Andrea cumple 100 años en la residencia de Villarrín: de agricultora y panadera en Granja de Moreruela a centenaria que lee medicina y recita poesía

La familia arropa a Andrea en su 100 cumpleaños
Celebra un siglo de vida arropada por su familia y por residentes procedentes del mismo pueblo en la residencia en la que vive desde 2009 y donde mantiene una vida activa y curiosa

Hay vidas que no caben en una cifra redonda. Andrea Carro Boizas ha cumplido 100 años en la residencia de Villarrín de Campos, donde vive desde 2009, pero su historia empieza mucho antes de que la palabra centenaria se pronuncie entre aplausos y tarta compartida. Empieza en la tierra.

Nació y creció en Granja de Moreruela. Allí trabajó durante décadas junto a su marido, Manuel, ya fallecido. El trabajo no terminaba en la era. En el pueblo también regentó una panadería, antes de emigrar a Suiza, reflejo de una generación que tuvo que salir para sostener lo que en casa no bastaba. Aquella etapa dejó huella, pero no rompió el vínculo con su origen. Regresó a su tierra, a su comunidad, y siguió trabajando.

Desde hace más de quince años reside en Villarrín de Campos. Es la persona de mayor edad del centro, aunque esa condición no la define. Mantiene una disciplina cotidiana que sorprende por su constancia: paseo antes del desayuno, lectura después. Entre sus preferencias destacan las revistas y los libros de medicina, una inclinación poco habitual que habla de curiosidad intelectual y deseo de comprender. Además, escribe poesía. Versos propios, íntimos, donde caben recuerdos, pérdidas y paisajes.

Andrea Carro posa en la residencia con su corona y sus 100 años

Caminar ha sido siempre parte de su identidad. “Siempre anduve mucho”, repite. Esa movilidad la conserva en la residencia, donde se mantiene ágil y atenta. Tiene una complicidad especial con varios residentes procedentes también de Granja de Moreruela: comparten memoria, anécdotas y una geografía común que sobrevive en la conversación.

Andrea recibe un ramo de flores por su cumpleaños

El día de su centenario, la familia volvió a reunirse a su alrededor. No era solo una celebración de años acumulados, sino de una vida atravesada por el trabajo, la emigración, el regreso y la permanencia. Andrea no representa una excepción heroica, sino una generación de mujeres que sostuvieron el medio rural desde la firmeza y la discreción. En ella, ese siglo no es solo tiempo: es historia viva.