Las comuniones que esperan a agosto para reunir a las familias emigradas de Zamora
Hay familias para las que la fecha de una comunión no la marca el calendario, sino la distancia.
Cuando los hijos, hermanos o nietos viven fuera, a cientos o miles de kilómetros, algunas celebraciones esperan hasta agosto. Es entonces cuando las vacaciones permiten que quienes emigraron regresen al pueblo y vuelvan a sentarse alrededor de la misma mesa.
Este verano ha ocurrido en Granja de Moreruela, donde las primas Aina del Estal Fernández y Belén Fernández Chevillard han celebrado su Primera Comunión rodeadas de familiares llegados de distintos lugares. Una de las niñas vive en Benavente y Belén reside en París, mientras otros familiares se encuentran en Francia y Suiza.
La celebración podría haberse hecho meses antes. Pero entonces habrían faltado algunos de los que dan sentido a cualquier encuentro familiar. Había que esperar a agosto.
Y agosto, en los pueblos de Zamora, tiene esa capacidad de acercar lo que durante el resto del año parece demasiado lejos.
La jornada comenzó en la iglesia parroquial de Granja de Moreruela, donde las dos niñas recibieron la Primera Comunión. La ceremonia contó además con la presencia del coro de Villalba de la Lampreana, al que pertenece Leonor Fernández, madre de una de las niñas.
Sus voces acompañaron una celebración que tenía el significado propio de una Primera Comunión, pero también otro más íntimo: el de volver a encontrarse.
Porque detrás de aquella jornada había kilómetros de carretera y de frontera. París, Suiza, Francia, Benavente y Granja de Moreruela quedaron unidos durante unas horas por una misma familia.
Una celebración que necesitaba agosto
Después de la misa, la fiesta se trasladó hasta la nave del frontón del pueblo, donde esperaba el catering de La Yagona. Allí llegaron las conversaciones, el reencuentro y una mesa compartida por familiares y amigos.
Después llegó la música. Baile, canciones y fiesta con el grupo de Estrella Mendoza prolongaron una jornada que llevaba detrás algo más que la celebración de un sacramento: el deseo de aprovechar unas horas en las que todos, por fin, estaban en el mismo lugar.
La escena es concreta, pero cuenta una realidad muy reconocible en buena parte de Zamora.
Durante décadas, muchos vecinos de los pueblos tuvieron que marcharse para buscar trabajo. Francia, Suiza, Alemania o el País Vasco se convirtieron en destinos de una emigración que separó a familias, aunque no consiguió romper el vínculo con los pueblos de origen.
Allí se hicieron nuevas vidas, se criaron hijos y se construyeron hogares. Pero el pueblo siguió siendo el lugar al que regresar.
Y ese regreso tiene su propio calendario.
Llega cuando empiezan las vacaciones, cuando se pueden cerrar por unos días las casas de fuera y abrir las de aquí. Cuando las carreteras vuelven a llenarse de coches con maletas y los pueblos recuperan parte del movimiento que pierden durante el invierno.
Por eso agosto tiene en muchos municipios una dimensión que va mucho más allá del verano.
Es el mes de las fiestas, pero también de los reencuentros. De las casas que vuelven a llenarse. De las conversaciones que se retoman después de meses. De los familiares que llegan desde Francia, Suiza, Madrid, Valladolid, Benavente o cualquier otro lugar donde la vida les llevó.
Granja de Moreruela, punto de encuentro
En Granja de Moreruela, la Primera Comunión de Aina y Belén ha sido una de esas ocasiones.
Una vive en Benavente. La otra ha regresado desde París. Otros familiares han llegado desde Francia, Suiza o el País Vasco. Y todos han terminado encontrándose en el mismo lugar: primero en la iglesia del pueblo y después en la nave del frontón.
El coro de Villalba puso las voces. La Yagona puso la mesa. La música y el baile hicieron el resto.
Pero la imagen más reveladora de aquella jornada es quizá más sencilla: una familia que tuvo que esperar a agosto para poder celebrar junta.
Porque cuando vivir lejos forma parte de la historia familiar, algunas fechas adquieren otro significado. Una boda, un bautizo o una comunión pueden convertirse también en una oportunidad para volver.
Para encontrarse con quienes solo se ven unas pocas veces al año. Para que los niños conozcan el lugar del que procede su familia. Para volver a ocupar durante unas horas las mismas calles y las mismas casas que quedaron atrás.
Y así, mientras en París continúa la vida cotidiana de Belén y en Benavente la de su prima, Granja de Moreruela se convirtió durante un día en el punto donde todas esas vidas volvieron a coincidir.