No en un barrio de lujo. No en una operación inmobiliaria de revista. En un barrio humilde de Madrid que podría ser perfectamente cualquiera de Zamora.
El protagonista se llama Mariano Ordaz, tiene 67 años y 67 años lleva viviendo en esa vivienda. No es una ocupación. No es un abuso. Es su casa. Una vivienda con graves problemas estructurales, que la propiedad —la Orden Franciscana— no ha arreglado en condiciones durante décadas. Mariano no se ha ido por una razón tan sencilla como devastadora: si sale, no vuelve. Porque una vez reformada, el miedo es claro y fundado: el alquiler dejará de ser “antiguo” y pasará a ser objeto de especulación.
Y aquí es donde muchos me preguntan:
—Paco, ¿cómo te atreves a meterte así con la Iglesia?
Pues precisamente por esto. Porque esto no es Iglesia, ni cristianismo, ni franciscanismo. Esto es ambición, es legalismo frío, es agarrarse a una ley injusta para hacer exactamente lo contrario de lo que se predica desde el púlpito. En pleno 2026, resulta que quien empuja a un hombre mayor a la calle no es un fondo buitre, sino una orden religiosa.
Hoy, personalmente, me bajo de la Iglesia de los hombres. De esta Iglesia que habla de pobres mientras actúa como gran tenedor. De esta Iglesia que cita el Evangelio los domingos y manda burofaxes el lunes. De esta Iglesia que ha olvidado que la vivienda digna no es solo un artículo de la Constitución, sino un principio moral básico.
La Tercera Orden de San Francisco afirma que Mariano “no quiere negociar”. Otra mentira más, como lo es el estado de una casa que no arreglan ni para sus propios inquilinos. Negociar, para ellos, significa que Mariano se vaya. Punto. Todo lo demás es relato. Mientras tanto, él aguanta en una vivienda deteriorada, con miedo, con incertidumbre y con la amarga sensación de que quienes debían protegerle le están empujando al abismo.
Mariano ha conseguido 15 días más. Quince. Como si la dignidad se pudiera prorrogar por quincenas. Como si la justicia social tuviera fecha de caducidad. Y todo esto firmado por una orden que se envuelve en la figura de un hombre que lo dejó todo para vivir con los pobres, no para echarlos de su casa.
Qué pena de sociedad.
Qué pena de Iglesia.
Y, sobre todo, qué pena que el nombre de San Francisco se use hoy para justificar exactamente lo que él combatió. Espero que Francisco el Papa que intentó la revolución y la evolución de la Iglesia desde donde esté ayude al nuevo Papa a sacudirse de encima este tipo de comportamientos que nada tienen que ver con votos de pobreza, justicia y amor al prójimo.