En plena Nacional 122, antes del cruce de Bermillo de Alba, hay un edificio que nadie ignora. No tiene cartel ni uso, pero sí presencia. Su silueta envejecida, castigada por el tiempo y el abandono, acompaña desde hace décadas a los conductores que atraviesan esta vía estratégica del oeste zamorano. Pocos saben, más allá de los más mayores, que tras esas paredes desconchadas funcionó una de las harineras más potentes de la comarca, un enclave industrial al que acudían vecinos de Sayago, Aliste e incluso de la capital para moler su grano.
Los vecinos más mayores la recuerdan como la fábrica de Corcobado, en alusión a Manuel Corcobado, uno de sus dueños, un lugar de trabajo y de actividad constante que daba vida a la economía local. Hoy, en cambio, se ha convertido en un símbolo silencioso del deterioro del patrimonio industrial rural.
La historia de esta fábrica está íntimamente ligada a la de Ángel Domínguez Largo, uno de sus primeros propietarios. Su nieto, Juan Domínguez Tejero, natural de Fonfría, reconstruye un relato marcado por el esfuerzo, la emigración y un desenlace amargo. Ángel Domínguez emigró muy joven a Norteamérica y, cuando regresó a su pueblo natal, Cerezal de Aliste, le ofrecieron comprar el molino, entonces en muy malas condiciones. Había vuelto con algunos ahorros y decidió apostar por aquel negocio.
Más tarde llegaron los acuerdos con la familia Corcovado, una de las más pudientes de Aliste. El entendimiento fue verbal, sin contratos ni escrituras: la fábrica pasó a pertenecer al cincuenta por ciento a cada parte. Se rehabilitó el edificio, se incorporaron máquinas modernas para la época y durante años el negocio funcionó sin problemas, convirtiéndose en un referente comarcal.
Pero la historia dio un giro. Mal asesorado, según relata su familia, Ángel Domínguez se quedó sin su parte de la harinera y quedó arruinado. Aun así, no se rindió. Hombre inquieto e innovador, instaló una panadería en Fonfría con un horno traído desde Sabadell, considerado entonces de los más modernos del país.
Ahora, su nieto, Juan Domínguez Tejero, conocido como "Tino", recuerda que tenía nueve o diez años cuando la fábrica harinera cerró definitivamente, ya a finales de la década de los setenta. Desde entonces, el edificio inició una lenta agonía. El último propietario es un alistano que emigró a Venezuela.
Si hubo intentos de rescatarla. La familia Domínguez trató de adquirir el inmueble cuando el Ministerio de Obras Públicas, entonces MOPU, expropió el restaurante de la familia para ensanchar la carretera. Pero el precio exigido desde Venezuela —80 millones de pesetas, hace unos treinta años— hizo imposible el acuerdo. Desde entonces, la harinera quedó a merced del abandono.
Hoy, el edificio se deteriora sin freno. Una estructura que amenaza ruina en una de las carreteras más transitadas de la provincia. Los vecinos de la comarca lamentan que nunca se haya explorado una rehabilitación con fines turísticos o culturales, una opción que, a su juicio, podría haber devuelto vida a la zona y preservado una parte esencial de su historia.
Pasa el tiempo y la vieja harinera de Bermillo de Alba continúa en pie junto a la N-122, en estado de abandono y deterioro progresivo. El inmueble, sin uso desde finales de los años setenta, forma parte del patrimonio industrial de la provincia y su degradación evidencia la falta de conservación de un legado ligado al desarrollo económico y social de la comarca. No se trata solo de un edificio en ruinas, sino de un elemento histórico cuya pérdida se produce ante la mirada diaria de miles de conductores.