Los integrantes de la comisión se encargan de ella durante las mañanas y las tardes de los cinco días de celebraciones. Por las noches contratan a dos camareras para poder disfrutar también de unas fiestas que, en buena medida, están organizando para los demás.
«Principalmente nuestro dinero viene de la barra», explica Garzón. A la financiación se suman las aportaciones de empresas y autónomos de la zona, las rifas, los bingos y distintas actividades gastronómicas.
La publicidad permite recaudar alrededor de 500 o 600 euros. La comisión solicita pequeñas aportaciones, con cantidades que parten de unos 20 euros, y algunos colaboradores optan también por aportar productos o participaciones para las actividades.
Todo suma.
Porque cuando el presupuesto alcanza los 25.000 euros, cada ingreso cuenta.
La fiesta también se paga con horas de trabajo
Una de las peculiaridades de esta comisión es que sus integrantes no se limitan a organizar. También trabajan durante las propias fiestas.
Por las mañanas y las tardes son ellos quienes están detrás de la barra. Preparan las actividades, coordinan a los participantes, atienden las necesidades que van surgiendo y se encargan de que todo funcione.
Por las noches, cuando llegan las principales actuaciones, delegan parte de ese trabajo en las camareras contratadas.
Es la única manera, explica Garzón, de poder disfrutar mínimamente de unas fiestas que han preparado durante meses.
Y el trabajo comienza mucho antes.
Cuando todavía faltan quince días para que Fornillos se vista de fiesta en honor a San Bartolomé, la comisión ya tiene todo listo: los contratos, la cartelería, las rifas, los proveedores y buena parte de las actividades gastronómicas.
Este año también han preparado el sorteo de un cordero cedido por un ganadero de la zona y volverán a apostar por las hamburguesas de Ternera de Aliste, una actividad que el pasado año tuvo una buena respuesta con 230 unidades "degustadas".
Dos orquestas vuelven a Fornillos
Hay una cifra que permite entender hasta qué punto ha cambiado la organización de las fiestas populares: más de la mitad de los 25.000 euros de presupuesto se va este año en las orquestas.
Antes de la pandemia, recuerda Garzón, una orquesta podía costar alrededor de 2.500 euros. Los precios han aumentado considerablemente y eso obliga a las comisiones de los pueblos pequeños a hacer auténticos equilibrios.
Pero Fornillos ha decidido hacer un esfuerzo.
Después de tres o cuatro años sin poder hacerlo, este año vuelven a contar con dos orquestas. Una de ellas será La Reina Show, que ya estuvo el pasado año y que dejó una buena respuesta entre el público.
La decisión no responde únicamente a la intención de ofrecer un mejor espectáculo. En un pueblo pequeño, una buena orquesta es también una manera de atraer gente de otras localidades. Más visitantes significan más consumo, más movimiento en los bares y más actividad durante las fiestas.
«Tienes que buscar un esfuerzo económico mayor para tener algo mejor para que traiga más gente», resume Garzón.
Una inversión que, en realidad, funciona como una apuesta.
Fútbol, baloncesto, tajuela y actividades para todas las edades
El programa de San Bartolomé 2026, que se celebrará entre el 21 y el 25 de agosto, busca precisamente combinar esa capacidad de atracción con actividades para los propios vecinos.
La comisión ha ampliado además las celebraciones con jornadas deportivas previas, de manera que el fútbol y el baloncesto tienen un peso importante en el programa.
El campeonato de baloncesto alcanza ya su quinta edición y también se mantiene el tradicional campeonato de tajuela, una actividad deportiva autóctona que es una de las citas que más gente de fuera consigue reunir.
A ello se suman actividades infantiles, vermús, cenas populares, bingos, propuestas gastronómicas, música, folclore y una actuación de humor, además de las dos grandes noches de orquesta.
No se trata únicamente de llenar el programa.
Cada actividad cumple una función: que haya movimiento durante el día, que regresen quienes viven fuera y que el pueblo tenga motivos para reunirse alrededor de sus fiestas.
