Ingeniería inútil en Zamora: cuando el error no paga y el ciudadano sí
El catálogo del despropósito
El Museo de Semana Santa es el ejemplo perfecto del “tarde y mal”. Años de retrasos, revisiones, reproyectos y dinero público que va y viene sin que nadie explique por qué lo que se diseñó no servía. Pero eso sí, cada administración saca pecho de “su parte”, como si el mérito fuese gastar y no acertar.
El Puente de Piedra ya es directamente una metáfora. Más de 1,5 millones de euros y seis centímetros que lo cambian todo. Seis. No seis metros, no un error estructural imprevisible. Seis centímetros que bloquean una obra y evidencian que algo —o alguien— falló en lo más básico: medir. Y aquí seguimos, sin responsables claros y con la sensación de que todo quedará como está.
Las obras de humanización urbana, con inversiones que superan los 20 millones de euros, han dejado estampas que rozan el absurdo: rotondas donde un vehículo de emergencias no gira con garantías. ¿De verdad nadie lo probó antes? ¿Nadie simuló ese escenario? ¿O es que la prioridad era cumplir plazos políticos y no criterios técnicos?
El Parque de Bomberos añade otro capítulo: un millón más porque el proyecto “se queda corto”. ¿Cómo se adjudica algo que luego necesita un 30% de corrección? ¿Dónde están los controles previos? Porque aquí el problema no es corregir, es que haya que hacerlo sistemáticamente.
El Mercado de Abastos sigue la misma senda: problemas estructurales, necesidades eléctricas mal dimensionadas, paralizaciones… y el mantra de siempre: “llegamos a tiempo”. Aunque la realidad diga lo contrario.
Y el Conservatorio —otro de los ya conocidos “Escoriales” zamoranos— continúa su camino hacia el infinito administrativo. Una obra que simboliza esa incapacidad crónica de terminar lo que se empieza sin desviaciones, retrasos y sobrecostes.
El gran vacío: la responsabilidad
La pregunta es tan simple como incómoda:
¿quién responde?
Porque cuando un ciudadano se equivoca, paga. Y rápido. Hacienda no espera, sanciona. Recargos del 20% por un retraso, intereses por un error. Pero cuando falla un proyecto público, cuando un cálculo es erróneo o una ejecución es deficiente… ¿qué ocurre?
Nada.
Ni penalizaciones visibles, ni responsables identificados, ni consecuencias proporcionales al daño económico. La ingeniería que debería garantizar rigor se convierte en un ejercicio de ensayo-error… pero sin riesgo para quien firma.
Y ahí está el verdadero problema. No es solo que se falle. Es que fallar sale gratis.
Zamora, más bonita… pero ¿a qué precio?
Sería injusto no reconocer una evidencia: Zamora está más cuidada, más estética, más “bonita” en muchos puntos. Pero la pregunta es obligada:
¿a qué coste real y con qué nivel de eficacia?
Porque una ciudad no se mide solo por su imagen, sino por la solidez de sus decisiones. Y cuando esas decisiones acumulan errores, lo que queda no es progreso, es maquillaje.
El ciudadano: resignación como sistema
Al final, el zamorano —como el español medio— ha asumido su papel en este guion: pagar, esperar y aguantar. Protestar poco y adaptarse mucho. La resiliencia como única herramienta frente a una administración que rara vez rinde cuentas de verdad.
Se vota cada cuatro años, sí. Pero entre elección y elección, ¿quién controla lo que se proyecta, se adjudica y se ejecuta?
Porque el problema no es solo quién decide.
El problema es quién ejecuta… y quién supervisa al que ejecuta.
Conclusión: ingeniería sin consecuencias
Zamora no necesita más proyectos. Necesita mejores proyectos. No necesita más inversión. Necesita mejor gestión.
Y, sobre todo, necesita algo que hoy parece ausente: responsabilidad real y menos inútiles que ni dimiten ni admiten...