Cierre del convento de las Clarisas en Villalobos tras siglos de historia: ¿qué ocurrirá con la Virgen de Velilla?
El municipio zamorano de Villalobos vive estos días una profunda conmoción y sensación de pérdida tras el cierre definitivo del convento de las Hermanas Clarisas, una institución estrechamente vinculada al pueblo desde el siglo XV y que ha formado parte de su identidad espiritual, social y cultural durante generaciones.
La despedida trasciende el plano estrictamente patrimonial. En la localidad se interpreta como el final de una presencia constante, discreta y profundamente arraigada en la vida cotidiana. Vecinos y vecinas han expresado en las últimas horas su tristeza y su sentimiento de vacío, con testimonios que apelan a la memoria compartida: “han sido nuestras vecinas de toda la vida”, “forman parte de nuestra infancia”, “hemos pasado horas allí”, relatan quienes han convivido durante décadas con la comunidad religiosa.
El convento no funcionaba únicamente como espacio de clausura, sino como un referente silencioso de cohesión social y espiritual del municipio, con una influencia que iba más allá de lo estrictamente religioso. Su cierre deja ahora un vacío que muchos consideran difícil de reemplazar en un contexto rural marcado por la despoblación y la pérdida progresiva de servicios.
En este escenario adquiere especial relevancia la incertidumbre en torno a la continuidad de la Virgen de Velilla, una de las tradiciones más arraigadas de Villalobos. Cada mes de mayo, la imagen es trasladada desde su ermita hasta la iglesia de Santa Clara, donde permanece durante quince días en un ciclo de novenas, rezos y participación vecinal que vertebra buena parte de la vida comunitaria durante esas fechas.
Durante años, este ritual ha contado con la implicación directa del convento y de la comunidad religiosa, que no solo acogía la imagen, sino que contribuía a sostener una dinámica profundamente enraizada en el pueblo. En ese proceso, la participación vecinal se organizaba mediante aportaciones económicas destinadas al traslado de la Virgen desde la ermita hasta el convento, y su posterior regreso. Así, la familia que más dinero ofrecía se encargaba del traslado.
El cierre del convento abre un escenario de incertidumbre que trasciende lo patrimonial. Mientras tanto, en el pueblo permanece el eco de una presencia que ha acompañado la vida cotidiana durante siglos. La marcha de las Clarisas deja tras de sí una huella que no se mide solo en términos históricos o arquitectónicos, sino en la memoria compartida de una comunidad que asiste a la transformación de uno de sus referentes más persistentes.