Los jóvenes que sí se implican
En un momento en el que resulta habitual escuchar que los jóvenes ya no se implican en los pueblos, la historia de Fornillos ofrece otra imagen.
La Comisión de Fiestas está formada principalmente por personas jóvenes que han decidido asumir una responsabilidad que requiere tiempo, organización y también exposición económica. «Nos gusta», explica Garzón cuando se le pregunta por qué continúan.
Habla de un grupo que funciona bien, que se lleva bien y que disfruta trabajando juntos. Pero también reconoce que es complicado.
Porque el problema no es únicamente sacar adelante las fiestas de un año.
El verdadero desafío está en saber quién lo hará dentro de cinco o diez años.
El relevo generacional, el otro gran reto
«Hay poca gente y además hay poca gente joven», explica el presidente de la comisión. En pueblos como Fornillos, eso convierte el relevo generacional en una cuestión fundamental. Si no aparecen nuevas personas dispuestas a asumir responsabilidades, las mismas comisiones pueden terminar prolongándose durante décadas.
Garzón lo explica con naturalidad: uno puede entrar joven en una comisión y acabar prácticamente jubilándose en ella porque no haya suficientes personas para recoger el testigo.
Por eso intentan repartir responsabilidades.
Quienes se encargan de la organización general delegan actividades concretas. El fútbol tiene sus responsables, el baloncesto los suyos y los juegos infantiles también cuentan con personas que ayudan.
Así, un joven no tiene que asumir toda la comisión para empezar a formar parte de ella.
Y la respuesta del pueblo, aseguran, suele llegar cuando se pide ayuda.
A través del grupo de WhatsApp se solicita colaboración y los vecinos van echando una mano. No todos participan igual, reconoce Garzón, pero cuando llega el momento de arrimar el hombro, la comisión encuentra personas dispuestas a hacerlo.
La recompensa llega en agosto.
Fornillos, como tantos pueblos de Aliste, cambia completamente durante las fiestas. De 100 personas que residen habitualmente se puede pasar a más de 200 entre vecinos, familiares y visitantes.
Regresan quienes viven fuera, se juntan familias y las calles recuperan durante unos días una actividad que durante el resto del año resulta mucho más difícil de mantener.
Los bares tienen clientes, la barra de la comisión funciona, los visitantes consumen y las actividades deportivas atraen a participantes de otros pueblos.
En ese momento, las cuentas adquieren otra dimensión.
Las fiestas también son economía local.
Pero sobre todo son una forma de encuentro para un pueblo que durante el invierno tiene que convivir con una realidad mucho más dura.
Lo que no se ve cuando empieza la música
Cuando el 21 de agosto comiencen las actividades y las calles se llenen, será difícil imaginar que detrás de cada una de ellas hay meses de trabajo.
No se verá a quienes hicieron las llamadas para contratar las orquestas. Ni a quienes buscaron patrocinadores. Ni a quienes calcularon cuánto comprar para la barra. Ni a quienes prepararon las rifas, hablaron con los proveedores, organizaron los campeonatos o hicieron números para intentar que los 25.000 euros de presupuesto no terminen convirtiéndose en pérdidas.
Tampoco se verá a los jóvenes que estarán detrás de la barra durante buena parte del día para que las cuentas salgan.
Guillermo Garzón lo resume desde una perspectiva sencilla: cuando terminan las fiestas y los vecinos agradecen el trabajo realizado, el esfuerzo cobra sentido. «Te sientes bien, te enorgullece y te da ganas de seguir», cuenta.
En un territorio donde encontrar jóvenes dispuestos a quedarse o regresar es cada vez más difícil, que una generación de treinta años decida dedicar su tiempo a organizar las fiestas de un municipio con poca población dice también mucho de lo que todavía permanece vivo en Aliste.
Porque detrás de las orquestas, las barras y las plazas llenas hay una realidad que no aparece en el programa: jóvenes que asumen responsabilidades, arriesgan y dedican meses de trabajo para que, cuando llegue agosto, el pueblo vuelva a encontrarse alrededor de una fiesta que ellos mismos han hecho posible.