viernes 7/5/21

Aquí, un amigo de Redención

..."Aquí, Miguel, un amigo de Redención te dice, ¡hasta que nos volvamos a ver!"...

¡Vamos! Que vosotros podéis. ¿Cómo vais chavales? Sois unos fenómenos. Y de pronto la madera de Redención pesaba menos, dolían menos los pies y el camino era más corto. Como el Cirineo que nos acompañaba en nuestro camino al Gólgota, como el amigo y el padre que nos cuidaba.

Su abrazo sincero nunca faltaba al llegar al Museo, ese Museo que anhelábamos todo el año, el que nos saca una sonrisa cada madrugada. Ese Museo que en los últimos años fue cobijo de sueños y esperanzas mientras la lluvia caía y caía y se acababa convirtiendo en lágrima. Aquellos días el abrazo era aún mas fuerte entre hermanos de banzos que solo podían decir hasta el año que viene. El abrazo de Miguel era más fuerte aún. ¡Que nos veamos el año que viene, amigos!

Te conocí, Miguel, cuando no levantaba un palmo del suelo y siempre te recordaré con la sonrisa puesta y las ganas de que todo el mundo que estuviera contigo se lo pasara bien. Siempre tenias una historia, un chiste lo suficientemente picante pero siempre sin pasarse, unas palabras que nos hacían pensar.

Te conocí trabajando, haciendo de aquel lugar un sitio mejor, un sitio agradable en el que las horas pasaran más rápido; pero sobre todo te recuerdo en el campo. No había romería sin ti, sin tu mesa, tus sillas de campo y las ganas de disfrutar de la provincia de Zamora. La Hiniesta, Valderrey, Fariza, La Luz, Petisqueira... y una raja de longaniza antes de comer los pimientos fritos, la tortilla, los filetes de Pepi. En medio del campo, de la naturaleza, con lo básico y con las cartas, ¡que no falte una buena partida con el café!

Hiciste de Valorio tu segunda casa, supiste como pocos disfrutar de todo lo que este bosque mágico le ofrece a la ciudad. Allí vi crecer a tu familia, la de sangre y la de amistad, porque te hacías querer tanto que tenías muchos más hijos de los que creías. Allí fui aprendiendo de esa escuela de la vida que tanto conocías. De primavera a otoño era fácil encontrarte en la naturaleza, con los amigos, en cualquiera sombra que diera cobijo y con la bota de vino para no pasar sed.

Yo, por entonces, ya tenía el gusanillo del ciclismo dentro, posiblemente desde que mis padres me compraron la primera bicicleta o incluso a lo mejor desde que empecé a montar en el triciclo. Lo tenía dentro pero tú hiciste que admirara a un tio que era tan grande como tú, Miguelón. Indurain y sus cinco Tours eran cintas que nunca faltaban en tu casa. Cintas que cada vez que subía a tu piso me ponías.

Pero el ciclismo hay que vivirlo, eso lo aprendí en la Vuelta Iberdrola, en las cunetas de Muelas, en la subida a Villadepera, sin acabar de separarme del balón que me ha acompañado siempre, pero vibrando mientras se retuercen los ciclistas brindando un espectáculo que hay que vivir. Por eso se que habrías disfrutado tanto como yo en Lagos de Covadonga y en Cuitu Nigru en la mejor Vuelta a España en años, aunque ya no compitiera el gran Miguelón.

Aquí un amigo de Zamora, que era tu saludo cada vez que nos encontrábamos, no sabe si te llegaran estas líneas allí a donde estés, pero me consuela pensar que mientras aquí te lloramos, Miguel José te estará esperando con los brazos abiertos para dar un abrazo, para decirte que te ha echado de menos y que no va a volver a separarte de ti. Y en unos días, aunque nos veas tristes desde allí, aunque nos veas sufrir, se que volverás a recuperar el humor y nos sacarás alguna sonrisa demostrándonos que vas a seguir con nosotros.

Aquí, un amigo de Redención, sabe que este Viernes Santo va a ser jodido, que cada momento especial de la procesión va a ser muy complicado y que el trayecto nos va a costar mucho más sin tu empuje físico y moral. Va a ser difícil, cada vez que me gire a ver a nuestros hermanos de Las Marías, no verte acompañando el paso; y las sopas de ajo no van a saber igual que todos los años.

Aquí, Miguel, un amigo de Redención te dice ¡hasta que nos volvamos a ver!, el mismo día que tuvo que despedirse, hace dos años, de Jose, y se le queda la espinita clavada del 21 de enero, como esas espinas en la frente de Jesús que nos duelen de jueves a domingo.

Pero llegará el Domingo de Resurrección de nuestras vidas y subiremos las cuestas empinadas de nuestra Zamora, y sonarán las campanas de la ciudad y todos volveremos a almorzar en San Ildefonso y llevaré pan de Manzanal y nos veremos en más romerías y me volverás a decir, aquí un amigo de Zamora.

Descansa, hermano nuestro.

(A nuestro amigo y padre Miguel Román Santos, que esta mañana nos dejaba. Esta nota la escribo yo pero está escrita con el cariño de todos tus hermanos de Redención. Te queremos)

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