"Lo de Zamora": Manual de resistencia para el último que apague la luz en Viriato

Despoblación Archivo

Una reflexión crítica sobre la gestión política y económica de la despoblación en la provincia, entre infraestructuras prometidas, digitalización incompleta y discursos institucionales que no terminan de aterrizar en la realidad del territorio

Que me he puesto a mirar lo de Zamora y de verdad os digo una cosa: aquí no sabemos ya si vivimos en una provincia o en una prueba de resistencia mental. Porque aguantar lo que se aguanta aquí, entre promesas, planes, titulares grandilocuentes y ese arte institucional de no resolver nada mientras ponen cara de estar en ello, tiene un mérito que no se está reconociendo lo suficiente.

A Zamora ahora le llaman “laboratorio del reto demográfico”. Laboratorio. Muy bien. Fenomenal. O sea, que somos el tubo de ensayo de España. Estamos aquí a ver cuánto puede estirarse una tierra sin romperse, cuánto puede vaciarse un pueblo sin desaparecer del todo y cuántas veces puede venir alguien a decirte que tu futuro es apasionante sin que te entre la risa floja.

Y luego está el tren. El famoso tren madrugador. Que lo de madrugador debe de ser porque madruga él, no tú. Porque salir sale pronto, sí, pero de La Coruña. ¿Y llegar?, lo que se dice llegar a una hora razonable para trabajar, y tal..., pues no. Que te venden la Alta Velocidad como si estuviéramos conectados al siglo XXI, pero luego resulta que para ir a Madrid a ganarte el pan entras al trabajo casi pidiendo perdón por llegar tarde. Vas a trescientos por hora para acabar llegando cuando el jefe ya se ha tomado tres cafés, ha despedido a dos y ha reorganizado el departamento. Es una cosa verdaderamente prodigiosa.

Y claro, uno piensa: bueno, no pasa nada, ahora con el teletrabajo esto se arregla. Ya. Claro. Sobre el papel, Zamora sería perfecta. Calidad de vida, casas más baratas, espacio, tranquilidad, aire limpio. Todo precioso. Hasta que abres el portátil en según qué pueblo y la conexión empieza a comportarse como si estuvieras mandando datos por paloma mensajera. Te dicen que te vayas al mundo rural, pero luego internet se cae si cambia el viento. Así no se teletrabaja, así se practica la paciencia.

Pero es que lo que ya remata la faena es lo de los días de teletrabajo. Porque los primeros que te dicen que no, curiosamente, son los de arriba. Los mismos que luego salen en conferencias, foros y mesas redondas a hablar de fijar población, de repoblar la España vaciada y de las enormes oportunidades del medio rural. Todo eso lo dicen muy convencidos, muy serios y muy bien peinados, desde su despacho en Madrid.

Te dicen: “Vete al pueblo, que allí se vive fenomenal”. Y ahí es donde ya asoma la hipocresía sin disimulo. En cuanto planteas teletrabajar de verdad, de lunes a viernes, empieza el festival de la excusa. Aparece el repertorio de los “grandes éxitos” del siglo diecinueve: que si se pierde el contacto humano, que si el equipo tiene que estar unido, que si la presencialidad aporta mucho valor. Y uno piensa: pero vamos a ver, si nos pasamos el día hablando por pantalla aunque estemos sentados a diez metros. Si el trabajo ya se organiza con correos, llamadas y videollamadas. Si para pedirte un clip me mandas un Teams. Si nos comunicamos con correos, con WhatsApp y con videollamadas incluso para decidir dónde vamos a hacer la siguiente reunión y cuántos van a asistir en modo virtual. ¿De qué contacto humano me estás hablando?

Al final da la sensación de que predican una cosa y practican la contraria. Venden digitalización, flexibilidad y modernidad, pero luego siguen funcionando con esa mentalidad antigua de controlar quién se sienta, quién se levanta y quién pasa más horas calentando la silla. Te venden digitalización, te venden flexibilidad, te venden modernidad de esa que lleva “2.0” al final del nombre, pero en el fondo tienen una mentalidad de capataz de obra. Y así es imposible. Si quienes tendrían que dar ejemplo son los primeros en poner pegas, luego no se puede pedir milagros al resto del mundo.

Después llega la gran palabra de moda: Silver Economy. Que lo dicen en inglés porque si lo dijeran en castellano igual sonaba demasiado a rendición. Básicamente viene a ser asumir, con muy buena dicción y muchos folletos, que como no conseguimos atraer ni fijar población joven, vamos a organizarnos alrededor del envejecimiento. Y hombre, atender bien a la gente mayor está muy bien, faltaría más. Pero si tu gran proyecto de futuro consiste en gestionar cada vez mejor la falta de futuro, pues qué queréis que os diga: muy ilusionante no suena.

Da la sensación de que aquí se ha aceptado como normal que los jóvenes se vayan, que emprender sea una heroicidad, que trabajar desde el pueblo sea una carrera de obstáculos y que abrir un negocio sea poco menos que un acto de fe. Y mientras tanto, venga congresos, venga jornadas, venga expertos explicando el territorio como si lo acabaran de descubrir con prismáticos desde Madrid. Siempre hay alguien dispuesto a venir a hablar del problema. Lo raro es que venga alguien a solucionarlo.

Y eso sin entrar en las infraestructuras eternas, en las carreteras prometidas desde tiempos inmemoriales, en los anuncios que van y vienen, en los proyectos que siempre están “a punto” y nunca llegan, o en ese dinero público que uno oye que existe pero que luego en la vida real no se traduce ni en más médicos, ni en mejores servicios, ni en facilidades serias para quedarse a vivir aquí.

Al final, el problema de Zamora no es que le falte relato. Le sobra. Lo que le faltan son cosas mucho menos poéticas y bastante más útiles: horarios decentes, conexión estable, servicios públicos, oportunidades y, una puñetera vez en la vida, la sensación de que el progreso, cuando pasa, no solo saluda desde la ventanilla.

Porque aquí ya estamos un poco cansados de que nos expliquen lo bonito que es resistir. Resistir está muy bien cuando no te queda otra. Pero lo deseable no es resistir: lo deseable sería vivir, trabajar, criar hijos, montar algo y no tener que irte para poder hacerlo con dignidad.

¡Vámonos, que me enciendo!

Artículo firmado por Rubén Pino